Por Abraham Nuncio Limón
“Pendejo”. En un primer momento pensó que la hubieran podido oír. El eco silencioso de la palabra reverberó en su cabeza y volteó como si de verdad su denuesto hubiera sido escuchado por el hombre que había chocado con la suya su carriola de compras o por algún otro comprador. Sólo ella lo había pronunciado y escuchado. Y eso la encolerizó más aún. Una cólera que se le clavó en el estómago y desde ahí, como en círculos concéntricos se le extendió al resto del cuerpo y la paralizó. Todo en segundos, en un segundo, en fracción de segundo.
Desde la carriola que había chocado estúpidamente con la suya, su conductor le hizo escuchar una pregunta: ¿tú eres Sada? Sí, le contestó intuitivamente, como si el hombre que le formuló la pregunta fuese el empleado de alguna aduana o de una oficina de pasaportes. Ella se retomó y en su pecho nacía una prímula de savia, mitad curiosidad mitad duda. ¿Nos conocemos?, preguntó ella ahora a los ojos que la escrutaban con la holgura propia de un domingo a mediodía. Salvador, ¿y tú? El tuteo era un segundo idioma en ella y sus círculos familiares y sociales, pero no viniendo de un desconocido. Tenía treinta y cuatro años cumplidos, y para ese tipo de individuos, cual empleados, ella era una señora, que daba y esperaba trato de usted. Vuestra merced, Vuacé, Vusted, Usted, como enseñaba la madre Belén en su clase de filología. Eugenia Sada de Garza, dijo, en el tono de una presentación formal.
Salvador insistió en el tuteo. Eres una tuna, le dijo. Sorprendida, Eugenia guardó silencio. Ella acompañó a Tomás un par de veces en uno de sus viajes periódicos a Israel. Y allá supo lo que era una tuna, pero fue como un susurro y pronto lo olvidó. Socarrona, le preguntó en un tono que simulaba molestia. ¿Cómo una tuna? Eres huraña por fuera y dulce por dentro. No, para nada. ¿Era huraña por fuera y dulce por dentro? Huraña, no. Simplemente respondo a cada situación; depende, dijo Eugenia con firmeza. ¿Depende de qué, deslizó Salvador? De eso, de la situación. En ella crecía una yedra por todas partes y no podía eludir esa conversación inconveniente. Por ejemplo, ahora, ¿cómo respondes? Oye, ¿qué? ¿eres psicólogo? Sin darse cuenta se abría al tuteo. No, soy arquitecto. Disculpa, estamos en el súper, me chocas mi carro y ahora me haces preguntas que no vienen al caso. Consultó su reloj, trató de rematar y dijo enfática Ya estoy tarde. No te detengo, le contestó Salvador. Sólo una última pregunta. Eugenia calló cualquier respuesta, pero esperó. Yo tengo poco en Monterrey. Chilango, se nota, se dijo Eugenia para sí. Y siempre he escuchado que los norteños son muy francos, dijo Salvador en tono de entrevistador profesional. Así somos, confirmó ella. Por ejemplo, si te digo ahora que te quiero acariciar, ¿me contestarías con franqueza si tu piel respondería o no a mi caricia? La señora Sada de Garza le lanzó una mirada agresiva, redirigió su carro y se alejó.
Eugenia volvió al supermercado al domingo siguiente sin ocultarse a sí misma, como una canción cuya tonada se busca pero no se está seguro de recordar, el deseo de encontrarse con el arquitecto (¿cómo dijo que se llamaba?). Desde que subió a su automóvil se interrogó a sí misma, ¿Había sido grosera? Y se contestaba, sí, fui demasiado ruda, o No, eso merecía éste. Las preguntas y las respuestas, entreveradas, la acompañaron no una, sino varias veces, al ducharse, al verse en el espejo para el diario arreglo, al adentrarse en la cama, como si Tomás no estuviese allí, y en el sueño. Las preguntas y sus respuestas crecían y se adherían a ella día con día. Con una mayor demora de la acostumbrada hizo su compra, pagó y salió del súper. Volvió dos semanas después, tres. Siempre apegada a su patrón de compra sin otra novedad que la de encuentros casuales y más o menos breves con amigas. Una de ellas, Karina, le comentó que Enrique, su marido, iba a inaugurar su picadero y para ello había comprado dos caballos preciosos. Allá te envío la invitación.
