Por Valeria Cämun
Saltillo, Coahuila.- Las casas del Saltillo viejo se caen a pedazos, junto con la historia de esta ciudad.
El adobe se desmorona, las vigas de madera se pandean y los hogares de cientos de familias están a una lluvia intensa de ceder, con los habitantes dentro.
Construcciones centenarias permanecen en pie casi de milagro en el antiguo San Esteban de la Nueva Tlaxcala, pero no en la parte donde hoy se planea el Distrito Centro y se erige con orgullo el Paseo Capital, sino allá, más arriba, en la loma que sigue tan abandonada como hace más de 430 años.
Entre la tierra, los ladrillos, nopales silvestres y un montón de herrería oxidada se alzan casas impensables sobre recovecos surrealistas y calles estrechas y empinadas por las que estudiantes y adultos mayores suben con dificultad, mientras combis y camionetas aprovechan cada centímetro para pasar al mismo tiempo, y donde la calle Mina parece una escenografía de México de los ochenta.
En el barrio Santa Anita, en Félix U. Gómez, frente a la barda de la Universidad Carolina, vive la señora Juana Espinoza, en una casa amarilla que no es suya, sino que renta con su esposo y sus hijos desde hace 52 años.
“Éste era un basurero, y yo poco a poco le he ido echando ganas aquí: planté los árboles, hice las banquitas, puse la barda y he ido arreglándolo poco a poco, mi esposo y mis hijos son los que me ayudan, pero los vecinos no, ni los vecinos ni las autoridades nunca han dado ni para un bulto de cemento, nadie”, afirma.
Resulta extraña esta aseveración, ya que justo aquí abundan las plaquitas que rezan “Rehabilitación de fachadas. Saltillo un equipo a tu favor 2003-2005”, firmadas por el entonces gobernador Enrique Martínez y Martínez y el alcalde Humberto Moreira Valdés.
“No, aquí nadie ha venido a arreglar fachadas ni nada, por eso está como está”, asegura; “nunca han venido, nos tienen olvidados; reportamos esa barda que se está cayendo, no sé cuántas veces he ido a presidencia a reportarla con Javier Díaz, y nomás dicen que van a venir y que van a venir, y no vienen, toman fotos y se van y ya no vuelven.
“Esa barda es un riesgo porque, al caerse, se va a llevar esas casas de enfrente, está todo abierto por aquel lado –reitera–, ya fui a presidencia, ya dejé un oficio, nadie nos ha hecho caso”.
El rostro de Cristo, la Virgen de Guadalupe y la santa muerte forman parte del panorama; el cielo está limpio y se aprecia con claridad el Cerro del Pueblo; y la ropa recién lavada ondea desde el patio de una vivienda que divide con blocks la banqueta: ya se han caído carros por ahí.
“Todas son de adobe, ninguna casa está muy buena, de material no, todas son de adobe; y sí, es un peligro: se llega a caer esa barda o se puede venir un mueble para abajo, aquí está feo… ya se nos cayó un poste de luz porque se vino un carro y topó, es un peligro”, reitera la señora Juana Espinoza.
“A lo mejor acá no nos hacen caso porque no tenemos dinero, porque allá abajo sí le han invertido –denuncia–; cuánta casa no está aquí abajo abandonada, caída, y todo porque no le echan una manita, ya tengo 52 años de vivir aquí y cada vez está peor; de perdido que nos echen una mano, si no quieren venir que nos den material y nosotros arreglamos, como siempre lo he hecho”.
Lo viejo, sin inversión
“La pujante ciudad que hoy habitamos guarda en sus entrañas vestigios de los recios caracteres españoles y tlaxcaltecas, y quiere ser una ciudad moderna y vanguardista, pero en el fondo no puede dejar de ser provincial y recatada: como que quiere y no quiere, como que es y no es”, escribió hace unos años la historiadora Esperanza Dávila Sota, para celebrar un aniversario de la ciudad.
Hoy, el Centro es una amalgama de emociones y recuerdos, de tiendas y cantinas, de pan y de museos. Transitar es complicado, ya sea a pie o en auto, pues las banquetas son estrechas y malhechas, con registros abiertos y escalones grandes y pequeños; y las rampas son una oda a la inoperancia.
Los camiones hacen magia para dar la vuelta en la calle más angosta del planeta, y los habitantes observan en silencio cómo a nadie le importa que la historia se esté cayendo ladrillo a ladrillo.
Aquí yace el pasado de una villa reducida a escombros.
Blanca García tiene 27 años viviendo en una casona de más de un siglo de construcción, que requiere mantenimiento, y mucho dinero que no tiene, para poder seguir ahí con su familia.
“Ahorita tengo un problema con un techo, ya vino Protección Civil a checarlo, y sí, se tiene que reparar… Es que es una casa muy antigua, y si no se arregla, más adelante habrá que desalojar”, dice con tristeza.
“El techo es de madera y me dijeron que, si trapeamos el piso de arriba, el agua va para abajo y es riesgoso.
“Es una casa, una construcción en ruinas, y cuando yo llegué traté de arreglarla, tenía buen trabajo e hice lo que pude: puertas, ventanas, pisos, paredes, techos, es una casa muy grande, muy antigua”.
La señora Blanca recuerda que hace varios años vinieron a pintar su fachada para un festival del Día de Muertos, pero nada más: los gobiernos no invierten en conservar lo viejo, aunque muchos funcionarios hayan vivido aquí su infancia, corriendo en los largos pasillos y patios anchos, entre nogales y pirules, con el aroma de tierra mojada y árboles frutales.
“Ojalá que las autoridades nos hicieran un poquito de caso, nos dieran un poquito de apoyo, sobre todo a las personas que somos de la tercera edad, o que ya no tenemos un trabajo fijo, como es mi caso, batallando con arreglar pensión, viuda”, expresa.
Ella considera necesario conservar esta parte de Saltillo “porque cuando hay festivales se pone muy bonito, toda la gente viene al recorrido de aquí, en estas calles de Santa Anita, pero las autoridades lo tienen abandonado”.
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