Por Alejandro Páez Varela
Uno. Cobardía
Durante mucho tiempo estuvimos contentos con que fuera así. Nos resultó cómodo, en muchos sentidos, que Estados Unidos arrestara y juzgara a nuestros corruptos. Sabíamos que Genaro García Luna debía ser llevado ante la justicia por la guerra de Felipe Calderón; por las redes de corrupción que tendió hasta con una élite de periodistas que sigue activa. Sin embargo, preferimos voltear hacia otro lado en aras de una supuesta “unidad nacional”.
Entonces, Estados Unidos empezó a hacer el trabajo que la justicia mexicana no hacía. Ubicaba a los narcos pesados, a los políticos corruptos y rateros, y a los asesinos descarados. Y luego presionaba para que se los entregáramos. Las medallas siempre fueron de Washington. Nosotros, “atemorizados” por el poder corruptor de esas fuerzas malditas, ni siquiera los reteníamos en nuestras prisiones: se los dábamos, con todo y la información útil que habían acumulado.
Lo que estamos viviendo hoy es en parte consecuencia de eso. No se si Rubén Rocha Moya es un corrupto, pero hay señales de que otros junto a él sí lo eran. ¿No los detectaron? No, dice Omar García Harfuch que no. Pero suele suceder que cuando le encuentran algo a alguien, se queda en la nada. En una vergonzosa sopa de nada. En un caldo hediondo de nada. Allí está Alejandro Moreno Cárdenas: todos los viernes viaja a Washington a hablar mal de México unos 20 minutos con algún pelagatos (la última fue Corina Machado) y se queda allá un rico fin de semana con dinero público y se hace pasar por un héroe. Un ratero al que convertimos en héroe. No hicimos la tarea de meterlo a la cárcel y ahora se hace pasar por héroe. Y hay que tragárselo. Todos saben que es un indigno y allí anda. Todos sabemos que es un parásito desvergonzado y allí está, libre, porque un puñado de corruptos en el Congreso no procesó el desafuero y porque la Fiscalía General de la República en tiempos de Alejandro Gertz Manero (y de Andrés Manuel López Obrador) nunca solicitó el juicio de procedencia para someterlo al desafuero.
Emilio Lozoya Austin, exdirector de Pemex, fue detenido en febrero de 2020 en Málaga, España, por la Policía Nacional española. Se le escapó a la FGR y lo atraparon en el extranjero. El juicio ha sido un desastre y las causas mayores, Odebrecht y Agronitrogenados, no dieron mucho. El único caso en el que nos aplicamos a fondo en estos años fue con el General Salvador Cienfuegos. Lo detuvieron en Los Ángeles en octubre de 2020 bajo cargos de narcotráfico y lavado de dinero. Lo rescatamos del extranjero para que la Fiscalía lo exonerara. Esos son nuestros logros.
A César Duarte, exgobernador de Chihuahua, lo detuvieron en Miami en julio de 2020 por peculado y desvío de recursos públicos. Luego, la Fiscalía de María Eugenia Campos, en abierta y obvia complicidad, dejó de gestionar la recuperación de 50 propiedades que el muy ratero compró en Estados Unidos con dinero público. ¿Alguna autoridad federal hizo algo? Nada. El descarado se puso a bailar en los bares de Chihuahua, por eso lo detuvieron. Fue falta de prudencia porque bien pudo aspirar a una diputación por PT, por Verde e incluso por Morena.
Y esos son los casos que se me vienen a la mente. Si no metemos las manos, hay justicia desde el extranjero; si las metemos, es para garantizar que los acusados queden en libertad, como con Cienfuegos. En eso se nos han ido años maravillosos que no volverán. A Tomás Yarrington lo extraditamos a Estados Unidos para que respondiera a acusaciones por lavado y narcotráfico; le quitaron todo lo que tenía allá, y cumplió una sentencia. En cambio, a Eugenio Hernández, otro exgobernador de Tamaulipas acusado de narcotráfico y lavado, lo retuvimos en México, lo exoneramos y lo hicimos candidato a Senador por el Partido Verde.