En el extremo de la tribuna donde se sentó con su pequeña hija Lena, de pronto descubrió al arquitecto. ¿Lo encontraría en el convivio? Hizo el esfuerzo por localizarlo. No lo consiguió. Pasaron semanas. Planeó con Tamara, su amiga y confidente desde que ambas cursaban la primaria en el Americano, la visita a la exposición de Tamayo en el Museo de Cervecería. Luego de la muestra ofrecieron un vino de honor. Tamara se separó un momento para saludar a un grupo de amigos y ella se quedó jugando con su copa en una de las mesas individuales. A su espalda escuchó la voz del arquitecto y no pudo impedir que los vellos se le levantaran. ¿Te puedo acariciar ahora? ¿Disculpe?, dijo para enmascarar su respuesta dérmica. El chilango nada expresó y sólo deslizó una tarjeta sobre la mesa, miró en modo subcutáneo los ojos verdes de Eugenia y se retiró como había llegado.
Eugenia guardó la tarjeta y la cambió varias veces de lugar con ánimo delictivo. Tomás, su marido y primo segundo, estaría tres semanas en Israel. Eugenia no dudó y llamó a Salvador. Contestó una recepcionista: Darmah Projects. La pasaron a la extensión del arquitecto. Buenas tardes, soy Eugenia Sada de Garza, le llamo —retomaba el trato de usted— para hacerle una consulta. A sus órdenes —ya no fue tuteo—, escuchó la voz de Salvador. Quisiera hacer una cita con usted para exponerle lo que necesito.
Escogió un vestido negro, satinado, con tirantes de spaghetti. Le gustó cómo le quedaba y le iría muy bien con su gargantilla y sus aretes peruanos, pero ya puesto pensó que era demasiado evidente e impropio para esa hora de la tarde. Se lo quitó. Mejor ese otro, también negro –no había ninguno que le fuera mejor a su piel y a su cabellera rubia–, de algodón y cuello camisero sin botones. Se quitó las sandalias de tacón mediano y tiras cruzadas y se puso las planas, hipermínimas, que le costaron un ojo de la cara en el mercado malayo de Singapur. Los mismos aretes y la pulsera con diseño sumerio que le trajo Tamara del MOMA. Una última mirada al espejo. Gim, disciplina, ácido hialurónico, aceite de argán y el infaltable áloe mantenían su cabellera vigorosa y lo terso de su piel a la altura de sus pómulos y en torno a sus ojos.
La tarde de julio era calurosa y dorada. Tampiquito. Un barrio por el que Eugenia transitaba, aunque sólo a la distancia que le indicaba el trayecto de su destino. Se trataba de un callejón donde Salvador trabajaba y despachaba. Nunca lo había visto. Era una construcción tosca, extraña. Casa y oficina a la vez, se trataba de unos contenedores habilitados para ese doble uso: recepción y privado, sala y bar, antecomedor, cocina, una habitación con dos camas, una biblioteca y otra habitación con una cama grande al fondo. Todo en un solo cuerpo longitudinal.
Pase, por favor. Es muy breve. ¿Le ofrezco algo de beber?: tengo mezcal, un buen tinto y agua de hibisco. ¿Hibisco? Es la popular Jamaica. Su pregunta la incomodó y más aún la respuesta. Sólo faltó que le hubiera dicho: ignorante. Un poco de agua de hibisco, está bien, respondió. No quiero quitarle demasiado tiempo. Dígame. Quisiera remodelar nuestra habitación. Tenemos un jardín muy grande, pero lo siento desperdiciado. Con un deck quedaría perfecto. Quisiera que/ Discúlpeme, pero yo no hago remodelaciones. Desarmada y herida en la pulpa de su amor propio, Eugenia se preparó para dar por terminada la entrevista y se puso de pie. Si para usted es problema, espero que para mí no lo sea, dijo sin disimular el tono de despecho. La acompaño, dijo cortésmente el arquitecto. Eugenia puso la mano en la manija de la puerta de entrada. Antes de girarla Salvador se adelantó. Te acaricio, dijo, y le tomó la mano. Eugenia no se resistió. En aquel estrambótico espacio sólo se escuchó el golpe seco del bolso de Eugenia al caer, y del centro de su cuerpo ascendió un olor de paja húmeda a medio podrir, que Salvador bien conocía.
