Por Valeria Cämun
Llega la noche, se apagan las luces, se cierran las ventanas y empieza la coreografía: millones de personas toman su celular, activan el modo incógnito, abren una pestaña y comienzan a buscar deseos.
A veces van por algo específico: “hentai”, “lesbianas”, “latinas”… pero en muchas otras ocasiones consumen sólo lo que les lanza el algoritmo y terminan en categorías que ni siquiera sabían que existían: “femboy”, “cosplay”, “transgénero”.
Porque ya no es “sólo sexo”, ahora es personalización, fetiches y fantasías a la medida que se adelantan a lo que le puede gustar al usuario, basado en todo lo que el dispositivo móvil sabe del consumidor de contenido.
De acuerdo con el “Year in Review 2025”, la revisión anual de consumo del propio portal de pornografía pornhub.com, México es el segundo país con mayor tráfico, sólo después de Estados Unidos. El tiempo promedio que pasa un usuario en el sitio es de nueve minutos y 17 segundos; 52% son hombres y 48% son mujeres, una de las proporciones femeninas más altas registradas por la plataforma.
De acuerdo con sus registros, la edad promedio del usuario es de 38 años y las once de la noche es la hora con más visitantes. Sin embargo, el domingo sustituyó al lunes como el día favorito para ver pornografía.
Fantasía al alcance de la mano
Desde su aparición, la pornografía fue tratada como un secreto vergonzoso y suponía siempre una discusión moral.
“Te voy a decir algo muy trillado, pero totalmente cierto, después de ver pornografía sentía una culpa espantosa que me atormentaba durante días; me sentía sucia, cómplice, una delincuente… hasta que las redes sociales empezaron a normalizar el erotismo femenino”, cuenta Paola, de 42 años, divorciada, madre y trabajadora de tiempo completo.
“Y ahora, con la inteligencia artificial y el contenido hecho por mujeres creadoras y no por estudios explotadores, la culpa se me fue”, dice.
Para Paola, la pornografía ofrece una “gratificación instantánea completa, sin el riesgo de contactar extraños por aplicaciones ni establecer una relación innecesaria”.
Otro caso: Édgar, soltero, de 35 años, oficinista, reconoce consumir este contenido diariamente, a veces al despertar, otras a la hora de la comida y siempre antes de una cita o una junta que lo ponga nervioso.
“Difícilmente una pareja va aceptar un ‘rapidito’ sólo para tu propio desestrés, siempre implica reciprocidad y eso quita mucho tiempo –dice; no tengo una categoría favorita, veo lo que me ofrece el sitio, y sí, sí he visto que se ha puesto más ‘nasty’: abuelas, obesas, personas de talla baja, shemales, todo lo que se te ocurra”.
Édgar explica que para él es sumamente excitante ver cuerpos perfectos, sin vellos y sin estrías; “sí sé que es falso, pero es una fantasía que está al alcance de la mano, y la realidad nunca va a poder competir con eso”.
Pulsiones monetizadas
De acuerdo con expertos en el tema, cada vez las personas están teniendo menos sexo en comparación con las generaciones anteriores, en gran medida debido al fácil acceso y categorías infinitas de fantasías cada vez más extremas.
Doctora en psicología y docente investigadora de la Universidad Autónoma de Coahuila, Karla Patricia Valdés sugiere que entre los factores de la “recesión sexual” está el agotamiento causado por este sistema capitalista, que no deja energía para el sexo tras jornadas extenuantes, sueldos precarios, horas en el transporte público y la ansiedad acumulada.
“El lívido se ve afectado por muchas cosas: cansancio, enfermedad, alimentación, falta de tiempo… Una persona que llega después de trabajar 10 o 12 horas o de haber hecho trayectos muy largos, o de estar en entornos muy estresantes, no va a llegar con mucho deseo sexual, con muchas ganas de entablar relaciones sexuales, y a veces también por eso es más sencillo decir: consumo pornografía, me masturbo y ya me quito esa necesidad”, explica.
En ese contexto la industria pornográfica sea una de las más redituables del planeta, al generar cerca de 100 mil millones de dólares anuales, que es más del PIB de Nicaragua, Honduras y El Salvador juntos convirtiéndolo en uno de los sectores más lucrativos del entretenimiento digital.
Parejas prescindibles
La pornografía ya no es un callejón oscuro de internet ni un vicio clandestino escondido detrás de vergüenzas religiosas, hace tiempo se volvió otra cosa: una maquinaria global que monetiza deseo, administra fantasías y empieza a disputar el lugar de la intimidad, sobre todo, por la creciente dificultad de entablar relaciones afectivas.
“Una vez, en una primera cita, le confesé al tipo que solía ver pornografía por lo menos una vez a la semana, y fue mi peor error porque, no nada más me hizo sentir como una ninfómana, sino que empezó a mandarme videos vulgares y a hacerme propuestas indecentes; lo tuve que bloquear”, relata Isabel, soltera, de 39 años.
“No sé si sea cosa mía o algo de la edad, pero los hombres con los que he salido últimamente pueden ser fácilmente reemplazados por un vibrador y 15 minutos frente a la pantalla”, dice entre risas.
Y no es que la pornografía esté sustituyendo al amor, pero definitivamente, está ocupando el espacio que deja su ausencia.





