Por Ethel Arredondo
Torreón, Coahuila.- En México, la desaparición es una silla vacía, una llamada que no llega, un nombre repetido en voz baja y a gritos para que no se borre, para que no se olvide, es un trayecto en el que colectivos han integrado a su lucha; la búsqueda son sus propios medios, con sus propias manos, cueste lo que les cueste. En La Laguna, las búsquedas han llegado a varias comunidades, la mayoría en terrenos hostiles que representan jornadas largas bajo una intemperie que se pega a la piel.
En ese contexto, el pasado sábado 7 de febrero, el Teatro Isauro Martínez se convirtió en un espacio de memoria y reconocimiento durante la entrega de indumentarias diseñadas para la búsqueda de personas desaparecidas en campo, dirigidas al Grupo VI.D.A.
Para comprender a detalle el alcance de este proyecto Sabina Aldana y Laura Uribe, codirectoras de L.A.S [Laboratorio de Artistas Sostenibles] hablan sobre los trajes, su arte y de la problemática que por desgracia lastima a miles de familias mexicanas; la desaparición forzada.
En la conversación el punto de partida fue claro y duro: “La entrega de indumentarias no fue una celebración; fue una anti-ceremonia. No deberían existir colectivos de búsqueda. Pero existen, y es brutal”. En un país donde la cifra de personas desaparecidas ha crecido de manera alarmante, la entrega de trajes no pretende ser una solución al problema, sino un gesto de acompañamiento frente a una realidad que duele.
El proyecto se llama Indumentarias para no desaparecer – Prototipos para buscar en campo [Torreón, Coahuila], y llega como cierre de un proceso realizado en colaboración con el Grupo VI.D.A. y con financiamiento de la Fundación SERTULL A.C. Se trata de un acto de “acompañamiento, memoria, dignificación y reconocimiento” al trabajo de las familias buscadoras
Esa elección de palabras no es casual: la desaparición forzada trastoca a la comunidad, rompe vínculos, instala miedo y silencio; y aun así, las familias sostienen el trabajo que no debería recaer en ellas.
En la entrevista, se recordó el contraste que define este tema: la vida cotidiana continúa para muchos, mientras otros viven en búsqueda permanente.
“Vivimos una especie de guerra silenciosa”, comenta Sabina. “A diferencia de conflictos internacionales que vemos en tiempo real, aquí también vemos transmisiones en vivo de hallazgos, pero al mismo tiempo hay parálisis social por miedo. La desaparición forzada dinamita el tejido social”. Bajo esa lectura, el proyecto no se construye desde la estética, sino desde la urgencia. No se trata de “representar” el dolor, sino de acompañar procesos reales.
El recorrido que las llevó a Torreón empezó años atrás. Hubo un proceso de investigación que implicó cercanía con familias buscadoras, y de una experiencia que marcó el desarrollo de los prototipos: la Cuarta Brigada Nacional de Búsqueda en 2019 en Huitzuco, Guerrero, donde se reunieron cerca de 100 colectivos durante 15 días.
Allí, la observación directa fue el parteaguas. Recordaron también la influencia de Mario Vergara (q.e.p.d.), quien compartía su experiencia y las herramientas que él mismo había desarrollado para la búsqueda: rodilleras, técnicas, elementos específicos. “Esa experiencia fue pedagógica para los colectivos y para nosotras”, refiere Laura. Con ese aprendizaje se delineó la idea de prototipos pensados para distintas regiones del país, porque cada territorio impone condiciones distintas: clima, suelo, riesgos, tiempos, maneras de buscar.
“Lo primero que sentimos fue impotencia. Luego la pregunta fue: ¿cómo transformar eso en acción? Esto no resuelve el problema, pero aporta algo: acompañamiento, reconocimiento, visibilidad”. Ese “algo” se tradujo en una herramienta concreta: un traje diseñado para proteger el cuerpo que busca. La apuesta fue doble: utilidad y sentido simbólico. Porque el cuerpo de quien busca no solo se cansa; también se expone a temperaturas extremas, a espinas, a piedras, a terrenos que lastiman rodillas y manos, a largas caminatas y horas bajo el sol. Y, además, carga el peso de la ausencia.
