Con Brenda Cristán, el silencio no es vacío; es un tejido

febrero 23, 2026
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Por Kristel Reyes

Brenda Paola Cristán García nació en Guadalajara en 1977, pero su historia personal no pertenece a un solo lugar; por razones familiares pasó parte de su infancia y juventud saltando de una ciudad a otra, como Veracruz, Mérida, Cuernavaca, Monterrey, Tampico y, por último, Saltillo, donde reside desde hace poco más de 14 años.

Antes de asumirse artista, Brenda estudió arqueología. Ella cuenta que no llegó a esa profesión por casualidad: fue la fascinación por la historia y su conexión con la tierra la que desde niña le indicó el camino que podría tomar.

Recuerda que durante unas vacaciones de verano en Cuernavaca su papá construía una casa; fue entonces que encontró una pirámide enterrada bajo el lugar. Tras una llamada, los arqueólogos llegaron y Brenda “se les pegó como garrapata”, observando cada movimiento que hacían. Fue ahí que supo que quería dedicarse a eso.

“Y entonces andaba viendo todo lo que hacían y lo que sacaban… fue súper impresionante. Siempre me ha gustado la historia, soy cero matemáticas, cero física; o sea, de eso cero. Entonces, desde ese momento me dije: ‘Voy a ser arqueóloga’, y mis papás, medio locos, sí me dejaron estudiar arqueología”, comparte entre risas.

Ejerció su profesión por algunos años en Coahuila y Nuevo León, especializándose en grupos de cazadores-recolectores del norte del país, la lítica (el estudio de herramientas, armas y objetos fabricados en la prehistoria) y los petrograbados. Sin embargo, la arqueología —como ella misma dice— es una disciplina “celosa”, ya que el trabajo de campo exige ausencias prolongadas y desplazamientos constantes. Así, la rutina “común” se fue complicando cuando se convirtió en mamá a los 24 años; a partir de ahí algo comenzó a moverse de manera interna.

“Entonces, era muy complicado dejar a mi hija, aunque no tenía problema porque mi marido ha sido un padre muy presente, pero como que sí era muy difícil. Realmente me gustaba mucho (la arqueología), pero sentía que no iba por ahí”, confiesa.

Una pausa necesaria

El dejar su profesión no fue un abandono abrupto, sino un desplazamiento natural a una nueva etapa en su vida que le permitiría concentrarse en el presente. Recuerda que después de un periodo complicado en su vida familiar, el yoga apareció como una opción de ejercicio. Tiempo después de haber iniciado, su maestra le pidió que se quedara con sus clases y, al aceptar, Brenda jamás imaginó que ese “sí” la llevaría a más de dos décadas como instructora.

“Ni en la vida pensé ser maestra de yoga… Y aquí tengo 20 años dando clases”, comenta.

Brenda no concibe el yoga únicamente como un negocio; de hecho, le es “complicado” encasillarlo así, pues para ella es una práctica viva que huye de la era fitness para concentrarse en la presencia, la respiración y la pausa.

Su espacio no tiene nombre, ni redes sociales; simplemente es conocido como “El salón de yoga de Brenda”, que funciona gracias a los alumnos que llevan años regresando porque ahí, dicen, algo “sienta bien”.

“Es importante para mí que la gente no se vaya con la sensación de ‘hice mucho ejercicio y sudé’; el objetivo de mis clases es ayudarlos a reconectarse”, menciona.

Introspección como expresión artística

Paralelo a este camino corporal y espiritual, la creación “manual”, como ella le llama, siempre ha permanecido latente en su vida. Desde pequeña y como hija única durante una década, Brenda recuerda que era la niña de “dale los colores y que se entretenga”.

Sin embargo, ya como mujer adulta, Brenda encontró a través de una clase de quilting (técnica de costura que une tres capas de tela –superior, relleno y trasera– mediante puntadas) y patchwork (técnica de costura que consiste en unir retazos o pequeños trozos de tela de diferentes colores, formas y estampados para crear una pieza textil más grande, decorativa o funcional) la magia de la aguja, el textil y el hilo.

“Mi mamá casi me jaló a la clase y ya de ahí dije: ‘¡Wow! Esto me encanta porque no lo había hecho antes en mi vida’, y ahí fue como empezó”, cuenta.

Parte de su formación como artista o “su conexión” con el textil fue de manera autodidacta mediante videos de YouTube; luego buscando maestras, talleres y comunidades.

En un contexto donde el arte textil era visto como algo menor o doméstico, Brenda encontró en el bordado un espacio creativo, de meditación y profundamente expresivo, en donde lleva aproximadamente 15 años.

Después inició su clase en el taller Punta de Plata, donde desde hace una década toma sesiones con el artista y profesor Eleazar Montejano, quien la ha guiado con el dibujo. Pese a que Brenda Cristán no tuvo una formación académica en artes plásticas, hace tres años, en un taller en línea con la artista y curadora uruguaya Florencia Flanagan, de la Escuela Itinerante, le enseñaron que para expresarse en tela tenía que sentirse artista. Hoy, Brenda se reconoce y se nombra como tal.

Inspiración

Sobre su obra, aclara que su trabajo no tiene un orden o prioridad de ser, ya que surge del cuerpo y el silencio, del movimiento contenido en el yoga, del movimiento repetitivo del bordado y de la observación interna. Esos elementos permiten tener claridad en algún proyecto, creatividad y elementos que se hacen presentes en su mente.

Una de sus conexiones más grandes como artista es el mar; para ella, además de atractivo, es misterio por su grandeza y el poder que representa en la naturaleza, así como la vulnerabilidad que se siente al estar frente a él. “En mis piezas siempre hay algo de eso; se ha convertido en una de mis fuentes de inspiración”.

Dentro de su proceso de exploración artística, Brenda ha encontrado en la narración un espacio de experimentación. Como parte de un diplomado desarrolló un cuento infantil ilustrado; las piezas fueron concebidas primero como obras originales en dibujo a lápiz y textiles, para posteriormente escanearlas e imprimirlas.

El cuento nace de un recuerdo íntimo. La historia, llamada “Gotas de mar”, está inspirada en su abuela Sara, quien solía consolar a sus nietos recogiendo sus lágrimas en un pequeño frasco para después de decirles que esas gotas eran agua de mar. “De ahí nació todo”, recuerda Brenda.

Silencios

Brenda Cristán actualmente tiene una exposición en el Museo Rubén Herrera. Su obra más reciente, titulada “Silencios”, trata de un friso de más de 13 metros de largo realizado en fieltro grueso de lana, donde el color predominante es el gris, seguido de acentos rojos, rosados y gris claro.

El proceso de “Silencios” fue tan importante como el resultado. Brenda tardó cerca de un año en realizar la pieza, aunque la idea la acompañó durante más tiempo; su creación es intuitiva, fragmentada, hecha de pausas, cajones cerrados y regresos.

Para ella, bordar fue un acto de juego y exploración, un espacio personal donde no respondía a encargos ni expectativas externas.

“‘Silencios’ se llama así porque al final no existe un solo silencio, sino muchos. Hay silencios amorosos, tensos, silencios que deseas y otros que evitas. Esta pieza nace de los silencios que viví durante ese año de proceso”, agrega.

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