Saltillo en modo supervivencia: Despidos, encarecimiento y colapsos nerviosos

febrero 17, 2026
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Por Valeria Cämun

La incertidumbre flota en el ambiente: las amenazas de Trump se han convertido en hechos y los despidos masivos afectan no sólo a la economía local, sino también a la mermada salud física y emocional de los saltillenses. 

Las familias hacen malabares para mantenerse a flote, y los servicios parecen estar rebasados: las colonias del sur y poniente se enfrentan a cortes intermitentes de agua, la atención médica es cada vez más precaria, y las rentas se han encarecido aún más con el milagro anunciado de ser la subsede del Mundial 2026… aunque nadie sabe con certeza lo que eso significa. 

Si Saltillo no cuenta con calles capaces de resistir lluvias intensas, mucho menos con infraestructura deportiva de primer nivel que pueda garantizar el entrenamiento de selecciones internacionales. 

Sin embargo, las autoridades apelan al turismo y a que los asistentes a los juegos que se disputen en Monterrey y Torreón pasen por los Pueblos Mágicos de Coahuila. Pero ¿están preparados Arteaga, General Cepeda o Parras para recibir a miles de visitantes? 

La proyección es de hasta 1.5 millones de turistas en 39 días, del 11 de junio al 19 de julio, aunque todo dependerá de las fechas de los partidos programados en las ciudades vecinas, de ahí que tanto los gobiernos locales como habitantes empiecen a prepararse. 

Por estas fechas una estadía de tres noches en una cabaña para dos personas en Arteaga cuesta, en promedio, menos de cinco mil pesos, pero para el primer fin de semana de julio sobrepasa los 10 mil pesos, según el sitio Airbnb; y en Parras, aunque no sube al doble, sí hay un incremento hasta de 30% en la reservación de habitaciones. 

En Saltillo las cadenas hoteleras también están aplicando un aumento considerable; por ejemplo, tres noches de hospedaje durante febrero en el City Express cuesta cuatro mil 817 pesos; en julio subirá hasta los siete mil 800 pesos. 

Vivir en la precariedad 

Los servicios se encarecerán tanto para visitantes como para los locales, y eso es algo a lo que peligrosamente se está acostumbrando la población.

A inicios de febrero la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) dio a conocer que la gasolinera más cara del país estaba en Saltillo, por encima de Cancún, destino turístico; y la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera (Canirac) anunció un incremento de hasta 15% en menús de restaurantes debido al aumento de costos laborales y el alza superior de 4% en los precios de la canasta básica. 

El economista Francisco Antonio Serrano Camarena explica que los incrementos en alimentos y vivienda concentran el mayor impacto en la economía cotidiana, y que este comportamiento se define como “inflación de supervivencia”, un fenómeno que limita la capacidad de consumo y reduce el dinamismo del mercado interno al absorber la mayor parte del ingreso familiar. https://elcoahuilense.com/alza-en-alimentos-y-vivienda-presiona-el-presupuesto-familiar-en-saltillo/

Y es que, sostener un hogar en la ciudad se ha convertido en todo un reto, ya que en Coahuila el salario promedio mensual es de nueve mil pesos aproximadamente, según la Secretaría de Economía del gobierno de México, y eso se tiene que distribuir en renta, servicios, alimentación, transporte, educación, salud, vestido y recreación. 

De ahí que miles de familias se las tengan que ingeniar para completar el gasto diario, y muchas lo hacen montando miniemprendimientos improvisados con lo que tengan a la mano: ropa, elotes, servicios de plomería y frijoles cocidos. 

Un recorrido por Hacienda Narro retrata la magnitud del problema: camiones de personal estacionados, hombres en edad productiva en pantalón de pijama a las 12 del día, adultos mayores ayudando a sus hijas a montar la mesa plegable y acomodar productos de limpieza, paquetes de Shein y todo lo que puedan vender.

“Liquidaron a mi esposo hace dos semanas y ahorita anda como león enjaulado”, revela Luz, de 43 años. “Si él no se halla sin hacer nada, menos nosotros, que tenemos que aguantar que toma casi diario”. 

En su pequeña casa de 50 metros cuadrados, dos cuartos, tres hijos, uno de 22 años, y su papá que acaba de llegar de Chiapas, no hay lugar para la depresión ni para crisis existenciales: se tienen que resolver como puedan y con lo que tengan. 

