Por Gema Villanueva
Hay lugares que no revelan su magia a simple vista, sólo quien se atreve a cruzar la entrada encuentra una gran galería de arte escondida donde en cada pared se plasman mensajes ocultos que empujan a sentir y pensar.
En esa “galería escondida” el artista plástico Zenén Vizcaíno ha estado trabajando varias horas durante la madrugada. El Coahuilense Noticias lo visita, justo en el momento en que realiza un “ritual mañanero” para “reactivar la creatividad”.
“Me agarraron en mi hora de ritual cuando llegaron. Éste consiste en tomar una taza de café, dos cigarrillos o puro, ejercicio y meditación para aterrizar las ideas. Aquí termina mi ritual”, dice risueño, al tiempo que coloca su taza de café sobre una mesa.
Zenén Vizcaíno nació en La Habana en marzo de 1962. Egresado de la Academia de San Alejandro, la escuela de artes más antigua y prestigiosa de Cuba, es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y del Taller Experimental de Gráfica de la Habana. En su país natal ganó el Premio Nacional de Pintura Contemporánea Juan F. Elso y el Premio La Joven Estampa Casa de las Américas.
Los especialistas ubican la mayor parte de su obra dentro del posmodernismo. Él rehúye de las etiquetas, y se considera a sí mismo como un creador “inquieto”, “provocador”, de “mirada crítica”.
Inició en el arte cuando era adolescente: al bajar las escaleras del edificio en el que vivía en La Habana, su vecino, el pintor José Omar Torres, tenía la puerta de su vivienda abierta. Zenén se detenía a observar las obras que poblaban las paredes. “Me causaban una grata impresión”, recuerda.
Torres lo tomó como su pupilo y aupado por éste y sus amigos intentó ingresar a la Academia de San Alejandro. Era todo un reto: de 400 aspirantes, sólo ingresaban 20 o 30. No lo logró. En los exámenes de ingreso lo “batearon” por reprobar Historia del Arte.
Estudió entonces diseño industrial y se especializó en troqueles para automóviles, lo que –sin imaginarlo– a la postre le sirvió como artista plástico. Pero en aquellos años, ser rechazado en esa academia lo hizo cuestionarse si debía estudiar una ingeniería. “Pero yo no quiero ser ingeniero, yo quiero ser pintor”, se dijo.
Y estudió artes plásticas por su cuenta. Se clavó de lleno en el grabado, tomando como referentes a los grabadores mexicanos. En 1986 coincidió con Arturo García Bustos, quien fue amigo de Frida Kahlo y Diego Rivera, y quien pertenecía al grupo de Grabadores de Cuba. García Bustos se interesó por su trabajo y de inmediato lo mandó a San Alejandro. “Usted tiene que ir a la Academia”, le insistió. Fue en este nuevo intento que ingresó a esta escuela de artes de Cuba.
La vida, una telenovela
A fines de la primera década de este siglo –cuando en Saltillo se robustecieron los movimientos culturales y artísticos–, una galería de la ciudad envió a Zenén Vizcaino una invitación. “Resulta que una amiga de México iba a visitar a su papá a Saltillo y recordé que tenía esa invitación”, cuenta. La aceptó y llegó a la capital coahuilense, donde se encontró “con gente conocida”.
Eso sucedió hace 16 años. Desde entonces vive en esta ciudad.
En entrevista, dice que no sólo pinta, sino que intenta construir discursos. En cada exposición, su concepto artístico es presentado en serie jugando con un lenguaje surrealista que desafía al espectador.
Cada obra está diseñada para inquietar, provocar y manipular la mirada, llevando al límite la percepción de lo real. “Mis personajes son los mismos amigos de la comunidad, desde la señora que me hace las gorditas y el carpintero”, expone.
“Para una vida intensa es clave la esencia y no las apariencias”, comenta. Entre el sueño y la sombra, la vida se revela como un dolor inevitable que merece ser analizado, no evadido. En esta propuesta artística, más que mostrar, sugiere. “Se vuelve aburrido si sólo cuentas”, argumenta. Al crear, se debe asumir una responsabilidad: no sólo observar, sino enfrentarse con diferentes ideologías. “No me gustan las riendas”, acota.
El próximo 18 de septiembre Zenén Vizcaino inaugurará la exposición Carne y Hueso con obra suya construida a partir de colores grises, mostrando escenografía interactiva con el público.
“Que sea una fiesta por fuera y procesión por dentro; es decir, no olvidarnos de nosotros mismos”, expone Vizcaíno.
Considera que el arte cambia la perspectiva de la gente, provoca emociones y enseña a pensar, a “exprimir las tres neuronas “. Explica que la libertad creativa no es trabajar sin reglas, sino tener algo qué decir y exponerlo al mundo con pensamiento crítico.
“Las modas pasan, pero las ideas que incomodan o inspiran permanecen”, afirma. El innovar no es seguir tendencias, sino atreverse a ser auténtico. “Pretende ser tú mismo”, recomienda.
Se sigue de largo en consejos para los jóvenes creadores: “Ser tremendos romper moldes, asumir riesgos, explorar lo digital no como amenaza”.
Y más: “Sean asquerosamente felices, equivóquense, arriesguen y olviden el qué dirán”.
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