Por Brenda Macías
La intolerancia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el frágil cese al fuego en Gaza y la metamorfosis de Israel en aquello que prometió destruir son hoy parte del mismo ruido: el eco global del autoritarismo que avanza. En ese paisaje, donde el poder se disfraza de justicia y el odio de defensa propia, nos preguntamos cómo es que estamos tan lejos de la paz, de esa palabra que alguna vez significó esperanza y no sólo pausa entre dos bombas.
I. La intolerancia oficial
Desde que apareció en escena, Trump convirtió el resentimiento en estrategia. Hizo del racismo consigna y de la misoginia espectáculo. Convirtió la mentira en método y el odio en identidad nacional. Sus discursos no sólo alimentaron la xenofobia y el supremacismo, sino que legitimaron una manera de entender el mundo: el miedo al otro como motor político.
Ese modelo se ha multiplicado. Cada líder autoritario, cada influencer reaccionario, repite la fórmula de la provocación constante, del insulto calculado, del desprecio como entretenimiento. El lenguaje se volvió trinchera. La empatía, una debilidad. Y mientras tanto, el mundo se endurece, los cuerpos se vuelven blanco y las democracias se resquebrajan con aplausos de fondo.
II. Gaza, el fuego que no cesa
El reciente cese al fuego en Gaza se anuncia como un triunfo diplomático, pero en realidad es apenas una respiración prestada. ¿Cómo hablar de paz cuando más de 30 mil personas fueron asesinadas, cuando los hospitales son ruinas y la infancia es escombro? ¿Cómo creer en un acuerdo que no exige justicia, restitución ni memoria?
Israel continúa bloqueando alimentos, agua, medicinas; continúa ocupando, desplazando, destruyendo. Los cuerpos palestinos son tratados como estorbo, como residuo de una guerra que no termina porque el poder necesita que no termine. La tregua no es paz, es la administración del sufrimiento. Es la pausa en la masacre para que la prensa respire y el horror se vuelva invisible otra vez.
III. Lo que Israel prometió no repetir
Israel nació del dolor. Del horror inimaginable del holocausto y del juramento de “nunca más”. Pero “nunca más” se ha transformado en “nunca más para nosotros”, dejando fuera a quienes hoy padecen la violencia del Estado israelí. Las tácticas del exterminio –cercos, guetos, demoliciones, traslados forzosos– se han vuelto política pública.
Esa es la herida moral de nuestro tiempo: ver cómo un pueblo que sobrevivió al genocidio ha construido su propia maquinaria de despojo. No se trata de comparar dolores, sino de reconocer la repetición histórica de la impunidad. El trauma no puede ser justificación del abuso. El dolor no otorga derecho a destruir a otros.
La memoria, cuando se usa como arma, deja de ser advertencia y se convierte en dogma. Y un dogma que se impone con misiles deja de proteger la vida para servir al poder.
IV. Años luz de la paz
Estamos tan lejos de la paz porque el mundo no quiere justicia, quiere estabilidad. Quiere un orden que funcione aunque sea injusto. Porque la paz duradera no es la ausencia de balas, sino la presencia de dignidad. Y eso implica redistribuir, reconocer, reparar. Implica desmontar el racismo, el colonialismo, las fronteras que matan y las economías que necesitan guerras para sostenerse.
Pero eso exige renunciar al privilegio, y nadie en el poder está dispuesto a hacerlo. Por eso seguimos atrapados en un ciclo de treguas que no curan, de discursos que no cambian nada. Porque no se puede construir paz con las mismas manos que fabrican armas.
V. En esta vorágine, resistimos
Y, sin embargo, resistimos… Desde los márgenes, desde las trincheras pequeñas, desde la escritura. Resistimos cuando nombramos lo innombrable, cuando sostenemos la mirada ante el dolor ajeno. Resistimos cuando marchamos, cuando denunciamos, cuando nos negamos a normalizar la crueldad.
La resistencia hoy no es épica: es persistente. Es cuidar, es escribir, es acompañar. Es seguir creyendo que el futuro puede ser distinto aunque el presente duela.
Estamos tan lejos de la paz duradera, sí. Pero seguimos insistiendo porque cada gesto de solidaridad, cada palabra justa, cada abrazo que se niega a tener miedo es una grieta en el muro.
Y por esas grietas, tarde o temprano, entra la luz.
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