Centro de Saltillo: entre el alcohol y el ruido

En apenas 4.2 kilómetros del primer cuadro de la ciudad existen más de 60 bares, cantinas y antros.
abril 1, 2026
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Por Ana Castañuela

Saltillo, Coahuila.- Atraída por una supuesta promesa de seguridad y tranquilidad en el sector, Liliana se mudó hace dos años a la calle Lerdo de Tejada, en la Zona Centro de Saltillo. 

Sin embargo, la llegada masiva de establecimientos nocturnos en el primer cuadro de la ciudad trajo consigo una serie de afectaciones para quienes habitan el centro, incluyendo a Liliana y su familia. 

No sólo se trata de la contaminación auditiva, sino de daños a la integridad del patrimonio histórico y a la salud pública que van desde alcantarillas obstruidas por desechos hasta banquetas que se convierten en depósitos de botellas, orines y vómito. 

“Son quejas constantes, no es algo que sea nada más de un fin de semana al mes; no, es diario. A veces son apenas las dos de la tarde y ya están las de los Tigres del Norte a todo lo que dan”, denuncia. 

Liliana asevera que no rechaza el desarrollo económico y comercial en el sector; sin embargo, señala la falta de límites operativos. 

“No nos cegamos al comercio. Qué bueno que lo hay, la ciudad definitivamente lo necesita. Sin embargo, este tipo de establecimientos sobrepasan los límites”, considera. 

La situación ha escalado al punto de afectar la percepción de seguridad de los habitantes más jóvenes. 

“Tengo un hijo de nueve años que al salir me pide que busquemos otra calle porque no quiere pasar frente a las cantinas. Ya que mi propio hijo me pida eso es un poquito alarmante”, señala. 

Pese a los reportes constantes, la respuesta de las autoridades municipales es nula. Mientras los establecimientos justifican su operación con la posesión de permisos, los vecinos señalan que no son verificados por la autoridad y sobrepasan los decibeles permitidos por la ley. 

“Hemos reportado, incluso nos hemos plantado en las puertas de estos establecimientos para que moderen el volumen, pero el ruido sigue. Uno llega a un punto de cansancio y piensa ‘bueno, pues ya denuncié, ya exigí, ya pedí y no se me da’”, expone. 

“Nosotros tenemos poco de vivir aquí. No quiero arrepentirme de haber tomado esta decisión”, concluye. 

“Robo de la paz”

A unas cuadras de distancia, en la calle General Nicolás Bravo, el panorama también se torna complejo. 

Para Mónica, emprendedora y residente de la Zona Centro, la proliferación de estos negocios, sumada al flujo vehicular excesivo y la instalación de parquímetros, se traduce en un “robo de la paz”. 

Mónica denuncia que muchos de los bares operan sin los permisos necesarios y bajo una modalidad que burla la estética urbana: los establecimientos conservan las fachadas antiguas y transforman los patios en centros de consumo al aire libre sin adecuaciones sonoras.

“Muchas veces son la fachada de una casa antigua, tumban todo el techo y nada más meten mesas, no le invierten ni un peso a la construcción. Estos lugares quedan en mitad de las manzanas, a veces ni los vecinos nos damos cuenta de que ya es un bar hasta que está el ruido, la música y todo”, expone. 

La falta de adecuaciones causa que el ruido llegue a los vecinos, quienes no logran descansar ni siquiera en días laborales.

“El sonido a veces es exagerado. Es como si fuera el sonido de un concierto, no de un bar. En ocasiones hasta son varios bares al mismo tiempo”, sostiene Mónica. 

Más allá de la contaminación auditiva, Mónica señala que la operación en espacios reducidos o en calles con pendientes pronunciadas, la aglomeración de personas y la falta de medidas de protección civil comprometen la seguridad de los asistentes y residentes.

Advierte que las riñas y accidentes durante la noche también aumentaron, lo que pone en riesgo la seguridad de las infancias y la población de adultos mayores que “toda su vida han habitado el Centro”. 

