Desde Parras al corazón de la Historia

enero 27, 2026
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Por Lilia Esperanza Cárdenas Treviño

En días pasados, una conversación con José Alfonso Suárez del Real y Aguilera, asesor político de la Coordinación de Comunicación Social de la Presidencia de la República, derivó en una invitación que unía memoria pública e historia personal. Me habló de la sala Mujeres en la historia de Palacio Nacional, inaugurada el 8 de marzo de 2025, y de la presencia ahí de mi tía Nancy Cárdenas, cuya imagen fue elegida personalmente por él para formar parte de la galería de mujeres contemporáneas del siglo XX, en reconocimiento a su trayectoria cultural y transformadora. 

A la visita en Palacio Nacional me acompañó mi hija, Ally Quetzal Ímaz Cárdenas, para que juntas recorriéramos ese espacio y contempláramos no sólo a Nancy, sino a las mujeres que, a lo largo de los siglos, han contribuido a transformar una sociedad marcada por el patriarcado desde la cultura, el pensamiento y la acción histórica.

La visita tuvo para nosotras una resonancia particular. Entrar a Palacio Nacional como sobrina y sobrina-nieta fue reconocer que una historia vivida en el ámbito familiar hoy se inscribe en la memoria pública del país. Nancy fue una referencia intelectual y ética decisiva en mi formación: a través de ella comprendí que la cultura no es ornamento, sino una forma de estar en el mundo y de tomar posición frente a la injusticia y el silencio. Desde la Fundación que lleva su nombre, ese legado se mantiene vivo como genealogía de pensamiento y acción.

Recorrer la sala Mujeres en la historia es atravesar un relato nacional que por fin se reconoce incompleto y decide abrirse. No se trata de un canon cerrado, sino de una historia viva que nombra, restituye y corrige silencios. Así se explicó durante la visita guiada: el proyecto no jerarquiza trayectorias ni clausura interpretaciones; devuelve presencia a las mujeres que sostuvieron, pensaron y transformaron México desde tiempos ancestrales hasta el presente.

El recorrido se organiza por grandes periodos históricos. Desde el México antiguo –donde el poder femenino fue político, ritual y simbólico– hasta el Virreinato, la Independencia, la Revolución y los siglos XX y XXI. La sala muestra formas diversas de agencia femenina: gobierno, pensamiento, educación, cultura, trabajo, organización social, militancia y resistencia. Aquí, el poder no se reduce a cargos formales; también se ejerce desde la palabra, el cuerpo, la comunidad y la creación.

En el periodo virreinal, la figura de Sor Juana Inés de la Cruz ocupa un lugar axial. No sólo fue la mayor escritora del mundo novohispano, sino una intelectual que defendió el derecho de las mujeres al conocimiento en una época que les negaba la palabra pública. Desde el claustro construyó un espacio de libertad intelectual donde dialogaron poesía, ciencia y pensamiento crítico. Su Respuesta a Sor Filotea permanece como uno de los primeros alegatos en defensa de la educación femenina en América.

En el periodo de la Independencia, junto a figuras visibles como Josefa Ortiz Téllez-Girón y Leona Vicario, destacan Las Guadalupes, una red clandestina de mujeres que desempeñó un papel decisivo en la lucha insurgente. Desde la discreción impuesta por su tiempo, organizaron espionaje, traslado de mensajes, recursos y refugios que sostuvieron al movimiento en momentos críticos. Su acción fue colectiva, anónima y profundamente política.

Durante la Revolución mexicana, las mujeres ocuparon un lugar central que durante décadas fue reducido a estereotipo. No fueron sólo adelitas idealizadas por la iconografía popular, sino combatientes, enfermeras, correos, organizadoras comunitarias y sostenedoras de la vida en medio de la guerra. Muchas participaron activamente en la lucha armada; otras garantizaron la continuidad del movimiento desde la retaguardia, el cuidado, la palabra y la organización. Su presencia fue decisiva en la Revolución y, sin embargo, su reconocimiento histórico ha sido fragmentario y tardío. Nombrarlas hoy es restituir una parte esencial de un proceso revolucionario que también fue femenino.

A lo largo de la historia de México, las mujeres no sólo participaron en los procesos sociales y políticos: también los narraron. Desde la aguda mirada de Frances Erskine Inglis, Marquesa Calderón de la Barca, que dejó testimonio del México independiente para el mundo; pasando por las mujeres que impulsaron periódicos y revistas feministas a finales del siglo XIX y principios del XX, como Siempreviva, dirigida por Rita Cetina Gutiérrez, y Violetas del Anáhuac, encabezada por Laureana Wright de Kleinhans, donde la palabra impresa se volvió herramienta de emancipación, hasta voces revolucionarias como la de Juana Belén Gutiérrez  que hicieron del periodismo un acto de combate político. Esa tradición de escritura comprometida llega al siglo XX y XXI con Elena Poniatowska, cuya obra ha dado voz a los movimientos sociales y a quienes históricamente fueron relegados al silencio.

