Por Alejandro Páez Varela
1. Cosas que no se mueven
Amanecía. Iba cansado. Tomé Avenida Francisco Villa, que entonces conocíamos como “Ferrocarril” porque por allí pasan las vías del tren que un kilómetro adelante desembocan en la frontera con Texas. Vi a lo lejos la luz inequívoca de la máquina. En esos años podías correr junto a las vías y de hecho, eso hacía. Aceleré al punto de una eventual colisión. La luz se fue acercando. Aceleré hipnotizado y con cierto frenesí. La luz me cegó.
Y entonces hice un movimiento brusco de volante y me zafé. No lo olvidaré jamás. Habría muerto al instante. Me paré metros después y una parte de mí celebraba el arrojo, pero otra analizaba.
Confieso que mi cerebro, agotado de tanto trabajo, razonó que si el tren se movía unos centímetros a la derecha y yo me movía unos centímetros a la izquierda no chocaríamos y ambos, el maquinista y yo, habríamos disfrutado la experiencia. Con esa idea llegué hasta el final. Pero el tren no se mueve y aquí tuve mi primera lección: en general, en esta vida, existen “las cosas que no se mueven”. Nunca apuestes contra ellas, o perderás.
Algunos pueden pensar que el arrojo está sobrevalorado, porque hay cosas que no se mueven. Es un error. En todo caso, hay cosas que no se mueven y el arrojo por sí mismo no es suficiente. Los mexicanos llevamos una vida de arrojo permanente; vivimos bajo presión, siempre, y sobrevivimos y no es por casualidad: es porque conocemos nuestros límites y en esos límites están las cosas que no se mueven.
Nunca apuestes contra tu Patria como nunca apuestes contra tu propia familia: cada vez que lo hagas, perderás.
2. Arrojo y resistencia
Recuerdo a mi madre suspirar mientras abría el bolso rojo de monedas, y aún así, seis hijos salimos adelante. Era un niño y me llevaba de su mano por la Avenida Juárez, hacia El Paso, y allí aprendí a leer la paridad del dólar, en las paredes de las casas de cambio. Y en el Silva’s, una tienda para mexicanos en el otro lado, conocí el secreto del bolso rojo de mi vieja: los pasteles de coco valían 99 centavos, menos de un dólar, si los comprabas dos días después de la fecha de caducidad.
Ya grandes nos fuimos enterando que mamá nos llevó a todos a los mismos lugares, en distintos años, uno después de otro y casi siempre cerca de la Navidad. No había para tantos. Nos llevaba a una cafetería debajo de una tienda que se llamaba Kress; tienda y cafetería era para güeros. Tenía una barra larga y en ella nos sentábamos, como si fuéramos de paso. Ella pedía un café y un pie de manzana, y para nosotros, una hamburguesa. Ahora sabemos que nunca había para papas, pero casi siempre nos las servían. Otro secreto: la solidaridad: las empleadas de la barra, que hablaban español, nos regalaban las papas cada que podían y parece que siempre podían.
Los mexicanos llevamos una vida de arrojo y de resistencia. Hemos emprendido grandes proyectos nacionales que no incluyen al Gobierno o que siempre están por encima del Gobierno. El mayor proyecto de todos es sobrevivir. Otro: luchar contra el odio racial o de clases; no permitir que impacte en la clase media y dejarlo como una vergüenza que se come con cubiertos y manteles en las élites, en las clases altas.
El arrojo y la resistencia del mexicano no serían nada sin la solidaridad. Las grandes tragedias son el mejor ejemplo de todos. Cuando los gobiernos colapsan, entre todos movemos una palanca a modo “colectivo”, y nos organizamos y salimos adelante. Así llegaron millones de nosotros a Estados Unidos, buscando trabajo y pan, después de décadas de saqueo y malos gobiernos; fue un proyecto nacional que siempre estuvo por encima del Gobierno. Y no fue un brinco al vacío: fue la confianza de saber que en alguna barra de algún restaurante habrá alguien que hable español y que, sin pedirle nada, nos servirá papas fritas gratis y de buena gana.
3. Siempre volverán
Siempre han sido así, pero ahora están mejor organizados y son más descarados que nunca. Los que apuestan a que México colapse; los que acuden a Washington, a Madrid o a París siempre han existido y han dejado huella en muestra República. Siempre hubo un Ricardo Salinas Pliego, una Lilly Téllez, un Eduardo Verástegui y un Alejandro Moreno Cárdenas. Siempre. Saben perfectamente que esas sociedades los aborrecen por su origen, pero, ¿qué más da? ¿Qué tanto pueden perder si en su propia casa se les rechaza? Por eso se les facilita untarse de desvergüenza e ir, y rogar.