La queja de los vecinos también apunta a una disparidad en la aplicación de los reglamentos municipales. 

“A nosotros nos multan por los horarios de basura o el pago de parquímetros, pero estos establecimientos parecen romper la norma sin sanción”, señala.

Durante la noche las cocheras de los vecinos son invadidas por los clientes de los centros nocturnos y los desechos de estos establecimientos permanecen en la vía pública fuera de los horarios de recolección. 

“Me parece bastante irresponsable. El municipio debería velar por que el centro esté cuidado y las personas puedan habitarlo de manera normal, pero parece todo lo contrario”, señala Mónica con hartazgo.

El malestar de Liliana y Mónica no es un caso aislado, sino el eco de decenas de familias que también han sido perjudicadas. 

Residentes se han visto obligados a desplazarse y abandonar sus hogares ante la imposibilidad de vivir entre el ruido y la degradación del entorno, mientras otros han decidido tomar acciones legales. 

Respaldados por la activista Jackie Campbell, quien también reside en el sector, un grupo de vecinos ha formalizado una demanda contra los establecimientos que encabezan las afectaciones en el primer cuadro. 

Entre los negocios señalados en el recurso legal se encuentran Local Bar, ubicado en la calle General Cepeda; Agustín Jaime’s, sobre Nicolás Bravo, y el ahora extinto Botánica, en la calle De la Fuente. 

Sobre este último, los vecinos exponen que, pese a su cierre, permanece la intervención física realizada en el inmueble, la cual rompe con la armonía arquitectónica y la identidad histórica del centro. 

Radiografía del ruido 

Un mapeo realizado por El Coahuilense Noticias detectó una concentración significativa de establecimientos nocturnos en las calles más transitadas del primer cuadro de la ciudad. 

En un trayecto de apenas 4.2 kilómetros se contabilizaron más de 60 bares, antros, cantinas y restaurantes-bar. La cifra representa un promedio de 14 negocios de este tipo por cada kilómetro recorrido. La situación es particularmente crítica en la calle de Allende Sur, específicamente el tramo que va de Guadalupe Victoria a Mariano Escobedo, pues en tan solo 500 metros se concentran 15 establecimientos. 

En la calle de Nicolás Bravo –0tramo de Aldama a Escobedo– se registraron 10 centros nocturnos más, mientras que en General Cepeda –de Juan Aldama a Ojo de Agua– se contabilizaron siete establecimientos. Las calles de Guadalupe Victoria y Benito Juárez, desde General Cepeda, suman 15 centros nocturnos más.

También se detectó la presencia de estos establecimientos en las calles de Acuña, Aldama, Álvaro Obregón, De la Peña, Lerdo, Matamoros, Miguel Hidalgo, Morelos, Ocampo, Padre Flores y Ramos Arizpe. 

Según el Padrón Estatal de Licencias de Alcoholes de la Secretaría de Finanzas de Coahuila, actualmente existen 117 locales (restaurantes-bar, cantinas y discotecas) con permiso vigente para la venta de bebidas alcohólicas en el Centro Histórico. 

En octubre de 2025 el regidor Ricardo Treviño, presidente de la Comisión de Economía, reveló que 50% de todas las licencias de alcohol del municipio se concentran en el primer cuadro de la ciudad, mientras que en administraciones pasadas el promedio rondaba entre 30 y 40 por ciento.  

Pese a que el Reglamento para los Establecimientos que Expenden o Sirven Bebidas Alcohólicas en el Municipio de Saltillo prohíbe la instalación de giros de “antros” en el polígono del primer cuadro y exige la opinión de la oficina del Centro Histórico para la instalación de centros nocturnos, proliferan discotecas disfrazadas de restaurantes-bar.

¿Rehabitar o desplazar? 

A principios de 2025 el alcalde de Saltillo Javier Díaz presentó “Distrito Centro”, una iniciativa que, en sus palabras, buscaba “darle vida al centro de la ciudad” mediante la rehabilitación, la promoción de la vivienda, el turismo y el comercio. 

