Patrocinio: “Cada fosa que abrimos devuelve fragmentos de verdad”

noviembre 17, 2025
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Por Ethel Arredondo

Comarca Lagunera.–  El campo de exterminio, así llamado este lugar ubicado en Patrocinio, volvió a supurar.  

El 5 de noviembre pasado, bajo un sol que castiga y un viento que corta la piel, las mujeres y hombres de Grupo VIDA (Víctimas por sus Derechos en Acción) hallaron otra fosa clandestina.

A cada golpe de pala, la tierra soltó un pedazo de historia que se negaba a quedar enterrada. Silvia Ortiz, quien desde 2004 busca a su hija Fanny, fue de las primeras en mirar los restos. Su voz, firme pero cansada, resuena como quien ha aprendido a convivir con el horror sin acostumbrarse a él.

“Patrocinio no ha dejado de hablar”, dice. “Hemos estado sacando fosas semana tras semana. Pero ésta fue grande, múltiple. No te sé decir cuántas personas porque fueron quemadas, fragmentadas… pero al menos cuatro o cinco. Lo valioso, aunque suene feo, es que los restos están en buen estado para su identificación. Eso nos da esperanza”.

Patrocinio está en San Pedro, Coahuila. Se trata de un caserío extendido sobre la tierra árida, con una quietud que engaña; ahí, donde el viento apenas mueve los matorrales y el sol parece sentirse a golpes, se ocultan cientos de historias, las más tristes, todas ellas injustas.

Desde hace una década este lugar se ha convertido en el epicentro de las búsquedas en la Comarca Lagunera. En la superficie el paisaje es solitario, con tonos grises o terrosos, irregular y en apariencia vacío. Pero debajo de esa tierra dura hay miles de fragmentos humanos en espera de ser hallados e identificados. Las búsquedas en campo (en fosas) por parte de Grupo VIDA comenzaron en 2015, inspiradas por los colectivos de Iguala tras los hechos de Ayotzinapa (septiembre de 2014).

“Ya no trabajamos sólo lo de superficie”, explica Silvia. “Ahora estamos excavando más profundo, y los hallazgos son distintos. Importantes. En las fosas pequeñas, de 50 centímetros, es casi imposible obtener ADN. Pero en estas sí hay esperanza de que (los restos) puedan regresar a casa”.

El verbo “regresar” es constante en su voz. En Patrocinio “regresar” no significa volver vivo. Significa volver a existir para alguien: tener nombre, tumba y una cruz. En un país donde el dolor se ha vuelto rutina el simple hecho de seguir buscando o tener esperanza es un acto de fe, de amor y milagro.

Buscar con las uñas

El grupo de familias buscadoras nació sin nada: ni apoyo, ni recursos, ni vehículos.

“Fueron años con muchas carencias”, recuerda Óscar Sánchez, esposo de Silvia. “Tuvimos que pedir ayuda por Facebook. El primero que respondió fue el padre Aurelio, del seminario de Torreón. Nos dijo: ‘Ahí está mi camioneta, úsenla’. Era una Ranger doble cabina, 2008 o 2009. Todo un año nos la prestó. Le fregamos una llanta, pero con gusto lo hizo. Por esos caminos llenos de piedras, no había otra manera”.

Después vinieron más manos solidarias. Un amigo, Miguel Quiroz, les prestó un camión de caja cerrado. Otro, Víctor Cabrera, una Explorer. Así comenzaron las búsquedas: con fe, coraje y gasolina que salía de sus bolsillos y de actividades para recaudar recursos.

“Antes todo lo pagábamos nosotros. Hacíamos hamburguesadas para juntar dinero. Nadie nos daba un peso. Pero la gente respondía: traían carne, pan, carbón. Siempre hubo apoyo ciudadano”, dice Óscar.

Las primeras jornadas fueron una mezcla de intuición y miedo. “La Fiscalía no nos creía”, recuerda. “Cuando nos vieron salir al campo, mandaron policías ‘a resguardarnos’. No sabían ni cómo hacerlo. Al final, nosotros tuvimos que enseñarles a buscar”.

Silvia menciona los sitios de fosas en la región, como si fueran nombres de sitios de guerra: Patrocinio, El Volcán, Santa Elena, San Antonio de Gurza, La Bodega, La Rosita, Estación Claudio, San Antonio del Alto, Francisco Aguanaval.

Cada uno guarda historias. En algunos lugares las autoridades dieron por terminadas las búsquedas, pero las familias regresaron.

“Nos decían: ‘Ya no vayan, no hay nada’. Y ve los hallazgos que hemos tenido”, relata. “En El Venado, la FGR (Fiscalía General de la República) ya había cerrado el caso. Volvimos y encontramos restos de al menos 16 personas. Si no lo hubiéramos hecho, jamás habrían regresado. Por eso no podemos confiar ciegamente. No es que seamos mitoteras: es que las autoridades no hacen bien su trabajo”.

Tanto a Silvia como a Oscar les duele hablar del paso de los años, quisieran tener las fuerzas para seguir todo el tiempo que sea necesario para seguir en la búsqueda, para darle respuestas a las familias del colectivo y sobre todo encontrar la propia: el destino de Fanny. “Ya muchas madres tenemos cataratas, problemas en las piernas, pulmones llenos de polvo. Pero seguimos porque no podemos dejar esto en manos de los nietos. No les corresponde”.

