Por Ethel Arredondo
Torreón, Coahuila.- Durante décadas el arsénico fue el elemento más señalado cuando se hablaba sobre la mala calidad del agua en La Laguna. El problema se volvió tan conocido que parecía no haber mucho más por descubrir: la región estaba marcada por la presencia natural de este elemento en los acuíferos. Así lo mostraban investigaciones médicas acumuladas desde los años sesenta y en torno a él giraban las recomendaciones sobre el cuidado del agua para consumo humano.
Pero un nuevo estudio científico, publicado este año por la revista Exposure and Health, plantea que la situación es más compleja: además del arsénico existen otros contaminantes en el agua subterránea de la Comarca Lagunera que podrían representar riesgos para la salud, particularmente cuando aparecen al mismo tiempo. Entre ellos destacan el yodo, fluoruro y uranio, este último poco estudiado hasta ahora en la región.
De las 119 muestras de agua subterránea de la Comarca Lagunera analizadas por el estudio, 95.9% rebasó el límite permitido de arsénico para consumo humano, mientras que uno de cada tres puntos evaluados registró concentraciones elevadas de fluoruro y yodo, este último un elemento que actualmente no está regulado en México para agua potable.
Además, los investigadores detectaron presencia de uranio en 11.8% de las muestras, un hallazgo poco explorado hasta ahora en la región y que, junto con otros elementos, forma parte de una nueva investigación que propone mirar el problema del agua lagunera desde un ángulo más amplio.
El hallazgo parece sencillo al leerlo en cifras, pero tiene implicaciones profundas en una región cuya población está acostumbrada desde hace generaciones a convivir con la incertidumbre sobre la calidad del agua.
Mezcla envenenada
En La Laguna la conversación pública sobre el agua para consumo humano se concentró durante años casi exclusivamente en el arsénico. El estudio reciente amplió el análisis hacia otros elementos potencialmente tóxicos, como fluoruro, yodo, uranio, manganeso, nitratos, molibdeno, boro y selenio, además del propio arsénico. Incluyó muestras obtenidas entre mayo y agosto de 2023 en municipios de Coahuila y Durango que forman parte de la Comarca Lagunera, donde viven aproximadamente un millón 590 mil personas.
Los investigadores encontraron que 34.7% de las muestras presentaron niveles elevados de yodo, usando como referencia estándares internacionales debido a que México no cuenta actualmente con regulación específica para este elemento en agua potable, ni tampoco existe un parámetro definido por la Organización Mundial de la Salud (OMC) para vigilarlo.
Lejos de presentar el hallazgo como una alarma inmediata, el estudio lo coloca como un foco de atención emergente, particularmente porque ya existe evidencia científica sobre sus posibles efectos cuando la exposición es constante y prolongada.
“La identificación del yodo como un contaminante emergente no regulado, junto con la coexistencia de riesgos cancerígenos y no cancerígenos, resalta la necesidad de marcos integrales de monitoreo”, señala el documento.
Los investigadores explican que exposiciones prolongadas a concentraciones elevadas podrían asociarse con trastornos tiroideos como hipotiroidismo, hipertiroidismo, inflamación glandular y bocio, aunque insisten en que el verdadero reto está en entender cómo interactúa este elemento con otros contaminantes presentes simultáneamente en el agua.
Porque, según la investigación, el problema podría no estar solamente en el yodo, el arsénico o el fluoruro de forma aislada, sino en la combinación. “La exposición simultánea a arsénico, fluoruro y yodo podría alterar la función tiroidea, ya sea de manera independiente o mediante efectos sinérgicos”, explican los autores.
Uranio, un elemento raro
Entre todos los elementos detectados, hubo uno que llamó particularmente la atención: el uranio.
El estudio encontró que 11.8% de las muestras superó los niveles de referencia considerados seguros por organismos internacionales, un dato que llevó a los investigadores a incluirlo dentro de la evaluación de riesgo sanitario.
La sola palabra puede despertar inquietud, quizá porque suele relacionarse con materiales radiactivos o accidentes nucleares, pero el estudio pone el tema en otro contexto. Los especialistas explican que, en este caso, el interés está en la exposición prolongada a pequeñas cantidades presentes de manera natural en el subsuelo y en sus posibles implicaciones para la salud, particularmente sobre la función renal.
En regiones áridas y semiáridas, como La Laguna, el agua subterránea pasa largos periodos en contacto con distintos tipos de roca antes de llegar a los sistemas de abastecimiento, y en ese recorrido puede incorporar elementos que forman parte de la composición geológica natural de la zona. Por eso, los autores consideran importante dejar de observar el agua sólo desde una lógica de cumplimiento de normas y comenzar a entenderla también desde el comportamiento combinado de diversos contaminantes.
“La investigación se extiende más allá del arsénico y fluoruro para incluir un espectro más amplio de contaminantes inorgánicos, algunos no reportados previamente para esta área y que podrían representar riesgos importantes para la salud”, señala el documento.