Cuando se despidieron, después de cuatro horas de sexo en que no omitieron mordidas, golpes, posturas felinas, caninas, maldiciones, gruñidos, ternura, exploración de superficies, pliegues y orificios por toda su cartografía muscular, Salvador le dijo entre interrogación y mandato, Hoy es jueves, mañana te espero a la misma hora. Vienes sin calzones.
A esa misma hora, el viernes, y sin calzones, Eugenia llegó para engolfarse con Salvador en una sesión de sexo igual a la del día anterior. Al domingo siguiente, la idea de ir al súper la sintió como una buena humorada. Cuando se encontró con Salvador fue una excepción. En meses no se había parado en el súper, pero a Ole se le olvidó comprar el tipo de pan artesanal que ella prefiere, y de paso revisó la oferta de quesos y frutas. Las veces siguientes, ahora se daba cuenta neta, las había inventado ella para volver al lugar con el propósito de toparse con Salvador. Así que partida de tenis con Tamara. Le bullía en el ánimo contarle su aventura con un blanco del que ambas conocieron, paladearon y adoptaron como su favorito (el Chardonais, palabra que Edelberto, el amor de su amiga, pronuncia mejor que nadie) en el viaje que hicieron los dos matrimonios, el de Tamara y Juan Pablo y el de Tomás y ella, al Valle del Napa.
No me digas que te le apareciste sin calzones, Eugenia, eso no va contigo; pero, dime quién es. No, te digo el pecado, pero no el pecador: acuérdate de lo que les pudo haber pasado a ti y a Edelberto por haberle confiado tú a Nina de quién se trataba. Maldita traidora, después de todo lo que hice por ella; lo mejor que pudo haberle pasado fue que a su marido lo mandaran a Chile y los dos desaparecieran del mapa. Tuviste suerte; después del pleito con ella, no dudo que hubiera cumplido su amenaza de vengarse revelando por ahí tu secreto. Pero no me vas a comparar con Nina. Claro que no, te prometo que un día te doy a conocer quién es el Rey de los Cielos. Ay, blasfema, me vas a tener en suspenso.
Dos, tres y hasta cuatro veces por semana Eugenia se encontraba con Salvador. No mucho después de un mes decidieron encontrarse en diferentes lugares. Por seguridad. Ella rentó tres casas en Monterrey: una en lo alto de la colonia Vista Hermosa donde remataba la calle San Lorenzo. Allí sólo la conocía Moishe Kaiman, el rabino de la comunidad judía que se había avecindado en esa colonia, siempre metido en su Olivetti de caracteres hebreos. La otra en el nuevo fraccionamiento de San Jerónimo: una casita en la calle de Boccaccio, que fue selección de Salvador y a la cual él remodeló y decoró sus interiores en estilo minimalista: montañas de cojines y uno que otro mueble y adorno. Mandó poner grandes cristales a una distancia de una pulgada de las paredes de la sala de estar: así podían gritar y soltar cuantos ruidos les salieran del cuerpo sin que nadie los pudiera oír. Eugenia lo dejó hacer. Al dar por terminada la tarea, le dijo socarrona y en tono de fina venganza: Lo bueno es que tú no haces remodelaciones. La tercera fue en la Chepe Vera: una casa recoleta que daba, por el oriente, a un pequeño parque y por el oriente a un predio baldío. Allí puso Eugenia un gran terrarium con los más variados cactus y plantas del desierto.
Cuando cumplieron un año de su primer encuentro decidieron celebrarlo con Möet Chandon, la champaña favorita de Eugenia. En su casa dejó dicho que saldría con Tamara. Si te llaman diles que me acabo de ir. Salvador aportó la sorpresa: un carrujo de marihuana. Eugenia la había probado en el campamento de verano de Boston. Chuck, el líder de su grupo de amigos, había conseguido de la Acapulco Golden. Fue la primera vez que Eugenia la probó –y la última, por el daño que le produjo: cuando pusieron música de Jimi Hendrix creyó que iba a enloquecer con las notas interminables y agudas de su requinto.
