Comarca de Letras | Solidaridades selectivas

enero 26, 2026
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Por Brenda Macías

Hay declaraciones que parecen humanistas, pero al rascarle un poco revelan una vieja y conocida coreografía del poder. El gobernador Manolo Jiménez Salinas condenó el régimen de Nicolás Maduro y expresó su “respaldo al pueblo venezolano”. Una frase que suena bien, que cabe sin problemas en un tuit institucional y que tranquiliza conciencias. Pero ¿qué tipo de solidaridad es esa que se enuncia desde la comodidad del cargo y no desde la complejidad de la historia?

Nombrar a Venezuela como sinónimo de “fracaso”, “autoritarismo” o “populismo” es una fórmula gastada. Funciona porque simplifica. Porque evita pensar. Porque no obliga a mirar los efectos concretos de décadas de intervención económica, sanciones internacionales, disputas geopolíticas y una larga tradición latinoamericana de gobiernos debilitados por fuerzas externas que jamás se nombran cuando conviene construir un villano único.

Desde una mirada feminista esa narrativa no es inocente. Es una política del lenguaje que privilegia la fuerza, el castigo y la condena moral mientras borra los cuerpos que sostienen la crisis: mujeres que cuidan en contextos de escasez, madres que migran solas, abuelas que hacen filas interminables para conseguir alimentos, niñas y adolescentes expuestas a violencias múltiples en escenarios de precariedad. El “pueblo” al que se alude nunca tiene nombre, ni rostro, ni voz.

La solidaridad, cuando es real, no se proclama: se ejerce. Y ejercerla implica escuchar a las organizaciones feministas venezolanas, a las defensoras de derechos humanos, a las colectivas que documentan violencias, a las periodistas que arriesgan su vida para narrar lo que ocurre más allá del discurso oficial del gobierno venezolano y también del coro internacional que se frota las manos ante cada crisis ajena. Ante la explotación del petróleo en la mesa.

Resulta llamativo que quienes se apresuran a condenar regímenes lejanos guarden un silencio cómodo frente a las violencias estructurales que atraviesan sus propios territorios. ¿Dónde está la misma contundencia cuando se habla de feminicidios, desapariciones, precarización laboral o criminalización de la protesta en casa? La indignación selectiva también es una forma de poder.

Los feminismos nos han enseñado algo fundamental: no hay análisis político sin contexto, y no hay democracia posible sin una ética del cuidado. Defender la “libertad” a golpe de consignas punitivas no es defender a las personas. Es reafirmar una lógica patriarcal que cree que los problemas complejos se resuelven señalando culpables, nunca asumiendo responsabilidades compartidas.

Criticar al gobierno venezolano no es, en sí mismo, el problema. El problema es hacerlo desde un lugar que reproduce la narrativa colonial del salvador externo, del juicio moral sin autocrítica, de la solidaridad que no incomoda a nadie porque no exige nada.

Tal vez habría que preguntarse si lo que se ofrece no es apoyo al pueblo venezolano, sino un guiño político a una audiencia local que espera frases firmes, aunque vacías. Porque cuando la solidaridad no transforma, cuando no se traduce en políticas de acogida, cooperación regional, defensa efectiva de derechos humanos y mirada de género, no es solidaridad: es retórica.

Y de esa, en América Latina y el Gran Caribe, ya tenemos demasiada. 

¡Hasta la próxima entrega!

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