Nancy Cárdenas forma parte del bloque del siglo XX, dedicado a las mujeres transformadoras. Nacida en Parras, Coahuila, fue una mujer de múltiples talentos –periodista, traductora, dramaturga, actriz, locutora, productora y directora de teatro y cine– como intelectual de izquierda entendió la cultura en su dimensión de práctica política. Nancy, sobreviviente de la matanza de la Plaza de Tlatelolco, tradujo esa experiencia en una marca ética e ideológica. Tras los acontecimientos de 1968, cuando el Estado mostró su rostro autoritario, eligió una trinchera singular: se convirtió en una guerrillera de la cultura. No empuñó armas; respondió con teatro, poesía y escena pública. Desde la vanguardia cultural enfrentó la censura con imaginación, al miedo con palabra crítica y a la violencia con lucidez, haciendo de cada montaje un acto de resistencia simbólica.

Nancy formó parte de una constelación de mujeres que transformaron la cultura crítica en la segunda mitad del siglo XX. Dialogó con Rosario Castellanos, cuya obra pensó la condición femenina desde la ética; con Alaíde Foppa, poeta y feminista desaparecida por la violencia política; con Marta Lamas y Elena Urrutia, impulsoras del feminismo contemporáneo desde el pensamiento y la acción. No fue un movimiento homogéneo, sino una generación diversa unida por la certeza de que la palabra y el cuerpo podían ser espacios de disputa frente al autoritarismo.

Un momento especialmente sobrecogedor del recorrido remite a la Guerra Sucia en México. Aquí, los nombres de mujeres desaparecidas, asesinadas, perseguidas y silenciadas se inscriben como una interpelación directa al presente. No hay fotografías, sólo nombres. No son cifras ni estadísticas: son vidas truncadas, memorias en espera, historias arrancadas de raíz. Nombrarlas en Palacio Nacional transforma el sentido del espacio: el lugar del poder se vuelve también lugar de duelo, denuncia y responsabilidad histórica. No fue una anomalía del Estado, sino una política sistemática de silenciamiento.

Conviene señalar que en la sala Mujeres en la historia identificamos hasta ahora a varias mujeres vinculadas a Coahuila, separadas en el tiempo, pero unidas por una misma vocación transformadora: María Ignacia de Azlor y Echeverz, pionera de la educación femenina en el ámbito novohispano; Rosario Ibarra de la Garza, referente ético de la lucha por los derechos humanos y Nancy Cárdenas, creadora cultural y figura clave del pensamiento crítico del siglo XX. Tres mujeres, tres épocas, una misma herencia: educación, dignidad y palabra pública. 

Al finalizar el recorrido, solicité que en el futuro se incluya el nombre de la muralista Elena Huerta y el de su hija Electa Arenal, escultora, poeta y activista.

De manera significativa, el recorrido concluye con las mujeres de los pueblos originarios, no como un regreso al pasado, sino como una afirmación del presente. La historia no se cierra con el Estado moderno: vuelve a las raíces vivas de México, a las mujeres indígenas que hoy continúan defendiendo territorio, lengua, memoria y comunidad. El gran tapiz textil, realizado por cinco mujeres de pueblos originarios, ocupa un lugar central: su tejido colectivo encarna una memoria que no se escribe sólo con palabras, sino con hilos, manos y tiempo compartido. El tapiz no ilustra la historia: la sostiene.

Mi agradecimiento a José Alfonso Suárez del Real y Aguilera por la invitación y el apoyo institucional que hicieron posible esta visita; a la Dirección General de la Conservaduría de Palacio Nacional y Patrimonio Cultural de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público por las facilidades otorgadas; y, de manera especial, al historiador Carlos Mujica, así como a la curadora Natalia Leyte y al equipo responsable, cuyo trabajo hace posible este ejercicio de memoria pública y justicia histórica. Durante el recorrido nos acompañó también, una gran amiga, Eunice Chao, fotógrafa mexicana que trabaja en La Maison du Mexique, en París, autora de las imágenes que acompañan este reportaje.

Al salir de la sala Mujeres en la historia resonaba una frase pronunciada por la presidenta Claudia Sheinbaum el día de su inauguración: “Llegamos todas”. No es una consigna triunfal, sino una afirmación cargada de deuda histórica. Llegan las que abrieron camino y las que fueron silenciadas; las que escribieron, lucharon y crearon, y también las que fueron acosadas, perseguidas, desaparecidas o asesinadas. Este espacio no es un punto de llegada, sino el inicio de un memorial vivo para reconocer a la mitad de México. Nombrarlas en Palacio Nacional no repara el daño, pero lo vuelve imposible de olvidar. Y en ese gesto –decir sus nombres, inscribir sus historias– comienza otra forma de justicia: la de la memoria pública que ya no acepta el silencio como destino. 

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