Por @arriagaxxximena
Si esta vez me prestas tus ojos, no respondo. Te regalo mis palabras. Puedes pedirme que calle o que continúe. No sé qué seguirá ni a dónde lleguemos. Tal vez estrenemos juntos alguna emoción. O quizá aceptes con desgana una versión descafeinada de mí, mientras yo sonriente abrazo tu versión intensa. O viceversa.
Proseguir está en tus manos. Aunque las verdaderas culpables son mis letras, recorrerlas dependerá de ti.
Tal vez, leyendo, logremos conectar. Lo hemos hecho antes cuando encontramos frases con las cuales nos identificamos. Letras que alteran nuestra química cerebral. Alguien escribe y todos lo sentimos. «Bro, I really feel that»
He escrito en X con mood melancólico: «Tu adiós me hizo entender que no porque lo des todo, te eligen». O «Le dicen extrañar… para abreviar: esta necesidad urgente de tenerte junto a mí». Y en los días más duros: «¿Podría dejar de pensarte por un puto día?». Ahí, entre algoritmos y pantallas, he encontrado a quienes sentían lo mismo.
Entonces, me pregunto: ¿Podemos usar las palabras para generar conexiones genuinas? ¿Para escapar de la soledad? ¿Compartir un pasatiempo, un anhelo, una expectativa y convertirnos en comunidad virtual? ¿O es una ilusión?
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La duda me asaltó después de un altercado en la calle con un automovilista mal estacionado, para ordenar unos tacos en una calle angosta. Al pedirle amablemente mover su auto, su respuesta fue negación y gritoneo. Nadie intervino. Nadie se preocupó ni porque los taquitos se enfriaban, ni por los dos extraños discutiendo. Si en la vida real hay este desinterés por la empatía, ¿podemos esperar vínculos auténticos con personas que ni siquiera conocemos físicamente?.
Tal vez la inseguridad y la enajenación digital nos han vuelto más individualistas. Todo se reduce a mi condición, mi deseo, mi voluntad. Nos jode tan fácil la vida que el otro piense diferente.
Estamos en dos lados de la historia: la conexión virtual nos une y la desconexión real nos fragmenta.
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Hace años, en una conferencia, escuché sobre una costumbre de algunas tribus en África del sur, protagonizada por dos sencillas palabras. Cuando un miembro de la tribu hace algo perjudicial, no lo castigan ni lo aíslan. Lo rodean en el centro de la aldea y, durante días, le recuerdan sus virtudes, sus buenos actos. Creen que el ser humano es bueno por naturaleza, pero, a veces, se equivoca.
Entonces, todos le dicen «Sawabona», que significa «te respeto, te valoro, eres importante para mí, reconozco lo mejor de ti». Y el otro responde «Shikoba», que quiere decir «entonces, soy bueno y existo para ti».
Esta ceremonia no sólo reconcilia, sino reconstruye el interior lastimado de quien ha fallado. Porque, a veces, cuando nos comportamos de manera inadecuada, no hacemos más que gritar «mírame, tómame en cuenta, dime que importo”.
Tal vez aún haya esperanza de reconectar, de ser menos individualistas, de ampliar nuestro círculo más allá de la familia consanguínea. De bajarle al hate y la violencia. De dejar de ser virales por engaños o puñaladas… De reconocer, recordarnos y recordarle al otro lo bueno que llevamos dentro.
Podríamos empezar con pequeños actos: limpiando nuestros pensamientos usando palabras que construyan generando sentimientos amables, reforzando la empatía en nuestras interacciones diarias, buscando realizar conductas de conexión.
Agruparnos es natural en el ser humano, pero la vida moderna nos ha complicado la práctica. Podemos recuperarla, buscando una idea, un interés en común, un factor de unión, más que compitiendo en una larga carrera de vida que no tiene fin.
Así, hoy empiezo por reconocer lo mejor de ti que me lees. Te respeto, te valoro, agradezco coincidir. Prosigamos en cada uno de nuestros espacios. Sé que podemos encontrar un punto en común, aunque eso implique no estacionarnos donde queramos o tener paciencia con quien comete un error. Volvamos al sawabona-shikoba valorándonos y haciendo comunidad otra vez.
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