Comarca de Letras | Entre la justicia y el castigo: feminismos que no replican al patriarcado

agosto 21, 2025
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Por Brenda Macías

En el mapa político y emocional de nuestras sociedades, la figura de la víctima se ha convertido en un terreno de disputa. En los últimos años, las luchas feministas han cuestionado las formas en que el Estado, los medios y las instituciones moldean esa figura y deciden cómo debe administrarse la justicia. 

En América Latina y el Caribe, donde la violencia contra las mujeres es brutal y persistente, este debate ha cobrado una urgencia particular: ¿cómo defender la vida sin entregarle más poder al mismo aparato que nos oprime?

Lucía Núñez, en el prólogo “Seguridad y producción del miedo generizado en un mundo de víctimas” del libro El malentendido de la víctima de Tamar Pitch, ofrece una clave potente: los feminismos anti punitivos no buscan negar el daño ni borrar la violencia, sino resistirse a las lógicas binarias y jerárquicas que el patriarcado utiliza para sostenerse. Esos binarismos —bueno/malo, víctima/victimario, amigo/enemigo— no son neutrales. Funcionan como engranajes de una geopolítica global que clasifica, separa y jerarquiza a las personas para decidir quién merece protección y quién castigo.

En este marco, el feminismo punitivo aparece como una respuesta que, aunque parte del dolor legítimo y de la indignación ante la impunidad, termina usando las mismas herramientas que el patriarcado: endurecimiento de penas, expansión carcelaria, militarización de la seguridad. El problema es que estas medidas no atacan las raíces de la violencia, sino que la redistribuyen, reforzando las desigualdades sociales y raciales que ya estructuran nuestras vidas. No es casual que las prisiones en América Latina estén llenas de personas pobres, indígenas, afrodescendientes y migrantes: los mismos grupos que históricamente han sido tratados como prescindibles.

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Los feminismos anti punitivos latinoamericanos, por el contrario, se mueven en los “grises” que incomodan. No parten de la certeza de que siempre se puede identificar de forma clara a un culpable o a una inocente, sino que reconocen que las personas habitan múltiples posiciones a lo largo de su vida. Un hombre que golpea a su pareja puede haber sido, en otro contexto, víctima de violencia estatal o explotación laboral. Una mujer que sobrevive a una agresión sexual puede, a su vez, reproducir prácticas discriminatorias contra otras mujeres. Estas realidades no se ajustan al relato lineal de la justicia como un castigo ejemplar.

Este enfoque no es cómodo, porque obliga a abandonar la idea de que el punitivismo es sinónimo de justicia. Exige, además, pensar en modelos alternativos de reparación, donde la centralidad no esté en el encierro sino en la transformación de las condiciones que permiten que la violencia se reproduzca. Implica diseñar sistemas comunitarios de cuidado y resolución de conflictos, garantizar acceso real a derechos sociales y desmontar las estructuras de poder que alimentan la violencia patriarcal.

En un continente marcado por la represión policial, la guerra contra las drogas y las políticas de “mano dura”, el feminismo anti punitivo plantea una pregunta crucial: ¿podemos exigir justicia sin fortalecer al mismo Estado que criminaliza la protesta, militariza las calles y precariza nuestras vidas?

El reto no es menor. Significa enfrentarse a una narrativa muy arraigada que asocia el aumento de penas con seguridad, cuando la evidencia muestra que más cárcel no equivale a menos violencia. Significa también resistir la tentación de simplificar el mundo en dos bandos irreconciliables, porque esa simplificación —como bien advierte Núñez— es una estrategia de control que sostiene jerarquías de clase, raza y género.

El feminismo anti punitivo no es indulgente ni ingenuo. No se trata de “perdonar” en abstracto, sino de construir justicia de otra manera: una que no dependa de la cárcel como única respuesta, una que entienda que el verdadero antídoto contra la violencia no es el castigo, sino la transformación de las condiciones materiales y simbólicas que la producen.

En un mundo que nos quiere forzadas a elegir entre víctimas y victimarios, buenos y malos, amigas y enemigas, esta mirada feminista nos recuerda que la realidad es más compleja, y que en esos matices incómodos puede estar la semilla de una justicia verdaderamente liberadora.

MÁS DE LA AUTORA:

Brenda Macías

La Dra. Brenda Macías, arquitecta de palabras y exploradora incansable del conocimiento, es Candidata a investigadora nacional del CONAHCYT y Jefa del Departamento de Difusión del CIEG de la UNAM. Brenda no solo navega por los mares de la academia con destreza, sino que también se sumerge en los abismos de las ideas para sacar a la superficie reflexiones que iluminan y transforman. En cada texto de esta Comarca de Letras, Brenda teje puentes entre el rigor académico y la magia de la escritura, invitándonos a un viaje único por los paisajes de la mente y el corazón.

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