Por Valeria Cämun
La violencia de género en México no es un fenómeno aislado ni repentino, es el resultado de una estructura social que la normaliza, justifica y muchas veces reproduce sin cuestionarla.
Diseccionar sus capas permite entender que, detrás de cada caso, hay causas profundas, orígenes históricos y efectos negativos que pasan de generación en generación: desde la violencia psicológica que se manifiesta en chantajes, humillaciones, celos y control, hasta el feminicidio que estremece a una comunidad y daña irreparablemente a sus familias.
Los gritos y golpes ejercidos por los generadores de violencia, en su gran mayoría hombres, no se dan por tener un mal día, ni por un carácter fuerte o por un romance fallido. No. Es un fenómeno social profundamente enraizado en herencias históricas, culturales e institucionales en donde la violencia contra la mujer se ejerce por el simple hecho de ser mujer, con esa absurda creencia de propiedad, para controlarla, someterla, castigarla o retenerla.
El psicoterapeuta contextual Gonzalo Villanueva, maestro en Investigación Social, explica que Coahuila, al ser un estado tradicionalista, tiene arraigados roles de género que perpetúan las relaciones desiguales y abusivas, en donde el hombre proveedor trata de mantener a las mujeres dependientes y sumisas pues, aunque trabajen, la brecha salarial sigue siendo amplia.
“Podemos decir que en Coahuila hay ciertos patrones de normalización de la violencia, donde principalmente la violencia doméstica se considera como un problema privado y no tanto como un problema de seguridad pública, y esto, de cierta manera, va normalizando o dificultando la denuncia, y va perpetuando ciertos ciclos de abuso”, detalla.
“También pudiera haber patrones de impunidad que dificultan la denuncia, donde quizá el sistema judicial, aunque esté aparentemente disponible, solicite un proceso cansado que incluso cuesta, y eso lo hace complicado para las víctimas”.
Candados que impiden denunciar
La violencia de género se sostiene sobre una herencia cultural que ha colocado a las mujeres en una posición de vulnerabilidad durante siglos.
El machismo, la desigualdad económica, los roles tradicionales y la falta de perspectiva de género en políticas públicas han configurado un terreno fértil para que la agresión se normalice y se siga padeciendo en silencio, entre burlas y revictimizaciones.
Expresiones como “ni aguantas nada”, “así es él”, “son cosas de pareja” o “lucha por tu matrimonio, por tu familia, por tus hijos”, siguen funcionando como candados que impiden a las mujeres denunciar, y cuando lo hacen, se topan con un sistema que está diseñado para proteger al violentador más que a las víctimas.
Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones de los Hogares (Endireh) siete de cada diez mujeres viven una situación de violencia, y cuatro de cada diez sufren violencia de pareja. Sin embargo, el índice de denuncia continúa siendo muy bajo.
Rosa María Salazar, directora de la Fundación Luz y Esperanza A.C. (FULYE), comenta que, aunque la creación de los Centros de Justicia y Empoderamiento para las Mujeres en Coahuila son de gran ayuda, la eliminación de los Centros Sí Mujer fue realmente negativa.
“Hoy las mujeres tienen acceso a las redes sociales que les señalan dónde están los espacios de atención y eso hace que acudan; pero debo decir que en Coahuila perdimos espacios de atención, como los Centros Especializados que eran los Sí Mujer con presencia en todo el estado; sí se necesitan, porque con esa cantidad de mujeres que denuncian, el Centro de Justicia para las Mujeres no es suficiente y nosotras como Asociación no somos suficientes”, afirma.
Con 23 años al frente de FULYE, la doctora Salazar es experta en violencia de género, no sólo por las credenciales internacionales que la avalan, sino por la experiencia de convivir día a día con mujeres víctimas de violencia, quienes no salen de casa o regresan con sus agresores no porque les guste ser violentadas, como fácilmente juzga la sociedad, sino porque padecen síndromes psicológicos que les impide salir de ese ciclo de violencia.
En su mecanismo de supervivencia, ellas y sus hijos se disocian, como si cambiaran de personalidad: su mente viaja a otro lado mientras son violentados, e incluso, si el trauma se vuelve crónico, desarrollan el Síndrome de Adaptación Paradójica, donde la víctima, para sobrellevar la situación, normaliza la agresión y justifica las acciones del abusador.
“Es muy complicado, pero una mujer que vive violencia debe de entender, saber y comprender que no es normal: no es normal que me pidan las cosas gritándome, no es normal que me pidan las cosas aventando un objeto a mi cuerpo, no es normal que me hagan entender a través de golpes, ni a mí, ni a una mujer, ni a los niños ni a las niñas ni a nadie”, subraya Salazar.