Nunca voy a justificar que los gringos metan la mano en México, pero, oiga, si durante mucho tiempo estuvimos contentos con que fuera así; si siempre resultó cómodo, en muchos sentidos, que Estados Unidos arrestara y juzgara a nuestros corruptos a pesar de que sabemos quiénes carajos son y dónde están, ¿no ven ustedes en cierta forma “natural” que se sientan con “derechos” para decir a quién quieren ahora?
Y esto no viene de hoy, pero resalto lo de los últimos años porque la esencia del movimiento lopezobradorista es la defensa de la soberanía. Si durante años dejamos que los gringos nos dijeran quiénes son nuestros malandrines y nos presionaron para que los detuviéramos; si les dimos un poder extraordinario por falta de voluntad o por falta de arrojo, a nadie le parezca extraño que esa nación, siempre expansiva y siempre acechaste, ahora use ese poder a su antojo y de acuerdo con sus agendas. Hay un Presidente de ultraderecha, aplica ese poder extraordinario contra los de izquierda en el poder.
Insisto: me molesta muchísimo que los gringos metan la mano en México, pero tampoco es gratis. Como el aparato de justicia funciona a medias acá y como no hay arrojo, meten las narices hasta donde se les pega la gana. A Moreno Cárdenas no lo juzgamos; ahora lo usan contra nosotros. A Maru Campos no la juzgamos o al menos no la confrontamos: ahora la usan contra nosotros. Jorge Romero es un impune en la trama del Cártel Inmobiliario: pues es un activo de Washington. Lo mismo que Francisco Javier Cabeza de Vaca, a quien Alejandro Gertz Manejo dejó que se fugara, y lo mismo muchos otros con los que no tuvimos, ni tenemos, ni tendremos arrojo. Desgraciadamente.
Y la mayoría de los diccionarios coinciden en que la palabra opuesta de “arrojo”, el único antónimo de “arrojo”, es “cobardía”.
Dos. Arrojo
De entrada aclaro que el movimiento que tomó control del país en apenas 10 años no es, en lo absoluto, cobarde o lo que sea. Oiga, que no es menor cosa lo que hemos visto: la 4T se ha enfrentado a las élites mediáticas; a burocracias partidistas y de gobiernos; a periodistas acostumbrados a dar golpes en la mesa para exigir privilegios; a mafias de intelectuales y académicas que cogobernaron México y que fueron capaces de torcer la historia para consolidar un proyecto derechas en un país con millones de pobres. No, eso no es ser cobarde. Eso es tener arrojo.
Por eso no me explico la falta de voluntad política de la 4T para hacer pagar a los corruptos. Mil veces dijeron en la Ciudad de México que Héctor Serrano era un corrupto, y ahora es el virrey de la 4T en San Luis Potosí; es el brazo derecho del Gobernador Ricardo Gallardo; los dos son del Partido Verde y Morena estuvo a punto de darle una candidatura a Serrano en 2024, pero alguien se atravesó (a ver: ¿alguien que se atreva a negarlo?). Y es apenas un ejemplo. Hay un tremendo malentendido respecto a la lealtad y al pago de favores y yo me pregunto, y es otro ejemplo, cómo es que Ricardo Monreal y Adán Augusto López siguen en posiciones relevantes (el segundo un poco menos) y como por qué, además, meter a Adrián Rubalcava al Metro para que use el circuito cerrado y se promueva todos los días entre 18 y 20 horas. Cómo se decide eso. Tengo qué cuestionarlo porque no me gusta.
Ahora, una cosa es que no le guste a alguien. No pasa de ser berreo inofensivo. El problema es cuando esos activos se convierten en peso muerto y ese peso muerto amenaza el barco en el que vamos todos los ciudadanos. Que se meta Estados Unidos a México no es un asunto de Morena o de la 4T: es un asunto que involucra a todos los ciudadanos. Todos, hasta el más de derechas, debería tener claro que la intromisión extranjera no es para beneficiarnos. Todos, en todos los partidos, deberíamos tener claro que la actividad extranjera de Lilly Téllez y Ricardo Salinas Pliego no es normal y perfectamente podría ser parte de un plan, porque ejemplos sobran, de la CIA. (Y nadie quite los ojos de Carlos Salinas de Gortari, donde esté).
