Por Emiliano Gil
Itzel Constante no habla del acordeón como una ruta hacia la fama. Tampoco lo presenta como una búsqueda de gloria, escenarios grandes o reconocimiento masivo. Para ella, tocar tiene otro sentido: hacerlo con cariño, conectar con quien escucha y, si es posible, abrir una puerta para que más mujeres se animen a entrar a la música norteña.
Su aspiración no está en convertirse en la acordeonista más famosa, sino en que su historia sirva de impulso para otras.
Con 24 años y seis años dedicada al instrumento, Itzel ha construido su camino entre presentaciones, ensayos, trabajo familiar, creación de contenido y una historia musical marcada por la figura de su padre.
En su familia, sus tíos y su papá son músicos, por lo que el sonido norteño llegó a su vida como parte de su día a día desde la infancia. Recuerda que su padre, José Luis Constante, salía por las noches a tocar. Cotidianamente lo acompañaba a ensayos, donde poco a poco comenzó a nacer su gusto por la música regional.
“Yo creo que de ahí me nació el amor, sobre todo por la música norteña”.
Pero acercarse a la música no significó únicamente continuar una tradición familiar. También implicó enfrentarse a una barrera que estaba presente desde el inicio: en su familia había personas que se dedicaban a la música, pero nunca mujeres que lo hicieran.
“Soy la primera mujer músico en la familia. Entonces siempre está como ese pensamiento de ‘ay, no, eres una mujer, no vas a poder’”, expresa Itzel
La duda no la detuvo. Al contrario, se convirtió en una de las razones para demostrar que sí podía. En ese proceso, el respaldo de su madre fue importante, pues le dijo que la apoyaba, pero también le pidió demostrar que tenía capacidad para sostenerse en ese camino.
Al principio, su familia pensó en acercarla a un instrumento de cuerdas, como el bajo quinto. Sin embargo, fue su padre quien terminó orientándola hacia el acordeón. Él le dijo que tenía dedos muy largos para un instrumento de cuerdas, por ende le sugirió probar con el acordeón.
Así empezó una historia que hoy la ha llevado a tocar en quince años, bodas, bares, eventos familiares y presentaciones fuera de Saltillo, como una ocasión en Toluca.
El regalo de su padre
El instrumento que hoy acompaña a Itzel tiene un valor especial. No es sólo el acordeón con el que toca: es el primero que tuvo y el que le regaló su papá cuando vio que su interés por la música era real.
Antes de tenerlo, practicaba con los acordeones que usaban los músicos de su familia. Pero cuando su padre notó el esmero en sus ensayos decidió comprarle uno: un Gabbanelli que la ha acompañado prácticamente durante toda su trayectoria musical.
“Cuando vio que tenía amor en esto y cuando vio que le estaba echando ganas, con todo el sudor de su trabajo y esfuerzo se animó a comprarme un Gabbanelli”, relata.
Por eso, el instrumento representa algo más que una herramienta de trabajo. Representa también el esfuerzo de su padre, la confianza que depositó en ella y el inicio de un camino que no siempre fue sencillo.
Una de las primeras dificultades fue aprender a coordinar el movimiento del fuelle con la interpretación. Tocar y abrir el acordeón al mismo tiempo se convirtió en un reto que llegó a frustrarla.
“Yo recuerdo que hasta lloraba porque me estresaba de que no podía tocar y abrir el acordeón”, confiesa.
Con el tiempo, entendió que el acordeón exige constancia: practicar lento, repetir, acelerar poco a poco, corregir errores y aceptar que siempre habrá algo nuevo por aprender. Para ella, nunca se termina de dominarlo por completo. Siempre aparecen escalas, adornos o formas distintas de tocar.
En ese aprendizaje, Ramón Ayala ocupa un lugar central. Itzel lo considera su ídolo y una de sus mayores inspiraciones. De niña escuchaba sus canciones y pensaba que interpretarlas sería demasiado difícil. Hoy, tocarlas tiene un significado distinto.
Expresa: “De chiquita yo las escuchaba y decía: ‘es muy difícil tocarlas’. Y ahora es como: ya puedo tocarlas yo”.
Dentro de su repertorio, hay canciones que no suelen faltar. Una de ellas es “Rinconcito en el cielo”, de Ramón Ayala, una pieza que a José Luis le gusta mucho que toque. Otra es “La yaquesita”, una cumbia que considera conocida por casi todos y que suele funcionar en sus presentaciones.
