Detrás de los datos | Más titulados, menos certeza

abril 22, 2026
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Por Andrés Flores & Daniel Cárdenas // CEDIL

Un joven recibe su título universitario en Saltillo. Con emoción y expectativa lo comparte con su familia; hay fotos, abrazos y una sensación de que algo cambió para siempre. Durante años su objetivo fue claro: estudiar le ayudaría a abrirse camino, le garantizaría estabilidad y le permitiría una vida distinta. Meses después, si embargo, ese mismo joven trabaja sin contrato formal.

No dejó de esforzarse; el sistema dejó de cumplir su parte del trato. Y eso, nos parece, merece decirse con todas sus letras.

¿Qué pasa al salir de las aulas?

En Coahuila los datos más recientes de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) muestran alrededor de 23 mil titulados por ciclo. Un número que crece. Lo que no aumenta al mismo ritmo es la calidad de lo que las espera afuera.

Las cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), publicadas en febrero de 2026, dibujan otro panorama. En Coahuila alrededor de 36% de la población ocupada trabaja en condiciones de informalidad. Cerca de 29% enfrenta ingresos insuficientes, jornadas excesivas o ambas cosas al mismo tiempo. 

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Los empleos formales que crecen son, casi exclusivamente, los de uno y hasta dos salarios mínimos. Cada vez es menos común que un coahuilense supere esa barrera.

Hay un dato que merece atención particular: las mujeres representan hoy 51% de quienes se titulan en Coahuila. Una paridad que, vista así, suena a avance y lo es. Pero la igualdad en el punto de partida no garantiza igualdad en el camino.

Las brechas no desaparecen. Se desplazan, se vuelven más difíciles de señalar y, por eso mismo, más fáciles de ignorar.

Los datos de la ENOE lo confirman: de cada diez hombres en edad de trabajar, siete están activos en el mercado laboral. De cada diez mujeres, menos de cinco. Esa distancia no la explica el título universitario, la explica todo lo que viene después de obtenerlo.

Entre quienes sí trabajan, la informalidad afecta a 38% de las mujeres frente a 34% de los hombres. Ellas se concentran en sectores de menores ingresos y mayor inestabilidad. Ellos, aunque con mayor presencia en el mercado, enfrentan jornadas que desgastan. El sistema no funciona bien para nadie, pero no falla de la misma manera para todos.

El problema va más allá del género. El mercado laboral de Coahuila es incapaz de absorber, en condiciones dignas, a las miles de personas con educación superior que egresan cada año. La educación sigue teniendo valor, por lo que nadie debería renunciar a ella. Pero ese valor ya no opera como antes. El título dejó de ser una garantía. Se convirtió en el mínimo para competir en un mercado saturado, desigual e insuficiente.

La herida de este contraste es profunda. Cuando las expectativas que sostienen decisiones de vida, invertir años en educación, no corresponden con las condiciones reales del entorno, lo que se daña no es sólo la economía personal. Se daña la confianza en las instituciones y en las promesas que la sociedad hace a sus jóvenes.

En ciudades como Saltillo, donde la narrativa del desarrollo se apoya en cifras de crecimiento e inversión, estas historias tienden a diluirse. Pero están presentes: en el profesionista que acepta un empleo por debajo de su formación, en quien migra a la informalidad, en trayectorias fragmentadas que contrastan con diplomas enmarcados en la pared.

Como aliviar un síntoma no cura la enfermedad, ampliar el acceso a la educación tampoco resuelve por sí solo el problema. De esta forma, el riesgo es económico y tiene ecos en lo social. Son generaciones enteras que hicieron exactamente lo que se les pidió: estudiar, esforzarse, prepararse. Y que encuentran, al final del camino, menos certezas de las que les prometieron.

Eso exige más que indicadores de matrícula. Exige que Coahuila responda con la misma seriedad con que sus jóvenes respondieron a la promesa de la educación.

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