Esa agencia, la CIA, no construye puentes ni reparte vacunas: destruye naciones desde adentro y es capaz de arrancarle los brazos a los niños extranjeros o propios con tal de que no sean inmunizados. Por eso es tan importante lo de Maru Campos. Debe ir ante la justicia, debe pagar si ella negoció con la CIA. Es un imperativo ético y moral, pero además, es por el bien de todos.
Y el fondo del asunto no es sobre Lilly Téllez o sobre Salinas Pliego y los de su calaña. Bienaventurada la 4T y no por la 4T, sino porque la oposición de ultraderecha es realmente intransitable. Estos dos personajes son poco inteligentes (salvo con el dinero) y transparentan tanto rencor que se hacen daño a sí mismos. La cantidad de mentiras y noticias falsas que generan por agenda sus medios, sus periodistas y sus satélites –por ejemplo– ya justificaron que el Estado tenga que invertir en un nuevo aparato para desmentirlos.
El tema de fondo es que ellos dos y otros miles encuentran un respaldo en Estados Unidos porque la 4T permitió que esa rendija estuviera abierta. Al permitir la impunidad; al justificar a individuos a todas luces cuestionables con tal de ganar elecciones; al no encarar a los corruptos por falta de arrojo, por cobardía o por lo que sea –después de haberse enfrentado a poderes realmente peligrosos– abre una rendija para que Washington se meta.
Hay una campaña montada, con apoyo desde Estados Unidos y con fuerte inversión desde adentro, para hacer ver a la izquierda como aliada de los narcotraficantes. Narcopartido, narcogobierno, narcogobernador, narcopresidenta, narcotodo. Un miembro de mi familia me contaba que sus nietos en Estados Unidos le cuestionaron por qué el narco gobernaba México. Imagínese la campaña. Y habrá en México quién crea lo que dice Javier Alatorre simplemente porque está allí, todas las noches, educándolo con pus y mentiras.
Me parece que es momento de que la 4T asuma con arrojo sus problemas porque resulta que sus problemas son los de un país. Ese es el poder que tiene la 4T: representa a la mayoría. Entonces debe garantizar que los culpables de actos de corrupción vayan a la cárcel; que los narcos vayan a la cárcel; que ninguno de los que están en sus filas sean o puedan ser vinculados con actividades ilícitas. La 4T debe invertir todo el dinero necesario para emprender acciones contundentes de verdadera justicia transicional. Debe decir: heredamos un país en el que los políticos coqueteaban con el narco, pero eso se acabó.
La 4T ni siquiera ha sido capaz de colocar la idea de que el PRI inventó la materia de Narcopolítica 1, 2 y 3, y que el PAN fue su primer alumno. La 4T ni siquiera ha podido rescatar la historia reciente aunque sobran documentos y testimonios que prueban que la narcopolítica no es nueva y es, por desgracia, una enfermedad de los últimos 50 años. Tiene las herramientas para hacerlo, y no lo hace. ¿Por qué no lo hace?
El sábado, la Presidenta Claudia Sheinbaum dijo: “Ninguna persona que no sea honesta, que no sea honrada, puede esconderse bajo el halo de la transformación del pueblo de México”. Es una advertencia que agrega esperanza. Y se agradece. Falta que esa frase nos diga algo: quién le pone el cascabel al gato, es decir, quién señala a los deshonestos y quién se encargará de echarlos. Y tengo la sospecha de que tiene que ser ya, que no hay tiempo; que cada minuto nos hace más vulnerables no frente a los de casa, que son cosa menor: frente a la bestia hambrienta del norte, que merodea los corrales para ver por dónde entra y a quién mata.





