Por @ArriagaXxximena
En mi mente, la idea era nítida. Ya empezaba a tomar forma.
Mi amiga ha trabajado toda su vida para sostener una casa y criar a dos hijas. Su exesposo, en cambio, ha trabajado “a ratos”: ha tenido cientos de empleos, algunos geniales, otros miserables, pero todos inconstantes. Ella vive pendiente de las cuentas. Él, de sus gustos. Ella organiza, educa, sostiene. Él prueba, abandona, cambia de rumbo.
Un día ella decidió que ya no estaba dispuesta a vivir con la ansiedad de su inestabilidad. Peleó su divorcio y lo consiguió. Con el crédito hipotecario a punto de liquidarse, él se comprometió a terminar de pagarlo para asegurarles vivienda. Ella asumiría el resto de los gastos.
Dos años después, él se gastó lo que tenía, se cansó de “buscar” trabajo –sin demasiado afán, debo decirlo– y decidió no trabajar más. Simplemente no quiere. Dice que no es rentable pagar un lugar donde no vive y que le da flojera hacerse responsable de sus hijas.
Ella trabaja por ingresos extras, pero no alcanza a cubrir el saldo final de la hipoteca y seguir sosteniendo los demás gastos. Podrían perder la casa. El padre de él es el aval: un pensionado. A su hijo no parece importarle si también lo arrastra a la ruina. “Es lo que hay”, dijo estar dispuesto a ser homeless de ser necesario y la única forma para reconsiderar trabajar es… si se vuelven a casar.
No sé en qué categoría legal encaje eso, pero debe ser algún tipo de violencia. Me cuesta entender cómo alguien puede desertar de sus responsabilidades y no exista un mecanismo eficaz para obligarlo a cumplir. Como si la paternidad fuera opcional. Como si la adultez se pudiera cancelar.
Las cuentas siguen llegando. Con ellas, un cobro extrajudicial por la casa. Y aunque el monto pendiente es pequeño frente al total ya pagado, para ella es inasequible.
No sólo la seguridad de una vivienda para sus hijas, que bien es un derecho de protección y cuidado, sino el respaldo de una figura responsable, madura, que procure su bienestar integral.
Entonces, recordé una cláusula en los créditos hipotecarios: el seguro por muerte del acreditado. Si el titular muere, la deuda se liquida.
No soy Dostoyevski. No me asumo moralmente superior como Raskolnikov. Pero el pensamiento frío y preciso, me atravesó: ¿estarían mejor sin él en este mundo?
Me asusta que mi mente recorra esos caminos. Pero no puedo ocultar que me jode que ese vato pueda abandonar así sus obligaciones y dormir tranquilo. Por supuesto no es el único.
Pero…
No puedes cansarte de la vida adulta y hacer huelga.
No puedes devolver a los hijos.
No deberías arruinar a tus padres.
No puedes firmar compromisos y luego ignorarlos.
No puedes renunciar por incomodidad a una responsabilidad de vida.
Ni chantajear con la necesidad.
Intento apaciguar mi cabeza buscando soluciones legales, salidas responsables, rutas correctas. Pero no dejo de pensar cómo las situaciones extremas pueden derivar en ideas bien cabronas. No voy a discutir sobre si el fin justifica los medios; la historia ya nos dejó suficientes pruebas para saber que no.
Pero la injusticia hace que dé un giro el pensamiento y vuelve razonables ideas impensables.
El sorprendente mundo de la mente con voluntad propia me inquieta. ¿A ti?





