Por Ethel Arredondo
Capítulo I. El niño que escuchaba historia
En una fotografía amarillenta publicada hace más de 50 años en El Siglo de Torreón, un joven de secundaria recibe un premio en el contexto de los festejos de la ciudad.
A su alrededor, los aplausos parecen detener el tiempo. Ese niño entusiasta que organizó y ganó una carrera escolar no imaginaba entonces que el mismo ímpetu lo llevaría, siete décadas después, a convertirse en cronista de su ciudad natal, después de una vida dedicada al derecho y a la enseñanza.
Su nombre: Jesús Gerardo Sotomayor Garza.
“Desde primaria me gustó la historia –recuerda–. Había un programa que se llamaba El doctor IQ, que escuchaba con mi padre. Yo contestaba las preguntas desde casa. Decían que debía presentarme al programa, pero nunca quise. Me bastaba con escucharlo y aprender”.
Aquel niño curioso que estudiaba en la Escuela Oficial Centenario de Torreón creció rodeado de maestros que hablaban con pasión de los héroes nacionales y de los pueblos originarios. Recuerda especialmente los últimos años de primaria, cuando descubrió la profundidad de la historia de México en sus libros y de la voz de sus profesores: “El quinto y sexto año fueron maravillosos porque aprendí de los indígenas, de los héroes y de la historia patria. Ahí empezó todo”, dice.
El amor por la historia nació en esas aulas de techos altos, en un Torreón todavía joven, donde la educación pública formaba a generaciones enteras con disciplina, civismo y memoria. Desde entonces, Sotomayor supo que quería dedicar su vida a entender los orígenes, las leyes e historias que dan sentido a un país.
Sin saberlo, aquel niño de zapatos boleados y cuadernos impecables comenzaba una travesía que lo convertiría en maestro, magistrado y cronista; tres rostros de una misma vocación: la de preservar la verdad.
Capítulo II. Vocación de justicia
En la preparatoria Venustiano Carranza de Torreón, la Constitución fue el detonante. “Me empezó a gustar la ley, el porqué de las normas”, dice. Siguió los pasos de su hermano y decidió estudiar Derecho en la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), en Saltillo.
A los 23 años obtuvo su título de abogado; un año después, su vida cambió para siempre.
“Cuando tenía 24 años, mi maestro José Fuentes García me ofreció ser juez. Yo le dije que no quería, que prefería mi despacho. Pero insistió: ‘No se me raje’. Acepté. Me nombraron juez mixto en Ciudad Acuña”, recuerda.
A partir de entonces su nombre quedó inscrito en la historia judicial de Coahuila. Fue defensor de oficio, juez civil, juez mixto, magistrado unitario, magistrado auxiliar y miembro del Tribunal Superior de Justicia del estado.
Durante 35 años transitó por los pasillos del Poder Judicial dictando sentencias, resolviendo conflictos familiares, patrimoniales y penales.
Pero nunca dejó de mirar más allá del expediente.
“Lo más duro eran los casos de violación a menores. Una vez dije en voz alta que a quien hiciera eso deberían imponerle la pena de muerte… un reportero me escuchó, pero por fortuna no lo publicó”, confiesa con un dejo de tristeza. “A veces es imposible separar el corazón de la justicia”.
Capítulo III. El maestro y el libro
Si algo define al doctor Sotomayor es su amor por la docencia.
Ha dado clases durante más de medio siglo: “51 años en las aulas”, dice con orgullo. Actualmente imparte Derecho Agrario y Derecho Notarial y Registral en la Facultad de Derecho de la UAdeC, a las siete de la mañana.
“No llego a las siete –aclara entre risas–, siempre a las 7:15 o 7:20. Pero ahí estoy, con mis alumnos de séptimo y octavo semestre. Me gusta ver esa inquietud y hambre que tienen de aprender”.
Su legado académico no sólo se mide en generaciones de abogados, sino en 30 libros publicados, muchos de ellos convertidos en textos de referencia en universidades mexicanas, incluyendo la UNAM.
Entre sus títulos destacan Compendio de Derecho Agrario, La Abogacía en México, El Nuevo Derecho Agrario en México, Deontología del Abogado, Historia del Derecho y la Abogacía en México, Procesos Históricos y El Poder Judicial en Torreón.
“Cuando terminé la carrera me pregunté: ‘¿Quiénes fueron los primeros abogados?’ Y no encontré respuesta. Así que la busqué yo mismo. Descubrí que los aztecas tenían a los Tepantlato, que en náhuatl significa ‘el que habla bien por otro’. Ahí empezó mi libro La Abogacía”.
En una de sus anécdotas más entrañables recuerda cuando viajó a Cuba para dar una conferencia:
“Una cubana se me acercó y me reclamó: ‘¿por qué no menciona a los abogados cubanos en su libro?’ Le dije que me mandara datos y los incluiría. Nunca me los mandó, pero me quedó claro que mi obra había llegado hasta allá”.
Capítulo IV. El cronista que ama a su ciudad
Hoy, a sus 80 años, el magistrado en retiro se asume feliz como cronista oficial de Torreón.