Por eso el diseño no se hizo desde el escritorio. Se construyó mediante un laboratorio comunitario de diseño, donde el intercambio fue parte esencial del método: “Intercambiábamos saberes: los colectivos compartían su experiencia en campo, en las búsquedas; y nosotras aportábamos desde el diseño”. En ese proceso se trabajó con un prototipo base en manta cruda, pensado como lienzo para recibir retroalimentación: “Habíamos elaborado previamente un prototipo en manta cruda… para que pudieran opinar qué les funcionaba, qué no, qué les faltaba o qué sobraba”. La prenda se fue ajustando con una lógica práctica: seleccionar telas, definir color, ubicar el logo, decidir qué herramientas realmente sirven y cómo integrarlas sin estorbar el movimiento. La prenda debía responder a la realidad del campo, no a una idea abstracta.
Las indumentarias fueron diseñadas para ser trajes de protección integral para la búsqueda en campo, a partir del intercambio de experiencias y necesidades expresadas en el laboratorio comunitario de diseño realizado con el Grupo VI.D.A. Los trajes están pensados para resguardar el cuerpo frente a la adversidad climática, el terreno hostil y las largas jornadas de búsqueda en el desierto de La Laguna
En términos técnicos, no se trata de ropa común: están confeccionadas con textiles de alto desempeño y durabilidad, con propiedades de secado rápido, protección solar, resistencia al desgarre y tratamientos antibacterial y antimicrobial. Además, integran herramientas fundamentales para la búsqueda en campo y parten de una concepción central: el cuerpo como primer territorio a proteger para poder buscar
“Entendemos el cuerpo como el primer territorio que debe ser protegido para poder buscar”, comparten. La búsqueda explicaron “no es una actividad eventual. Es una rutina de desgaste. En el caso de Torreón, también se habló de cómo el colectivo es amplio y de cómo, en la práctica, el diseño se enfocó en quienes sostienen la búsqueda de manera constante”.
La prenda, sin embargo, no opera solo en lo utilitario. Tiene otras capas. “A mí me parece que el traje y el vestuario muestra mucho este fenómeno desde otra perspectiva… mueve cosas, porque estos temas siempre se han realizado a través del testimonio únicamente”. En esa mirada, el vestuario abre una puerta distinta: “Creo que el traje permite entrar a otras capas y a imaginar otras formas posibles de vivir también”.
No se dijo desde el romanticismo, sino desde la conciencia de que el dolor se ha narrado tantas veces que a veces ya no logra romper la indiferencia. Un traje, una forma visible, un cuerpo en el espacio público, puede hacer que el fenómeno vuelva a sentirse real para quien mira desde lejos. Tal como les pasó a Grupo Vida cuando los usaron por primera vez, hasta ellos se sorprendieron de la reacción que tuvieron con aquellos que se les cruzaron en el camino y decidieron hablarles de lo que ellos sabían sobre los campos de exterminio.
“El domingo posterior a la entrega salimos a búsqueda y algo nos sorprendió: personas se acercaban al ver el uniforme y compartían información. El traje funcionó como un identificador colectivo y hasta como un buzón anónimo”. Es decir, la indumentaria no solo protege del sol; también genera un reconocimiento inmediato ante terceros, un “aquí está un colectivo”, “aquí hay una búsqueda”, “aquí hay alguien que no se rindió”. En contextos donde domina el miedo, una señal visible puede abrir grietas: alguien se anima a hablar, a decir lo que sabe, a acercarse sin necesidad de exponerse demasiado.
La desaparición forzada rompe lazos, produce aislamiento, genera miedo, pero el proyecto Indumentarias para no desaparecer, puede impulsar conexiones. “Ya lo está haciendo. Cuando anunciamos la entrega en Torreón, compañeras de Nuevo León lo compartieron”. El traje, en esa lógica, no es solo un objeto. Es un símbolo y una herramienta que puede enlazar, identificar, reunir, acompañar.
El costo y la logística también mostraron la complejidad. Laura y Sabina explican que cada traje puede costar entre 20 y 25 mil pesos, porque debe ser funcional y duradero, y porque se busca que soporte el uso real en campo. Explicaron que la gestión de recursos es a través de convocatorias culturales y de los procesos legales y administrativos que implica. El proyecto no se sostiene solo con voluntad; necesita financiamiento, redes de apoyo, instituciones que comprendan el alcance de lo que se está haciendo.
