Por Gonzalo Villanueva // CEDIL
El 6 de julio último el agua entró a 35 viviendas saltillenses. En la colonia Australia un policía tuvo que amarrarse una cuerda a la cintura para rescatar a un hombre de 63 años, atrapado en su vehículo arrastrado por la corriente. Río Verde, La Minita, Patria Nueva, Guayulera y Landín encabezaron el censo preliminar de daños. Dos semanas antes, el 20 de junio, otra tormenta cerró cruceros en el bulevar Colosio, Musa de León y Fundadores, con una veintena de vehículos remolcados. Y cada vez el guion institucional se repitió con operativos de emergencia, transmisiones en vivo desde el punto más afectado, cuadrillas retirando lodo…
Saltillo no se inunda porque llueve mucho. Saltillo se inunda porque construimos una ciudad que no sabe qué hacer con el agua.
Diagnóstico desatendido
Un análisis del Instituto Municipal de Planeación, difundido este mismo año, calcula que alrededor de 87% del riesgo de inundación en la ciudad está asociado a intervenciones humanas, como cauces desviados, arroyos entubados o eliminados, asentamientos sobre escurrimientos naturales.
Los ejemplos documentados son el cauce de La Cieneguita, desaparecido en Real del Sol; El Mimbre, desviado para construir Sendero Sur, un escurrimiento borrado del mapa para dar lugar a un estacionamiento en Antonio Narro y Pablo de Mejía.
La disciplina urbanística ha bautizado este proceso como impermeabilización del suelo. Cada metro de asfalto o techado transmuta la precipitación, que antes hallaba cauce e infiltración en el matorral nativo, en una escorrentía superficial que desciende con violencia desde la serranía, saturando el valle en cuestión de minutos.
En una cuenca natural buena parte de la precipitación se infiltra o se evapotranspira; en una cuenca urbanizada la mayor parte escurre y lo hace más rápido y con más fuerza.
Hasta ahora la respuesta estatal dominante ha sido más infraestructura gris, esto es más tubo, más concreto, más bombeo. Pero la ingeniería contemporánea reconoce sus límites: el drenaje pluvial convencional sólo traslada el problema aguas abajo y colapsa ante eventos extremos, cada vez más frecuentes bajo el cambio climático.
Por eso ciudades de zonas áridas y semiáridas como Tucson, Hermosillo, Ciudad Juárez y Tijuana han girado hacia los sistemas urbanos de drenaje sostenible: infraestructura verde que retiene, infiltra y limpia el agua donde cae, en lugar de expulsarla a toda velocidad.
Tecnología hidrológica
Un jardín de lluvia es una depresión ajardinada, diseñada intencionalmente para recibir el escurrimiento de techos, banquetas y calles. Sustratos de distinta granulometría y vegetación nativa retienen el agua, filtran contaminantes y permiten su infiltración al subsuelo, recargando el acuífero, lo que resulta crucial en una ciudad con estrés hídrico crónico como la nuestra.
La evidencia empírica es sólida y regional. Un estudio publicado en 2025 en la revista Vivienda y Comunidades Sustentables evaluó la integración de jardines de lluvia, jardines microcuenca y concreto permeable en conjuntos habitacionales de interés social en Hermosillo siguiendo el Manual de lineamientos de diseño de infraestructura verde para municipios mexicanos del IMPLAN de aquella ciudad.
La misma literatura reporta que un jardín de lluvia piloto evaluado en la Universidad de Cartagena logró infiltrar y contener entre 14% y 51% del agua de lluvia reduciendo considerablemente el volumen de escorrentía; y que en Ningbo, China, jardines microcuenca que ocupan apenas fracciones mínimas de la superficie urbana muestran efectos medibles sobre las inundaciones. Mérida ya construye jardines de lluvia en vialidades y monitorea sus resultados; en Baja California especialistas y organismos como la UNICEF México los promueven como técnica de bajo costo para mitigar inundaciones y recargar acuíferos. Es evidente que es una tecnología hidrológica probada, barata y replicable.
Además, los jardines de lluvia no sustituyen al drenaje pluvial, más bien lo descargan. Reducen el pico de la avenida, retrasan el escurrimiento y le quitan presión a una red que en Saltillo, como hemos visto, sencillamente no da.
La lógica de la renta, no de la cuenca
El censo de daños del 6 de julio no señala a los fraccionamientos cerrados del norte: ubica a Río Verde, La Minita, Guayulera, Landín. Colonias populares, muchas asentadas junto a arroyos como La Encantada, en suelos que el mercado inmobiliario formal desechó precisamente por su riesgo.
David Harvey formuló hace tiempo que la urbanización capitalista produce el espacio según la lógica de la renta, no de la cuenca. Cuando un desarrollador entuba un arroyo para ganar metros vendibles, privatiza el beneficio y socializa el riesgo hidrológico, que viaja aguas abajo hasta el patio de una familia de la Guayulera. Lo que llamamos “desastre natural” es, en rigor, riesgo socialmente producido y desigualmente distribuido. Cada inundación en Saltillo puede representar un mapa de nuestra desigualdad.
Por eso la infraestructura verde no puede pensarse como amenidad para corredores de plusvalía. El criterio de localización debe ser hidrológico y social a la vez: intervenir primero las microcuencas que descargan sobre las colonias que hoy ponen los muertos potenciales, los inmuebles perdidos y los autos varados.
Agenda concreta
Si Saltillo decidiera apostar por los jardines de lluvia como infraestructura hídrica seria, no como ornamento, la pregunta más urgente es dónde empezar a construirlos. La respuesta apunta al norte de la ciudad: el camellón central del bulevar Luis Donaldo Colosio, uno de los corredores donde los cierres viales por inundación se han vuelto rutina. Su geometría lo convierte en el sitio ideal para una cadena de bioswales que capturen la escorrentía antes de que colapse el drenaje convencional.
La segunda prioridad está en el sur, en el entorno del Parque Las Maravillas y el periférico Luis Echeverría, donde se acumulan dos vulnerabilidades, encharcamientos frecuentes e isla de calor severa por escasa vegetación. Una cuenca de retención con arbolado perimetral resolvería ambos problemas en una de las zonas de mayor densidad habitacional de la ciudad.
El tercer nodo: el entorno de la UAdeC en Camporredondo sumaría valor pedagógico al convertir un arroyo, que ya ha desbordado, en un laboratorio vivo para formar a los profesionales que Saltillo necesita para planear la ciudad que viene.
El agua que hoy destruye calles puede, con decisión política y diseño inteligente, empezar a reconstruir el acuífero que todos compartimos.