Hasta ahora, Itzel se ha dedicado únicamente a la interpretación. No ha compuesto música propia, aunque hizo saber que algunas personas le han ofrecido letras para que ella pueda trabajar una melodía. No descarta hacerlo, pero lo ve como un desafío inexplorado.
Gajes del oficio
La vida de Itzel no se sostiene únicamente en el acordeón. Además de la música, trabaja en un negocio familiar de abarrotes y recientemente comenzó como creadora de contenido. Entre esas actividades, las presentaciones y los ensayos, ha tenido que encontrar tiempo para seguir practicando.
Cuando no tiene eventos próximos, intenta tocar media hora o una hora. Si debe preparar repertorio nuevo o repasar canciones para alguna presentación, dedica más tiempo al instrumento.
Esa parte del oficio pocas veces aparece frente al público. Detrás de cada canción hay práctica, cansancio, traslados, desvelos y, en su caso, otros trabajos que continúan al día siguiente.
Itzel cuenta que hay ocasiones en las que toca un sábado por la noche y el domingo debe levantarse a las 4:00 o 4:30 de la mañana para trabajar. También hay presentaciones en las que los músicos llegan con sueño o sin comer.
Señala: “Hay veces que vamos a tocar y vamos sin comer, vamos con sueño”.
A esa carga se suma la presión del repertorio. Para Itzel, muchas veces el público mira a los músicos como si pudieran tocar cualquier canción en cualquier momento. Aunque intenta tener una base amplia, reconoce que siempre habrá canciones que no están preparadas. “La gente a veces nos ve como si fuéramos una rocola”, comenta.
Aun así, la satisfacción llega cuando el público responde. Para ella, una canción no se reduce a los minutos que dura, sino al tiempo que tomó aprenderla, practicarla y lograr transmitir algo con ella. Cuando la gente baila, canta o se emociona, siente que el esfuerzo valió la pena.
Inspirar antes que la fama
Además de las exigencias del oficio, Itzel ha tenido que enfrentar los retos de ser mujer en un ambiente donde la mayoría de los músicos siguen siendo hombres.
Aunque ha contado con el apoyo de su padre, de sus maestros y de sus compañeros de grupo, también ha vivido burlas, comentarios a sus espaldas y dudas sobre su capacidad. En lugar de rendirse, esas experiencias le han servido como impulso.
“Nunca me he rendido, eso me motiva más a seguir tocando”, afirma.
Su meta, sin embargo, no está puesta en la fama. Itzel no habla de convertirse en la más reconocida ni de llenar grandes escenarios. Para ella, tocar frente a 10, 20 o 50 personas tiene sentido si quienes la escuchan alcanzan a ver el cariño con el que interpreta.
Al hablar de sus aspiraciones, Itzel lo resume de manera clara: “Mientras vean que lo hago con cariño y con amor, la meta ahorita es lograr inspirar a otras mujeres”.
Esa intención también la llevó a pensar en nuevos espacios. Recientemente compró una tarjeta de sonido y un micrófono para comenzar a compartir contenido en TikTok. Su idea no es sólo llevar su carrera de la mano con los medios digitales, sino contar su historia y motivar a otras mujeres a acercarse al acordeón o a cualquier otro instrumento.
Itzel reconoce que cada vez ve a más mujeres interesadas en el acordeón, especialmente en redes sociales. Aun así, sabe que cada camino es distinto. Cada persona aprende a su tiempo, con su propio proceso y con una historia diferente.
Dentro de esos retos hay uno especialmente delicado: el acoso en eventos.
Itzel cuenta que algunos clientes, sobre todo cuando se pasan de copas, llegan a creer que por ser mujer pueden sobrepasar sus límites. Ha vivido situaciones en las que han intentado abrazarla, tocarla o acercarse de más.
Aunque aclara que no ocurre con frecuencia, también reconoce que le ha pasado varias veces. Y aunque no sea una situación constante, se trata de un fenómeno que puede volverse sumamente peligroso para las mujeres que trabajan en fiestas, bares o eventos nocturnos.
En esos momentos el respaldo de sus compañeros de grupo ha sido importante. Itzel cuenta que ellos la protegen cuando alguna situación comienza a salirse de control.
A pesar de esos riesgos, la música es para ella una forma de seguir sus sueños y conservar la tradición familiar. Lo que comenzó al ver a su papá tocar terminó convertido en una manera de demostrar que el acordeón también puede abrirse en los brazos de una mujer.
Su historia no habla de una búsqueda de gloria y fama, sino de una joven que tomó el acordeón que le regaló su padre y lo convirtió en una forma de abrir camino para otras.
“Me gusta demostrar que una mujer sí puede”, concluye Itzel.