El desarrollo y producción del proyecto en Torreón contó con financiamiento de la Fundación SERTULL A.C., en el marco de su apoyo a iniciativas artísticas y culturales con impacto social. Esta fase forma parte de la etapa final de entrega, testeo y cierre del proceso desarrollado con Grupo VI.D.A., y que sienta las bases para futuras implementaciones del modelo en otras regiones del país
“La existencia misma de estos trajes evidencia el abandono. Si hay que diseñar armaduras para buscar personas desaparecidas, es porque el país normalizó lo intolerable. No es sencillo. No es solo entregar trajes; es contener historias, dolor y procesos largos”, refiere Laura.
La iniciativa no termina en Torreón. Laura y Sabina tienen un objetivo que llamaron “meta utópica”: seguir con prototipos en otras regiones, como Michoacán, Guerrero, Veracruz y Sinaloa, que aunque reconocieron es enorme esfuerzo de tiempo, energía y recursos, y que depende de que continúe el apoyo de fundaciones.
El proyecto camina en dos líneas: por un lado, el desarrollo de las indumentarias; por otro, la creación de dispositivos escénicos y documentales que visibilicen el fenómeno de manera distinta, entre estos una obra de teatro y próximamente un documental donde se dará a conocer el trabajo realizado con Grupo Vida que llevó a la manufactura de 14 trajes de búsqueda.
El antecedente a Grupo Vida es el proyecto que Sabina y Laura realizaron con FUNDEL, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, liderado por Leticia Hidalgo, en un ejercicio piloto que permitió ensayar el proceso con un grupo más reducido, aprender, corregir y afinar el método. Ambas comparten que “piloto” fue fundamental porque era la primera vez que realizaban ese proceso con esa estructura y que, a partir de la retroalimentación, se llegó a un diseño más robusto.
En Monterrey, ocurrió algo que abrió una ruta inesperada: mientras se financiaban trajes, surgió una invitación a coproducir una obra con un teatro en Berlín. Ese cruce —trajes para búsqueda y escena documental— se convirtió en una forma de circulación de recursos. Se convirtió en una obra estrenada en febrero de 2025, Backyard. Un campo para buscar, y de la estrategia de recaudar fondos al finalizar funciones para dirigirlos directamente a colectivos.
“Se trata de hackear los recursos del arte para volverlos a invertir en los colectivos, para que esa cadena siga circulando”. La obra fue creada también para un público europeo que desconoce el fenómeno, pero que se sensibiliza y se involucra. El objetivo fue visibilizar no solo localmente sino también fuera del país, para que instituciones “volteen a ver lo que ocurre” y se mantenga una sinergia de apoyo.
Con esa ruta, el proyecto se convierte en algo más amplio: una bitácora viva. Y es que está documentando todo el proceso y está casi listo un documental para dar seguimiento y ampliar la visibilidad. “Es una bitácora viva del proceso”.
“Las indumentarias no regresan a nadie. No sustituyen a las instituciones. No resuelven la violencia ni la impunidad. Por eso se repitió, una y otra vez, que el gesto es acompañamiento, no solución. Esto no resuelve el problema, pero aporta algo: acompañamiento, reconocimiento, visibilidad”, destacan.
En un país donde la desaparición forzada ha fracturado el tejido social y donde muchas familias se han visto obligadas a convertirse en investigadoras, rastreadoras, peritas, buscadoras, una prenda puede parecer pequeña. Pero para quien sale al campo, proteger el cuerpo es proteger la posibilidad de seguir buscando. Para quien mira desde afuera, ver un uniforme puede ser ver por fin a quienes han sido empujadas al borde. Y para quien sabe algo y calla por miedo, quizá esa señal visible sea el empujón para hablar.
SABINA
Sabina Aldana (Bogotá, Colombia, 1987) es diseñadora escénica, artista interdisciplinaria y creadora con base en la Ciudad de México. Su trabajo investiga las posibilidades del diseño de vestuario como eje central del discurso escénico, abordando problemáticas sociales y políticas contemporáneas desde una perspectiva experimental y transdisciplinaria.