La exaltación después de las dos primeras copas de champaña y la actitud tranquilizante de Salvador la animaron a compartir la hierba con él. Dos fumadas y ya experimentaba la reacción opuesta a la de la primera vez: un éxtasis introcable. Era media tarde y una lluvia rala acompasó su ritual. Por la lluvia, brindó Salvador. Por mi lluvia, dijo Eugenia, con una sonrisa lacia. Antes Salvador había orinado dos veces en su vagina. Es lluvia, había dicho Salvador, y Eugenia le dio a aquel acto una dimensión única, casi mística. Nunca se lo había dicho a él —tal vez ni a Tomás, pues todo se quedaba en un te quiero—y entonces se lo dijo desde una profundidad lamosa y antigua: Te amo. Ahora, tras una de sus habituales sesiones de sexo, ambos se quedaron dormidos mientras caían en la esponja receptora, del tamaño de todo su cuerpo, las notas de un adagio en el modo de Miles Davis. La lluvia se hizo densa.
El huracán Mirna alcanzó categoría tres en el Caribe y dejó lluvias intensas, inundaciones y daños a su paso por Yucatán. Después, en su trayectoria por el Golfo de México, adquirió mayor fuerza y en términos de categoría cuatro-cinco y con vientos de más de doscientos kilómetros por hora tocó tierra kilómetros arriba de Soto la Marina para disolverse, allá en los contrafuertes de la Sierra Madre Oriental, en una poderosa tormenta tropical. Antes de media noche, la corriente del río Santa Catarina llenaba su cauce, arrastraba rocas y cuanto hallaba a su paso: en sus márgenes producía una trepidación semejante a la de un temblor y su oleaje furioso hacía escuchar espantosos chasquidos. En varios tramos de Monterrey se desbordó y sus destrozos en avenidas y viviendas pobres construidas sobre ciertas superficies de su cauce fueron cuantiosos. Sorprendidas en vados y desniveles, varias personas perecieron ahogadas. La dislocación citadina fue general.
Poco antes de las once Eugenia despertó al estrépito de la lluvia. Quiso encender la luz para ver la hora. No había corriente. Se sobresaltó. A gritos despertó a Salvador. No hay luz, no hay luz. Cálmate, le dijo Salvador. De entre sus ropas sacó su encendedor y vio la hora. Eran las once cuarenta. Eugenia buscó refugio al lado de Salvador. Espera, le dijo. A tientas fue hasta el pequeño bar, iluminó su interior y asió una botella de coñac. Dale un trago. Eugenia bebió de la botella. Se rehízo un poco. Ya me han de estar buscando. En efecto, ya la buscaban. Tomás mismo se puso al frente de la búsqueda. Dio instrucciones a media docena de patrullas que fueran tras las huellas de Eugenia y las de su Mercedes 420 SEC.
Llévate un par de Bonsais. ¿Para qué? De algo te servirán si necesitas una coartada. En el camino te vas pensando. Vamos por tu auto. Llegaron al estacionamiento de Galerías Monterrey. Había por lo menos un par de pulgadas de agua. Se quitó las sandalias. Te sigo.
Emeterio reconoció al Mercedes y levantó la pluma de entrada. En el atrio la esperaban Tomás y media docena de hombres y mujeres del servicio, todos con impermeables. Tomás levantó los brazos en un gesto teatral. Vaya, dijo.
Es que fue espantoso, explicó Eugenia mientras se quitaba la ropa. Pero dónde te metiste, preguntó Tomás. Deja me baño y te cuento.
Estaba con Tamara. Cuando salí de su casa lloviznaba, pero me enamoré de unos Bonsái que ella compró en Galerías, ya ves que cosa que ve cosa que compra, y allá me fui. Los vi, los compré, y los dejé encargados mientras daba una mirada por aquí por allá. Ah, están en el asiento de atrás. La llovizna pronto se convirtió en un aguacero que caía a torrentes. Me metí al Sanborn’s a esperar que pasara. Nada. Cada vez más fuerte. Para esto ya eran cerca de las nueve. Llamé para pedir que viniera alguien por mí. Nunca contestaron. Ya para esa hora todos te buscábamos. Pues no quise esperar más, llegué hasta el carro y en Gonzalitos, que era un río, se me mató la máquina cuando pasé, yo creo, por una alcantarilla. Pero, ¿cómo se va a matar el motor de un Mercedes? Oye, no pongas esa cara. La del problema fui yo. Tuve que esperar más de una hora para que volviera a encender. Anda, di a Tela que me traiga algo de beber.
A la semana siguiente Eugenia y Salvador se regalaron con otra botella de Möet Chandon. Por tu inundación, brindó Salvador. Gracias a Dios, dijo Eugenia. Gracias al río, respondió Salvador.





