Cuando el diseño se volvió destino: la pieza gráfica que me hizo urbanista

septiembre 18, 2025
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Por Jaime Martínez Veloz

En 1973, siendo estudiante de arquitectura y dibujante en el Catastro de Coahuila, me encomendaron diseñar la pieza gráfica para el III Simposio Nacional de Planificación Urbana, celebrado en Saltillo los días 29, 30 de noviembre y 1.º de diciembre. Lo hice con entusiasmo visual, sin imaginar que ese encargo marcaría el inicio de una vocación profunda. Participé como estudiante, pero salí como urbanista en formación.

Por primera vez escuché hablar de la planificación como herramienta de justicia, de la vivienda popular como estructura del análisis urbano, y del papel del Estado en la producción del espacio. El Simposio abordó temas que me marcaron para siempre:

La planificación como instrumento multidisciplinario para el bienestar colectivo.

La necesidad de coordinar especialidades en ingeniería, economía, política y cultura.

El ordenamiento del territorio como estrategia para democratizar el acceso a la vivienda, el trabajo, la recreación y la movilidad.

El papel del Estado en la transformación estructural del espacio urbano.

La urgencia de dejar atrás la improvisación y construir modelos de desarrollo con justicia distributiva.

Desde entonces, aprendí a mirar la ciudad no como un conjunto de edificios, sino como una expresión de relaciones sociales, conflictos históricos y luchas territoriales.

El cartel que dibujó mi vocación

Diseñar el cartel para el III Simposio Nacional de Planificación Urbana fue, en apariencia, un encargo gráfico más. Yo era estudiante de arquitectura y dibujante en el Catastro de Coahuila, y me pidieron que hiciera una pieza visual para anunciar el evento. Lo asumí con entusiasmo, sin imaginar que ese acto de diseño sería también un acto de destino.

Recuerdo el fondo naranja vibrante, la tipografía geométrica, la retícula que sugería orden y posibilidad. No quería que fuera un cartel decorativo: quería que convocara. Que dijera, sin palabras, que la ciudad es más que edificios, que la planificación es más que técnica, que la vivienda popular merece estar al centro del debate.

Mientras trazaba líneas y equilibraba formas, algo se movía dentro de mí. Ese cartel no sólo anunciaba un simposio: anunciaba una forma de mirar el territorio. Y cuando el evento se llevó a cabo, y escuché por primera vez hablar de la planificación como herramienta de justicia, entendí que el diseño podía ser también una brújula ética.

Desde entonces, cada proyecto que he impulsado, cada comunidad que he acompañado, cada texto que he escrito, lleva algo de ese cartel. Porque en él descubrí que el espacio se produce, que la vivienda es dignidad, y que el urbanismo puede ser insurgencia.

Ese cartel fue mi primer manifiesto. No lo escribí: lo dibujé. Y en sus trazos está la semilla de todo lo que vino después.

 Lecturas que me formaron

* Henri Lefebvre: el espacio como producto social.

* Christian Topalov: el Estado reproduce intereses dominantes incluso cuando planifica.

* Manuel Castells: las luchas urbanas son clave en la transformación democrática.

* Jean Lojkine: la planificación debe ser estratégica y participativa..

* Françoise Choay: toda intervención urbana es también una narrativa cultural.

Maestros que dejaron huella

* Carlos González Lobo: arquitecto social, referente de la autoconstrucción digna.

* Rodolfo Gómez Arias: leer la ciudad desde la forma, la proporción y la ética estética.

* Marta Schteingart: la vivienda revela la desigualdad estructural. Su curso en el Colegio de México en 1980 me marcó profundamente

Estudiar para transformar

Cada póster universitario, cada libro, cada territorio intervenido me enseñó que la ciudad no se cambia sólo con voluntad: se transforma con conocimiento, con ética y con memoria. La planificación urbana no es neutra: puede reproducir injusticias o abrir caminos de dignificación. Y si algo he aprendido en este recorrido, es que la mejor manera de ser rebelde es estudiar. Porque el estudio crítico, comprometido y colectivo es el primer paso para desmontar privilegios, construir alternativas y defender el derecho a la ciudad.

La obra gráfica como brújula

A veces, un trazo puede cambiar el rumbo de una vida. La obra gráfica que diseñé para el III Simposio Nacional de Planificación Urbana no fue sólo una pieza visual: fue una puerta abierta a la conciencia territorial, a la ciudad como conflicto y como promesa. Aquellos días en Saltillo, entre ponencias, debates y caminatas universitarias, descubrí que el urbanismo no era sólo técnica ni estética, sino ética y política.

Desde entonces, cada estudio, cada proyecto, cada comunidad acompañada ha sido una forma de continuar aquel llamado. Aprendí que la vivienda no es sólo abrigo, sino expresión de dignidad; que el espacio no se hereda, se produce; y que la planificación, cuando es justa y participativa, puede ser herramienta de emancipación.

Aquella pieza gráfica fue mi brújula. Me orientó hacia una forma de estudiar que no busca títulos, sino transformaciones; hacia una forma de ejercer la arquitectura que no se mide en planos, sino en memorias vivas. Y si hoy sigo escribiendo, planificando y movilizando, es porque aquel encargo visual me enseñó que el diseño también puede ser destino.

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