Sin embargo, para la urbanista y arquitecta saltillense Diana Infante no se trata de una rehabilitación genuina del primer cuadro de la ciudad, sino de una “priorización sesgada” que apuesta por el entretenimiento masivo a costa de quienes habitan el centro.

“Así se presentaron estas estrategias, de revivir el Centro Histórico, de reanimarlo como si estuviera muerto, cuando en realidad nunca estuvo muerto, solamente no les estaba sirviendo los intereses que querían que les sirviera”, afirma. 

Advierte que es un enfoque nocivo, pues “consume la raíz de la ciudad sin devolverle el cuidado que requiere”. 

“Se le está apostando mucho a esa escena y no a crear un barrio que tenga vida siempre. Un enfoque muchísimo más productivo sería uno que priorice los usos mixtos genuinos en la ciudad, que primero busque proteger y proveer regulación que ayude a que el Centro Histórico mantenga su esencia”, señala. 

Aunque Diana aseveró que la Zona Centro no se encuentra en un proceso crítico de gentrificación, advierte que deben establecerse medidas urgentes para evitarlo. 

“Si no le préstamos la atención a esto como lo que es, como un proceso de gentrificación en pañales, el Centro Histórico va a terminar desplazado, creo que va a terminar siendo como un cascarón de lo que fue”, advierte. 

Para la urbanista, la solución no radica en la erradicación del comercio, sino en una gestión urbana que recupere el equilibrio.

“Sí, el centro histórico también necesita esos comercios como para mantener la vida y demás, tampoco se trata de sacarlos, pero creo que falta un balance”, señala. 

Sostiene que es posible balancear la vida nocturna con el respeto a los residentes, siempre y cuando el gobierno municipal practique un modelo de políticas participativas que abran un diálogo real con quienes habitan el centro histórico.

“Lo que se necesitaría es que el gobierno municipal reconozca los retos que trae la vida nocturna a esas zonas y, entonces, mediante el dialogo con vecinos y vecinas, genere políticas públicas que ayuden a proteger la experiencia urbana de las personas que viven en esa zona”, advierte. 

Por otro lado, el doctor e historiador Carlos Recio explica que lo que ocurre en Saltillo se trata de un fenómeno causado por el crecimiento poblacional, en el que el Centro deja de tener la relevancia que tenía y la ciudad comienza a crecer hacia la periferia. 

“El Centro en Saltillo, como ocurre en otras ciudades, se está despoblando desde hace algunas décadas. Hay lugares en donde ya no hay casas habitación. Entonces, ha dejado de ser un núcleo habitacional y la parte comercial también ha ido en detrimento”, explica. 

Para Recio la proliferación de los centros nocturnos es un reflejo de la dinámica de vida de los saltillenses. 

“Yo atribuyo el hecho de que proliferen este tipo de lugares a que son muy rentables, y además es un reflejo justamente del modelo de vida que tenemos en Saltillo. De trabajos con horarios terribles y con mucho estrés, que hace que la gente en lo que menos piense es en cultivarse, en relajarse y lo que quiere es reventar bebiendo, haciendo ruido, y no está mal”, considera. 

El problema, señala el historiador, no es la existencia de centros nocturnos en el Centro de la ciudad, sino la regulación a la que no son sometidos causando malestar en quienes lo habitan e incluso daños al patrimonio histórico.

“Ha entrado en escena un giro que si bien puede no ser tan malo, lo que lo vuelve terrible en Saltillo es la falta de regulación o la falta de acatamiento, pero particularmente la suciedad y sobre todo el ruido, y de alguna manera también el riesgo”, señala. 

Recio cataloga como “crimen contra la memoria” la destrucción de edificaciones históricas para establecer negocios, bares y estacionamientos.  “Debemos asumir la responsabilidad de conservar la esencia histórica sin que eso nos ancle totalmente al pasado, sino ver al futuro, pero anclados con una raíz de lo que es la ciudad. No para vivir en la nostalgia, sino para que cualquier viento no nos tumbe”, reflexiona.

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