Pero siempre se quedarán en el intento porque sobre ellos pesa una mantra: Nunca apuestes contra tu Patria como nunca apuestes contra tu propia familia y cada vez que lo hagas, perderás.
4. Nunca podrán tocarte
Lo que aprendí de vivir cerca de esa potencia colonialista, Estados Unidos, es como brotes de rosal dentro en mí, que renacen sin que hurgue demasiado. Ahora mismo recuerdo que no había mayor infortunio que caer en la garita de un mexicoamericano. Cruzaras el puente a pie o en carro. Eran minutos de angustia. Hablaban mal español y a gritos, y traían lentes oscuros y placas brillosas en el pecho, y tenían escupitajos para cada rostro, si pudieran. Yo no quería que me vieran y me acomodaba en la falda de mi madre.
Mi madre siempre daba certezas. Era su magia. “Nunca nadie podrá tocarte, hijo”, me expresó en alguna ocasión y a propósito de otras cosas. Claro que muchos podrían tocarme, pero que ella me lo dijera así, con esa certeza, me llenó de voluntad y de arrojo una vida entera. Y todavía hoy, de ese cántaro que llenó mi madre, sale la voluntad para pelearme con el mundo si es necesario aunque sepa, por experiencia propia, que hay que andarse con cuidado porque nunca debes apostar contra una montaña porque una montaña no se mueve.
Y ahora pienso lo mismo con mi país: nunca nadie podrá tocarnos. Que no hay un Trump que sea suficiente; que no hay vendepatrias suficientes como para que arrebatarnos más de lo que ya nos han quitado. El tiempo se encarga de desenmascarar a todos y sólo hay que confiar, resistir, ser resiliente.
Hace 20 años millones de mexicanos se arrastraban, bañados en pena y frustración, porque las fuerzas más oscuras de este país se habían confabulado para arrebatarles su deseo de cambio, con un fraude electoral escandaloso que todavía algunos defienden. El tiempo se encarga de desenmascararlos a todos: ese mexicoamericano que me daba miedo en el puente, en realidad hablaba muy mal inglés; venía de familias discriminadas por blancos; manoteaba y hablaba fuerte porque así le hablaban a él, por su origen. El tiempo desenmascara. Confiar, resistir, ser resiliente. Nunca nadie podrá ganarnos y cuando nos ganen, volveremos a intentar.
Siempre volverán, cada vez mejor organizados. Pero aquí estaremos otros, listos, esperado.
5. Aunque nos toquen
Este texto lo escribo horas antes del juego de México contra Inglaterra. Siento que si me espero y escribo después del partido, seré demasiado emotivo y no me gusto tan emotivo, porque soy pasional. Estaré regañón, excesivamente festivo, lo suficientemente apachurrado o muy eufórico. No, no quiero.
Lo que quiero es que gane México siempre. Que los enemigos de este hermoso país, que los hay adentro y los hay afuera, caigan derrotados sin tener que levantarles la mano. Quisiera que Inglaterra perdiera porque nos merecemos tanto ganar. Quisiera que nunca pudieran tocarnos. Al mismo tiempo debo considerar, mientras escribo, que una derrota es probable. No me cierro. Es tarde para aconsejarles que no se cierren a la posibilidad de la derrota y a la posibilidad de abrirse al verdadero triunfo de este evento deportivo.
Los que ganan con el futbol son los de mero arriba: la FIFA, las televisoras, los dueños de las grandes marcas, los que venden cerveza, los dueños de los clubes, los que llenan la mesa de comida chatarra. En apariencia, los únicos que disfrutan y que siempre ganan son los que tienen el dinero para pagar boletos en los estadios.
Siento, sin embargo, que todos los mexicanos hemos ganado; que nuestro triunfo es vernos juntos, gritar juntos, acompañarnos, celebrarnos, felicitarnos. Y si toca pasar un trago amargo, que nos toque juntos. Y si toca seguir celebrando, que así sea. Los mexicanos llevamos una vida de arrojo y de resistencia. Nuestro más grande proyecto nacional ha sido sobrevivir y aquí estamos. Y aquí estaremos.
Abrácese de quien tenga a su lado porque lo mejor no está por venir: abrácelo porque lo mejor está a su lado. Siéntase feliz, siéntase querido. Aunque nos toquen, nunca, nunca podrán tocarnos.