Mientras recorrían distintos puntos de la región, los investigadores hablaron con operadores de pozos, habitantes y familias de comunidades rurales. Lo que encontraron fue algo que en muchas zonas de La Laguna forma parte de la rutina diaria, aunque pocas veces aparece reflejado en estadísticas oficiales: el agua clasificada para riego agrícola muchas veces también termina utilizándose dentro de las viviendas.
Plaguicidas, también presentes
Otra investigación científica realizada en 38 pozos de la región detectó que todos los puntos analizados presentaron al menos un plaguicida, mientras que un pozo ubicado al norte de Gómez Palacio registró la presencia simultánea de cinco compuestos distintos, lo que evidencia la persistencia de contaminantes asociados a décadas de actividad agrícola intensiva.
La investigación lleva por título Evaluación espacial de la contaminación del agua subterránea por plaguicidas en el polo agroindustrial La Comarca Lagunera en México: impacto de la actividad antropogénica y de los factores locales. Fue realizada por los investigadores Virgilio R. Góngora Echeverría, Javier Castro Larragoitia, Germán Giácoman Vallejos, Antonio Cardona-Benavides, Avel González-Sánchez, Dario Cauich Kau y Gonzalo G. García Vargas. El trabajo fue publicado también este 2026 en la revista científica internacional Environmental Monitoring and Assessment, especializada en monitoreo ambiental y evaluación de ecosistemas.
La investigación se enfocó en el análisis de agua subterránea en municipios de Coahuila y Durango que forman parte de La Laguna, entre ellos Francisco I. Madero, Matamoros, Torreón, San Pedro y Viesca, así como Lerdo, Gómez Palacio y General Simón Bolívar, zonas donde el agua de pozo resulta fundamental tanto para actividades agrícolas y pecuarias como para el abastecimiento urbano.
El estudio explica que el agua subterránea en la región tiene usos diversos. En muchos casos se destina al riego de cultivos como maíz y alfalfa, esenciales para la actividad agropecuaria lagunera; sin embargo, algunos pozos tienen una función dual o prioritaria para consumo humano, lo que incrementa la relevancia de los hallazgos detectados.
Los investigadores identificaron dos familias principales de sustancias químicas presentes en el agua subterránea. Por un lado, los plaguicidas organoclorados, compuestos altamente persistentes que pueden permanecer durante años en el ambiente sin degradarse fácilmente. Entre ellos destacan el DDT, lindano y endosulfán, sustancias que incluso han sido prohibidas o restringidas en varios países, pero cuyos residuos aún permanecen en suelos y sedimentos debido a su uso histórico intensivo.
Por otro lado, el estudio identificó plaguicidas organofosforados, como malatión y parationes etílico y metílico, que suelen degradarse más rápido, pero que presentan alta toxicidad al momento de su aplicación en actividades agrícolas.
Los autores explican que la principal diferencia entre ambos grupos es su comportamiento ambiental: mientras los organoclorados permanecen durante largos periodos y pueden acumularse, los organofosforados suelen estar más relacionados con aplicaciones recientes en el campo.
Dentro de los pozos analizados, algunos fueron considerados especialmente relevantes por su relación directa con el abastecimiento de agua para la población. El pozo LL113, ubicado en Francisco I. Madero, destinado al suministro de agua urbana, registró la presencia de DDE y lindano, compuestos relacionados con insecticidas organoclorados. Debido a su vínculo con el consumo humano, el estudio lo identifica como un punto crítico.
En San Pedro, el pozo LL102, también utilizado para abastecimiento urbano, presentó paratión etílico, un insecticida organofosforado vinculado a actividades agrícolas.
Por su parte, el pozo LL29, en Lerdo, registró la concentración más alta de sulfato de endosulfán, mientras que el pozo LL58, también en Lerdo, presentó malatión, asociado a actividades agrícolas y pecuarias.
El estudio señala que la presencia de plaguicidas en el agua subterránea no necesariamente significa que todos hayan sido utilizados recientemente. En el caso de los organoclorados, los investigadores explican que son compuestos capaces de permanecer durante décadas en el suelo y desplazarse lentamente hacia los acuíferos. Por ello, algunos residuos encontrados podrían corresponder a aplicaciones agrícolas realizadas años atrás.
En contraste, los organofosforados suelen degradarse más rápidamente, por lo que su presencia está más asociada con actividades agrícolas recientes. La combinación de ambos grupos químicos en el agua refleja tanto el legado histórico del uso intensivo de plaguicidas como las prácticas actuales en el campo lagunero.
La investigación advierte que algunos plaguicidas, particularmente los organoclorados, tienen la capacidad de acumularse en tejidos grasos de organismos vivos, lo que permite que permanezcan activos durante largos periodos y se integren a distintos niveles de la cadena alimentaria.
Según el documento, rastros de estos compuestos han sido encontrados históricamente en leche, queso, carne, huevos e incluso tejido adiposo humano, lo que demuestra que su presencia no se limita únicamente al suelo o al agua. Ante ello, los autores consideran necesario fortalecer el monitoreo continuo del agua subterránea, mejorar los controles sobre el uso de plaguicidas y reforzar la aplicación de políticas ambientales y sanitarias que permitan reducir la contaminación en una de las principales regiones agroindustriales del país.
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