Por Valeria Cämun
México enfrenta la inestabilidad global, las amenazas del gobierno de Donald Trump y la incertidumbre económica internacional…
En su ámbito interno, el país debe lidiar con diversas crisis que lo laceran: pobreza, precariedad laboral y salarial, violencia criminal e inseguridad pública, desapariciones, feminicidios, inequidad de género…
Pese a todo ello, los mexicanos dicen ser hoy más felices que antes.
Así lo registran los índices del Informe Mundial sobre la Felicidad que por primera vez coloca a México en el lugar 10 del ranking de felicidad de un total de 147 naciones encuestadas, por encima de Estados Unidos, Canadá, Australia y Reino Unido.
La capacidad de resiliencia es impresionante: México se desmorona ante las tragedias, pero inmediatamente se vuelve a reconstruir.
¿Cómo se puede vivir, e incluso ser feliz, en un entorno donde impera la desgracia?
Y si los mexicanos se dicen felices, los habitantes de Saltillo también aseguran serlo: según la Encuesta Bienestar Subjetivo del INEGI, en 2024 los saltillenses ocuparon el lugar 10 en el podio de la felicidad entre las 32 capitales del país. Ello pese a que enfrentan sus propios problemas, como el incremento de los conflictos vecinales, una persistente violencia intrafamiliar y altos índices de depresión, entre otros.
Subjetiva y abstracta
El 20 de marzo se conmemoró el Día Internacional de la Felicidad, instaurado en 2012 por la Asamblea General de las Naciones Unidas para reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos, y la urgencia de que se aplique al crecimiento económico un enfoque más inclusivo, equitativo y equilibrado que promueva el desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza.
El concepto ha sido analizado desde la filosofía y diferentes pensadores han externado su propia definición: Aristóteles la consideraba como el fin último de la vida, el bien supremo al que se aspira; Platón la concebía a partir de cultivar las virtudes del alma y tras buscar la verdad y la sabiduría; los estoicos postularon que la felicidad se alcanza cuando se es autosuficiente; el hedonismo la basa en el placer; Kant creía que la ética y el deber son más importantes que la satisfacción de los deseos personales; y Schopenhauer la describía como una ilusión que rara vez se alcanza, y advirtió que su búsqueda podría llevar al sufrimiento.
Berenice de la Peña Aguilar, psicóloga y terapeuta, señala que la felicidad es un proceso hecho de metas que van construyendo el camino por el que queremos transitar.
“Mi felicidad tiene que tener un propósito, me tiene que decir hacia dónde voy encaminada; es el proceso que yo voy teniendo, hacia dónde quiero ir construyendo, y hacia dónde me quiero dirigir”, expresa.
“Por eso el propósito, cuando es colectivo, es más duradero, nos permite abarcar un poco más; cuando el propósito nada más es personal, o para satisfacer algunos huecos que traemos de las heridas de la vida, pues serán sólo pequeños momentos de alegría sin tanta profundidad”.
En este sentido, De la Peña Aguilar considera que la fortaleza de los mexicanos está en el soporte de la familia y de los amigos como red de apoyo, pues la convivencia, la empatía y el compartir, hacen que, de alguna manera, podamos ser felices incluso en la desgracia.
La paradoja latinoamericana
La opinión de la experta coincide con el trabajo del investigador Roberto Castellanos Cereceda, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), titulado Vivir con otros: cómo el tamaño del hogar y los lazos familiares se relacionan con la felicidad.
La investigación, publicada en la Gaceta de la UNAM, reconoce que en los estudios de bienestar subjetivo sobresale una discusión, en la cual se ha planteado una observación interesante desde hace varios años y a la que se ha denominado “la paradoja latinoamericana”.
“Lo que esta idea refleja es que, para los niveles socioeconómicos y las problemáticas sociales que tienen nuestras sociedades en la región, uno podría esperar niveles de satisfacción con la vida más bajos de lo que las personas responden en los estudios de opinión”.
En este orden de ideas, apuntó que en América Latina la alta percepción de bienestar subjetivo parece estar fuertemente influida por la calidad de las relaciones humanas, especialmente las familiares; y que, si bien esto puede variar entre naciones, en general, la importancia que se les da es más significativa que en otras zonas del planeta, señaló.
Extraña felicidad
De acuerdo con la Encuesta Bienestar Subjetivo del INEGI, en 2024 los saltillenses ocuparon el lugar 10 en el podio de la felicidad entre las 32 capitales del país.
Entre los indicadores del bienestar percibido destacan la vida familiar, seguridad ciudadana, nivel de vida, balance afectivo, misión de vida, entre otros.
Los resultados contrastan con los datos del Centro de Estudios y Divulgación para la Libertad AC (CEDIL), que muestran que Saltillo es de las ciudades con más altos conflictos vecinales directos, pues tan sólo en trimestre de julio-septiembre de 2024, el 86.6% de los vecinos reportaron algún tipo de problema como riñas o alteración del orden público.
Con servicios de salud insuficientes, jornadas de trabajo extenuantes, violencia intrafamiliar, deserción escolar, embarazo adolescente y altos índices de depresión, resulta extraño que la población se mantenga feliz.
“Algo que mencionan mucho las personas que han sido víctimas de sucesos atroces es: la vida me puede arrebatar todo, menos la esperanza”, señala Berenice de la Peña.
“La esperanza nos motiva y nos da la energía sufriente para continuar caminando aún en medio de tanto colapso social que estamos enfrentando”, afirma.
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