“Subió el tomate, la papa, el café, ¡con decirle que ya ni me acuerdo a qué sabe el cochito!”, dice entre risas tristes al recordar la carne de puerco. “Tenemos que salir de esta, peores vientos han querido tumbarnos… ya me dijo que mañana va a buscar otro trabajo en otra planta, y yo por mientras estoy vendiendo comida y ya le pedí a mi hijo cosas por internet, de perdido cien o doscientos pesos para el gasto diario, ya con eso nos acomodamos”. 

Lo que sí le preocupa a la señora Luz es la renta: tiene que pagar puntualmente los tres mil 500 pesos al mes para que no los saquen de su vivienda, porque aunque puedan prescindir de la carne o los refrescos, que se encarecieron un 20%, no pueden quedarse sin techo. 

“No, no es opción, regresar a Chiapas no es opción, aquí las cosas sí están más caras, pero hay, y la paga es mejor; allá, así se fuera mi marido de esclavo, no ganaría lo que gana aquí, y aquí sí tiene vales de despensa y servicio médico”. 

Datos oficiales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) indican que hubo un descenso en el número de asegurados: de 874 mil en el 2024 a 861 mil en 2025; y que alrededor de un 54% de la Población Económicamente Activa no está afiliada al IMSS; es decir, vive en la precariedad, la informalidad y sin derechos laborales. https://elcoahuilense.com/detras-de-los-datos-entre-el-empleo-pobre-y-el-emprendimiento-forzado/

Romperse por dentro 

Y mientras los despidos responden a factores externos, al interior del país la atención médico-psiquiátrica es una utopía. No cumple con la Norma Oficial Mexicana 025, diseñada para asegurar la atención continua, de calidad, con calidez y pleno respeto a los derechos humanos. 

“Iba camino al trabajo, ya iba tarde, la combi se tardó mucho en pasar, fue un día que hacía mucho frío, me recargué en la ventana y empecé a llorar, pero a llorar mucho, al grado que ya no me pude bajar”, relata Sergio, de 39 años. 

“Iba a perder el bono de puntualidad y asistencia, que lo necesitaba para completar, y todo se juntó, lloraba y temblaba, el chofer se paró, fue conmigo y me dio una palmada, ya después supe que me había dado un ataque de pánico, yo ni sabía que eso existía, y ahora me dan cada vez más seguido”. 

“Mis cuñados se burlan de mí, me dicen que ni aguanto nada, pero no sé cómo explicarles que es como si te rompieras, como si te rompieras por dentro, y todo lo malo que te imaginas que te puede pasar, te pasa, como si estuvieras en un remolino y todos los demás te vieran de lejos”, explica. 

En la Colonia Mirasierra, Ana y su hija de cinco años tienen un puesto de chácharas donde uno puede encontrar desde Barbies pelonas hasta lámparas de los años setenta, que visiblemente fueron desinstaladas de su hogar original.  

Ella tiene 22 años y dos intentos de suicidio, el primero cuando nació su hija y el segundo cuando la abandonó su pareja. 

“Trato de ir a mis sesiones al Centro de Empoderamiento, pero a veces me las cancelan sin avisarme, ya cuando estoy ahí es gastar en la combi y es regrésate más frustrada que nunca”, relata bajo la lona de su puesto. 

“Mis papás me ayudaron a ponerme aquí, me dan cosas para vender y aquí la pasamos ella y yo, pero sí es difícil, muy difícil, porque mientras te dicen que todo está bien y que hay trabajo, que hay seguridad y que la mujer está empoderada, eso no es cierto, en la vida real no es cierto”. 

El alcoholismo sigue al alza al igual que los accidentes automovilísticos y los conflictos vecinales. 

En la colonia Los Berros un hombre fue a cobrar una deuda de cien pesos, y al no obtener el pago, atacó con un machete a su deudor, de 23 años, quien podría perder el brazo izquierdo por la profunda herida. 

Hay también protestas por la falta de medicamentos y tratamientos oncológicos; los habitantes de colonias populares se organizan para pedir pipas y exigir que el agua llegue con suficiente presión; la educación ya no es garantía de empleos bien remunerados; los peces de la Ciudad Deportiva siguen muriendo y la calidad del aire cada día es peor que la de ayer… Sin embargo, de alguna manera, la ciudad sigue funcionando. 

“El modo supervivencia es un estado de estrés crónico y vigilancia constante, donde el sistema nervioso reacciona ante amenazas percibidas, provocando agotamiento físico y mental”, dice la definición. 

“Caracterizado por fatiga, irritabilidad y ansiedad, es una respuesta defensiva de lucha, huida, congelación o complacencia, a largo plazo, y para salir de él requiere reconocerlo, pausar y buscar equilibrio”. 

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