Historias sin explicación

Fue en Rancho Alegre, cerca de la carretera a Mieleras. Caminaba adelante del grupo cuando Oscar escuchó una voz.

“Me gritaron: ‘¡Ayúdame!’. Volteaba y no veía a nadie. Pero seguía escuchando: ‘¡Ayúdame!’”, cuenta.

“Me dio miedo. En eso, vi un pedazo de cinta plateada, de las que usan para amordazar. Supe que era un indicio. Grité por la pala. Silvia llegó, metió la varilla… y olimos putrefacción. Cuando la funeraria sacó el cuerpo, lo voltearon y tenía toda la cara llena de lodo, un torniquete y botas industriales. Varias compañeras pensaron que era su hijo. Todos lloramos”. El padre Aurelio, como lo hizo por varios años, había mandado seminaristas para ayudar en las búsquedas. Uno de ellos, Leo, roció agua bendita mientras sacaban el cuerpo.

Los buscadores de Grupo VIDA han aprendido a leer el silencio. “Cuando abrimos una fosa empieza a soplar el viento. No falla”, dice Óscar. “Parece que las almas se manifiestan. Lo vimos muchas veces. La nueva comisionada recién lo presenció. Termina la excavación, y todo se calma y las ramas de los árboles dejan de moverse”.

En los sitios de las fosas cada 2 de noviembre los buscadores colocan altares con fotos, veladoras y flores. “En el Día de Muertos ponemos altares en Patrocinio, hacemos misas, echamos agua bendita. Buscamos darles un poco de paz, aunque sabemos que no la tendrán completamente por la manera cruel en que murieron”, dice Silvia.

Otra costumbre que se fue haciendo una necesidad se registra en las cribas, donde separan los fragmentos óseos, ahí las familias les hablan en voz baja: “Ya vas a casa, descansa, mi amor, mi rey, mi reina”.

Algunas madres buscadoras aseguran haber sentido presencias. “En mi casa se movían cosas, se cerraban puertas”, dice Óscar. “Una nieta decía que jugaba con una niña; otra veía un hombre de cachucha que la saludaba. Una vez vimos a un hombre de gabardina negra en el campo. Dirán que estamos locos, pero uno aprende a respetar”.

Identidades perdidas

El trabajo de búsqueda no termina en el campo, después viene la parte más lenta: la identificación.

En el Centro Regional de Identificación Humana hay más de mil 200 cuerpos y una tonelada y media de fragmentos. Pero sólo un 30% de las familias se ha hecho la prueba de ADN.

“Falta mucha gente”, insiste Silvia. “Sin eso, los restos no pueden regresar a casa”.

Las cifras oficiales de desaparecidos en Coahuila superan las dos mil 400 personas, y Torreón encabeza la lista. Entre los hallazgos hay también personas de Michoacán y Nuevo León, e incluso migrantes. 

“Por eso pedimos que la Comisión Nacional cruce los perfiles genéticos de todo el país. Que las familias de otros estados pregunten si su ser querido está en Coahuila”, explica Silvia.

Pero las omisiones institucionales van más allá. Silvia recuerda el convenio que permitió enviar cuerpos a la Facultad de Medicina de la UAdeC.

“Decían que eran 47, en la Facultad dijeron 54, y en el panteón había 57. Nadie sabe el número real. Incluso hay casos donde las familias fueron a exhumar y el cuerpo no estaba. Es una falta de respeto, una tragedia añadida”.

Para Óscar, lo más difícil de aceptar no es el horror, sino la burocracia del olvido.

“Nos pueden entregar un papel que diga ‘Aquí está su hija’, pero sin cuerpo. ¿Qué haces con eso? En México tenemos muy arraigado el ir a rezar, cantar, llorar ante una tumba. ¿Cómo lloras ante un papel?’. Es desgarrador”.

50 años para identificar

El Centro Regional calcula que tomará 50 años identificar todos los restos. “Muchos de nosotros ya no estaremos vivos”, dice Silvia. “Por eso quienes reciben una identificación hoy son afortunados”.

La poca inversión y falta de interés cargan aún más la tragedia. “Nos dijeron que no hay recursos para seguir identificando. Que lo sienten mucho. Mientras tanto, el gobierno gasta millones en campañas y propaganda”, critica Óscar. “Para buscar a nuestros hijos no hay presupuesto. Es inhumano”.

Tal parece que el hallazgo de una fosa más ya no es noticia, pero para las familias que siguen buscando, cada hueso es un acto de resistencia.

“Si no encontramos a Fanny, al menos hemos ayudado a muchas otras familias a tener paz, aunque sea entre comillas”, dice Óscar. “Seguiremos hasta que Dios nos quite la vida”.

Silvia coincide: “No es que nos encante andar de buscadoras, es que no hay de otra. Esto no es sólo una lucha por nuestros hijos, sino por todos. Por eso lo hacemos: porque cada fosa que abrimos devuelve fragmentos de verdad”.

Al final del día, cuando guardan las herramientas y el sol cae sobre el desierto, el viento vuelve a soplar. Y parece que las almas, esas que aún no regresan, susurran entre las desérticas tierras: “No nos olviden”.

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Ethel Arredondo

Ethel Arredondo es periodista con 24 años de trayectoria en medios de comunicación, entre ellos Milenio, Periódico Express, Multimedios Televisión y Heraldo Radio Laguna. Actualmente colabora en El Coahuilense, donde cubre temas como política, seguridad, cultura, salud pública y derechos humanos.

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