“Pongo en práctica todo lo que estudié”, dice entre montones de libros antiguos, fósiles, fotografías y recuerdos que llenan su oficina como si fueran pequeños templos del tiempo.
Ha escrito sobre la historia del Poder Judicial, la fundación de Torreón, los repartos agrarios, los personajes laguneros y las revoluciones mexicanas. Entre ellos, rescata la figura de Benjamín Argumedo, personaje polémico pero, en sus palabras, “un lagunero que merece ser comprendido, no juzgado con ligereza”.
En sus conferencias –a las que acude sin cobrar “ni un peso”– suele repetir que la historia no pertenece sólo a los historiadores, sino a los pueblos que la viven y la recuerdan.
“Con que me den un café o una coca, me conformo”, dice. “Yo no cobro, comparto”.
Capítulo V. Legado familiar y humano
Detrás del académico y el magistrado hay un hombre de familia.
“Tuve cuatro hijos. Todos son profesionistas. Uno de ellos es magistrado presidente del Tribunal de Justicia Administrativa en Coahuila, y un nieto mío también es magistrado federal aquí en Torreón. Es una gran satisfacción”, comenta.
Habla de sus padres con una ternura que no envejece:
“Cuando fui presidente de la Sociedad de Alumnos en Saltillo mi padre recortó la nota del periódico que decía ‘Lagunero triunfa en Saltillo’. La traía en su cartera y se la mostraba a todos. Era su orgullo. Por eso siempre les digo a los jóvenes: estudien, háganlo por ustedes, pero también por sus padres”.
En su escritorio, entre diplomas y libros, reposa una medalla que lo distingue como Académico Correspondiente para México de la Real Academia Europea de Doctores (RAED).
“Me designaron abogado del año”, dice con una sonrisa discreta. “Porque con mis obras he contribuido a la formación de muchos estudiantes de Derecho. Eso vale más que cualquier reconocimiento”.
Capítulo VI. El guardián del tiempo
En su oficina numerada –donde cada libro tiene su sitio exacto–, el doctor Sotomayor guarda más de tres mil volúmenes. Algunos datan del siglo XVIII. Otros son primeras ediciones ya imposibles de conseguir.
“Cada vez que voy a la Ciudad de México, ya no busco tiendas ni restaurantes. Me voy directo a las librerías. Los libros son mis juguetes”, dice con brillo en los ojos.
Entre sus estantes hay recuerdos insólitos: una bala regalada por un militar (“tenga cuidado, todavía puede tronar”), un fósil de madera donado por un exalumno, y una piedra de aerolito.
Cada objeto tiene historia, cada historia una enseñanza.
A los 80 años, Jesús Gerardo Sotomayor Garza sigue escribiendo, enseñando y hablando de su ciudad como quien conversa con un viejo amigo.
Su vida es un puente entre el derecho y la memoria, entre la justicia y la palabra.
“Mientras Dios me deje, seguiré. No puedo dejar de escribir”, dice con serenidad.
Y entonces uno entiende que su verdadera sentencia no fue dictada en un tribunal, sino en las páginas de sus libros: vivir es dejar huella, y enseñar es perpetuarse.
Capítulo VII. Honores, títulos y distinciones
El doctor Jesús Gerardo Sotomayor Garza es licenciado en Derecho por la UAdeC, maestro en Justicia y Derecho por la Universidad Autónoma del Noreste, y doctor en Derecho Penal por el Instituto de Posgrados en Humanidades.
Durante su trayectoria ha sido director de la Facultad de Derecho de la UAdeC Unidad Torreón (1978–1984), donde impulsó su transformación de escuela a facultad e introdujo los primeros programas de posgrado en Derecho de la región.
Ha sido profesor e investigador de tiempo completo, miembro fundador del Colegio Regional de Abogados de La Laguna, del Consejo Regional de la Abogacía Lagunera, del Colegio de Investigaciones Históricas de la Laguna, y del Colegio de Abogados Agrarios de Torreón.
Entre sus múltiples distinciones ha recibido la Presea Román Cepeda Flores, otorgada por la UAdeC; la Presea Trascender Vínculo de Profesionistas; y mención honorífica en el Certamen Literario Estatal Julio Torri.
Asimismo la Real Academia Europea de Doctores le otorgó en 2016 la Medalla del Centenario, y en 2024 lo nombró Abogado del Año, por su trayectoria jurídica, su contribución a la enseñanza universitaria y su aportación al estudio histórico del Derecho mexicano.
Su nombre figura hoy en bibliotecas universitarias, salas de juicios orales y facultades de Derecho que llevan su nombre, como símbolo de una vida dedicada a la justicia, educación y memoria histórica de Torreón y de México.
Mediante sus libros, su magisterio y su ejemplo, Jesús Gerardo Sotomayor Garza ha logrado lo que pocos: convertir la historia en lección, la justicia en hechos y la memoria en destino.
TE RECOMENDAMOS LEER:





