Por Valeria Cämun
Anhelaba llegar a Estados Unidos, como muchos, como todos, pero se conformó con Saltillo.
Aquí en el estado no pagan nueve dólares por hora en la construcción, pero sí unos 200 pesos diarios con Seguro Social y fondo de vivienda del Infonavit incluidos, aunque las jornadas en la fábrica superen las diez horas.
Clodoaldo, su esposa y sus tres hijos pequeños llegaron a la ciudad hace dos años procedentes de Honduras, y gracias a las acciones conjuntas impulsadas por la Casa del Migrante de Saltillo, la Agencia de la ONU para los Refugiados y el gobierno de Coahuila, hoy son parte de los más de dos mil 500 refugiados que pueden trabajar, estudiar y vivir aquí.
“Nadie deja la casa por gusto. La situación se puso muy fea, muy, muy fea: golpes, extorsiones, secuestros, violaciones; en San Pedro Sula la ley era de los malos”, dice este obrero de 33 años.
Hoy viven los cinco y un primo de él en una de las diminutas casas verticales ubicadas en Hacienda Narro, se las rentan en cuatro mil 500 pesos, y para completar el gasto a veces tiene que doblar turno.
“Lo que ustedes llaman ‘precariedad’ yo lo llamo ‘felicidad’, porque lo que ustedes dan por sentado como la libertad -poder trabajar, la escuela, ir haciéndote de tus cositas- para nosotros que conocimos el infierno, esto es la gloria”, afirma Clodoaldo.
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Su primo Tony es guardia de seguridad, tiene apenas seis meses en Saltillo, y como parte de sus prestaciones la empresa le ofrece transporte y una vivienda compartida con otros compañeros, pero esa convivencia era ya hacinamiento.
“Llegamos a ser 19 en una casa con tres habitaciones –asegura–, había colchones por todos lados y como los dos baños eran insuficientes, instalaron tres tazas (sanitarias) en el patio, ahí fue cuando le pedí asilo al primo”.
Pero Tony pasa muy poco tiempo en casa, ya que aparte de trabajar horas extra el poco tiempo libre que le queda se sale a lavar coches.
“Lo que gano se lo mando a mi mamá y a mis hijos. Ellos siguen allá, por eso todo lo que gano, todo lo que pueda juntar se los mando”.
Eterna disyuntiva
La frontera entre Estados Unidos y México es uno de los lugares más inhóspitos para los migrantes; entre cocodrilos, desiertos, lluvia, Guardia Nacional y hasta miembros del Army en territorio nacional, las personas la piensan más para arriesgarse. Así que la migración ha disminuido.
El director de la Casa del Migrante Saltillo, Alberto Xicoténcatl Carrasco, explica que actualmente albergan a 45 personas en tránsito, pero en años anteriores, por estas fechas, llegaban a tener más de 200.
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“Ahorita tenemos una población muy disminuida debido a que la frontera norte está complemente militarizada; hay inclusive elementos del ejército norteamericano en la frontera, y están cerrados todos los procesos de asilo y protección en Estados Unidos, por eso hemos tenido una disminución muy significativa”, explica.
“En estas épocas el año pasado habríamos tenido cerca de 200 personas, ahora solamente tenemos 45, o sea, la disminución sí es muy notoria.
“De esas 45 personas –continúa– solamente 10% son niños. En los tiempos antes de Trump cerca de 30% de la población eran menores de 10 años”.
Carrasco detalla que alrededor de 90% de las personas desplazadas busca llegar a toda costa a Estados Unidos. Sin embargo, algunos terminan por aceptar el refugio que les ofrece la ciudad.
“En Saltillo hay cerca de dos mil 500 personas refugiadas, es decir, gente que ya tiene su residencia permanente, o inclusive hay personas que ya son mexicanas por naturalización”, afirma.
Aproximadamente 30% de esa población refugiada son niños y adolescentes, detalla, “la mayoría de los padres ya están trabajando en la industria, ya están cotizando seguridad social, Infonavit. Muchos trabajan para la industria automotriz, para la manufactura; principalmente se establecen al sur de la ciudad y, por lo general, buscan viviendas que estén cerca de la Casa del Migrante como una forma de seguridad”.
Pero ni Saltillo, Torreón, Piedras Negras, Acuña ni México en general son el sueño ni el destino para estas personas; de hecho, muchos prefieren regresarse a su país de origen antes que quedarse en México.
“Lo estamos pensando, mi mujer me dice que nos quedemos, que tramitemos el asilo aquí, pero yo no me quiero conformar; si está más difícil el paso para allá, es porque la recompensa es más grande, ¿no?”, se cuestiona Juan, quien ya tiene dos semanas en la Casa del Migrante.
Así, serpentea en el ambiente la tensión, la incertidumbre… Nadie quiere hablar, están pegados al celular a la espera de las indicaciones: ese mensaje de “ahora” para continuar su recorrido, pero está demorando mucho.
“Se me hace que ahora sí ya nos ganó Trump”, aseguran.
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