Egresada en Diseño Visual por LaSalle College Bogotá y con estudios en Artes Visuales en el Instituto Universitario Nacional de Artes (IUNA) en Buenos Aires, ha desarrollado una trayectoria que cruza el teatro, la instalación, el performance y el diseño aplicado a procesos sociales. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA (2019-2020) y del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales del Sistema de Apoyos a la Creación y a Proyectos Culturales (2021-2022), en la categoría de Interdisciplina.
En 2022 presentó su primera obra interdisciplinaria como autora y directora: Indumentarias para no desaparecer, una instalación escénica que utilizó prototipos de vestuario como formas de resistencia ante las desapariciones forzadas en México. La pieza fue presentada en el Museo Universitario del Chopo y marcó el inicio de una línea de investigación donde el vestuario dejó de ser complemento y pasó a ocupar el núcleo conceptual de la creación.
En ese proyecto, el traje no representa un personaje; representa una ausencia. No embellece una escena; protege un cuerpo. Esa lógica se profundizó con el desarrollo de indumentarias diseñadas para colectivos de búsqueda, donde el diseño dialoga directamente con la experiencia en campo.
A lo largo de su trayectoria, Sabina Aldana ha diseñado vestuario para más de veinte producciones teatrales y coordinado el área de vestuario en más de cuarenta proyectos en teatro, cine y televisión, explorando diversos lenguajes escénicos, desde adaptaciones clásicas hasta danza contemporánea y artes vivas. Entre 2016 y 2018 fue Coordinadora de Vestuario, Maquillaje y Peluquería en la Compañía Nacional de Teatro de México. También trabajó como diseñadora de vestuario para la Compañía de Danza Residente del Teatro Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá.
Su experiencia incluye colaboraciones con creadores relevantes del teatro contemporáneo en Colombia y México, así como una participación activa en proyectos que cruzan arte y responsabilidad social.
Es cofundadora de L.A.S [Laboratorio de Artistas Sostenibles], colectivo que integra sostenibilidad y compromiso social en la creación escénica. Dentro de ese laboratorio ha sido directora de arte y diseñadora de vestuario y escenografía en obras como BACKYARD [Un campo para buscar], producida por el Teatro Maxim Gorki en 2025; CUIR LOVE (2024); LES DESERTORES (2024); ARCHIVO VIVO, CALLE AMOR y LOW COST, entre otras.
LAURA
Laura Uribe (México, 1984) es directora de escena, dramaturga, actriz, investigadora escénica y docente. Es licenciada en Teatro por la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBAL y fue catedrática en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, en la Licenciatura en Teatro y Danza, de 2016 a 2022. En 2022 ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA), en la disciplina de dramaturgia.
Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en dos ocasiones (2014-2015 y 2016-2017), del FOCAEM (2011-2012 y 2013-2014), del Programa de Fomento y Coinversiones del FONCA (2012) y del programa México: Encuentro de las Artes Escénicas (2015). En 2011 fue reconocida como Directora Emergente por la revista La Tempestad, y su ópera prima Fragmentos de un discurso express recibió el premio a Mejor Obra en el FITU 2011.
Su propuesta escénica habita la dimensión liminal entre lo íntimo y lo político. Desde una perspectiva transfeminista y transdisciplinaria, crea dispositivos teatrales que buscan incidir en la realidad social más allá de la representación.
Entre sus trabajos más destacados se encuentra MARE NOSTRUM, pieza de teatro documental sobre el exilio y el desplazamiento presentada en el festival Theaterformen en Hannover (2017), y CAMPO, obra sonora documental sobre desapariciones forzadas en México producida por Deutschlandradio. Esta última recibió el premio a Mejor Documental Radiofónico por la Deutsche Akademie der Darstellenden Künste (2022), el Premio Robert Geisendörfer en Frankfurt (2023) y el Prix Italia en Bari (2023).
Es cofundadora de L.A.S [Laboratorio de Artistas Sostenibles], desde donde ha dirigido y desarrollado más de veinte puestas en escena. Entre ellas destaca BACKYARD [Un campo para buscar], producida por el Teatro Maxim Gorki en 2025, así como CUIR LOVE, LES DESERTORES, ARCHIVO VIVO, CALLE AMOR y LOW COST, proyectos que cruzan arte, política y ecología.
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