“Pero como no lo comprendemos y lo vamos asimilando como parte de nuestras rutinas de disciplina, caemos en esto de ‘los niños necesitan de vez en cuando una nalgadita’, ‘a las mujeres hay que golpearlas para que entiendan’; y son estos conceptos con los que hemos ido creciendo y que las mujeres lo han ido introyectando, de tal manera que lo consideran normal, pero no, no son problemas normales de pareja, yo quiero decirles que no es normal, no es normal que te golpeen”.
Cóctel explosivo
Numerosos estudios apuntan a que los agresores crecieron en entornos en donde la violencia era habitual, de ahí que la conducta se replique sin cuestionamientos creando generaciones que normalizaron gritos, humillaciones y golpes como parte de la vida cotidiana.
En este sentido, el académico Gonzalo Villanueva, director del Centro de Estudios y Divulgación para la Libertad, A.C. (CEDIL), destaca las correlaciones del ambiente, la crianza y los hábitos.
“Coahuila siempre aparece en los primeros lugares de consumo de alcohol. Usualmente eso se liga también con otro factor que es más personal: la mala gestión de las emociones”. Entonces, explica, “que te pasen cosas negativas se junta con el mal control de emociones y con el consumo de alcohol, y ya tenemos el cóctel que conjunta las causas que pudieran propiciar la violencia”.
Aunque las drogas y el alcohol son detonantes, no son la causa raíz, destaca Rosa María Salazar, pues la violencia tiene su origen en la desigualdad y en la opresión hacia las mujeres.
“Cuando nosotros avancemos en la igualdad podremos erradicar la violencia”, asegura. “Las drogas, el alcohol, la pobreza, el tener dinero, la dependencia económica a sus parejas, son factores detonantes, pero no son las causas.
“No podemos estar atendiendo sólo los factores que desencadenan la violencia, sino que hay que trabajar mucho en la igualdad: que las mujeres estemos en la misma circunstancia que los hombres; y esta cultura patriarcal tiene que desaparecer”, apunta. “El día que terminemos con la desigualdad terminaremos con la violencia”, añade.
El poder de los datos
La Universidad Autónoma de Coahuila (UAdec) presentó recientemente los resultados del informe Radiografía de la Violencia Familiar en el Estado de Coahuila de Zaragoza. Propuesta Política 2016-2024. El reporte analizó la información obtenida durante ese periodo por los Centros de Justicia y Empoderamiento de las Mujeres (CJEM), ubicados en Saltillo, Torreón, Matamoros, Frontera, Acuña y Piedras Negras.
Víctor Manuel Sánchez Valdez explica que el informe fue solicitado por el gobierno de Coahuila, y que será turnado a la Fiscalía General del Estado, a las secretarías de las Mujeres, de Salud, de Educación y a otras dependencias clave en la búsqueda de la erradicación de la violencia de género.
“La función de la universidad fue tratar de fusionar la mayor parte de esas bases de datos y comenzar a hacer cruces de información que nos dieran elementos, más allá de los que se tenían al momento. Y obviamente la idea que hay detrás y que siempre tiene que ser la ruta adecuada es, a la hora de tomar decisiones, a la hora de construir política pública, a la hora de determinar rumbos de acción, lo mejor es basarse en datos”, expresa.
Algunos de los datos descubiertos con la Radiografía son: entre las ocho y diez de la noche, la hora de la cena, es cuando se registran más casos de violencia familiar; que sí ha habido una disminución, no sólo de las denuncias, sino del grado de violencia que viven las mujeres; y que se necesitan más CJEM en municipios pequeños y áreas rurales.
A partir del análisis, la UAdeC realizó recomendaciones de política pública, entre las que destacan: desarrollar un sistema centralizado para el almacenamiento y administración de información que vincule las dependencias involucradas en la violencia familiar en el estado, facilitar el acceso a datos en tiempo real para mejorar la coordinación interinstitucional y agilizar la generación de reportes.
Además, la máxima casa de estudios recomendó un cambio de paradigma en los planes y programas de estudio de educación básica y secundaria; e incorporar de manera transversal contenidos de derechos humanos, igualdad y no discriminación en todas las materias.
“La perfilación del comportamiento ayuda a focalizar esfuerzos, a fin de utilizar los recursos de la manera más eficiente: enfocándose en las áreas en donde el problema es mayor, el impacto de acción también será mayor”, afirma Víctor Sánchez.
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