Detrás de los Datos | La fuerza callada de los colectivos sociales en Saltillo

agosto 25, 2025
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Por Andrés Flores & Daniel Cárdenas // CEDIL

Es una tarde lluviosa en el centro de Saltillo. En un café, de corte bohemio e independiente, seis jóvenes se sientan en sillas de mimbre. Sobre la mesa están las bebidas de algunos y también hay dibujos y unas consignas escritas a mano: “El agua no se vende”, “Mi hogar no es tu proyecto”. 

Son integrantes de colectivos que nacieron en el último lustro para hacer frente a distintas causas contra autoridades que, consideran, se pasan por alto los derechos humanos y el bienestar colectivo de los saltillenses. No tienen sede; buscan reunirse constantemente donde pueden.

Los colectivos sociales representan una manifestación de la ciudadanía organizada para impulsar cambios desde la base, mediante la participación comunitaria. Estas agrupaciones ciudadanas se unen para abogar por causas compartidas, que abarcan desde la protección del medio ambiente y los derechos humanos hasta el feminismo y el rescate cultural operando de manera independiente de los partidos políticos e instituciones. 

El CEDIL identifica al menos 25 colectivos activos en la ciudad, aunque la mayoría permanece poco conocida fuera de sus círculos inmediatos.

En los últimos cinco años la presencia de estas organizaciones ha marcado un cambio en la manera en que se construye el tejido social saltillense. Muchos nacen como respuesta a situaciones de injusticia: violencia familiar, desplazamientos, contaminación, gentrificación y discriminación, entre otras causas. Además de movilizar a vecinos, funcionan como espacios de apoyo emocional y redes de solidaridad.

Pero no todos los colectivos son bien recibidos. La defensa del territorio suele chocar con intereses privados; la exigencia de justicia, incluso, suele incomodar a las autoridades. Las expresiones artísticas críticas generan tensiones con sectores conservadores. 

Jóvenes con poco tiempo y muchos obstáculos

En Coahuila la población joven (de 12 a 29 años) representa 30.3% de los habitantes, de acuerdo con el Consejo Nacional de Población (2020). En Saltillo gran parte de quienes integran los colectivos son menores de 30 años, pero su participación es limitada.

El motivo no es simple apatía. La mayoría enfrenta lo que especialistas denominan pobreza de tiempo: jornadas laborales largas, tareas escolares, responsabilidades domésticas y traslados que pueden sumar hasta tres horas al día. 

“Salgo del trabajo a las seis, llego a casa a las siete y media… ¿A qué hora me organizo?”, pregunta César, de 29 años, miembro de un grupo de movilidad alternativa.

El ritmo industrial de Saltillo, centrado en la productividad y eficiencia, deja poco margen para el compromiso social. A esto se suma la falta de espacios seguros y accesibles: plazas con pobre iluminación, ausencia de mobiliario básico, centros culturales con permisos costosos y zonas donde la percepción de inseguridad disuade reuniones, sobre todo en temas sensibles como migración o violencia de género.

En pocas palabras, el trabajo, la escuela, las responsabilidades domésticas, así como los tiempos de traslados, e incluso el uso de redes sociales, nos mantienen ocupados y distraídos de nuestra realidad ambiental y social. Bajo estas condiciones, la idea de sumarse a un colectivo parece percibirse como una carga en nuestra ajetreada vida, incluso cuando esos mismos colectivos sociales buscan mejorar precisamente los factores que la vuelven así.

¿Por qué ahora hay más movimientos sociales?

Para nadie resulta ajeno que Saltillo ha crecido exponencialmente en la última década. Este proceso no sólo implica cambios urbanísticos y que el número de población se incremente, también se catalizan ciertos procesos culturales de diferenciación. 

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La diferenciación social repercute en los movimientos civiles de varias maneras fundamentales, principalmente al dar origen a las condiciones de heterogeneidad, desigualdad y conflicto que a menudo impulsan la acción colectiva y la formación de movimientos. 

Esta diversidad genera desafíos de integración y una distribución desigual de recursos y poder creando experiencias, visiones del mundo y oportunidades de vida distintas según la posición social o económica.

En ese sentido, la diferenciación social no es un proceso pasivo, sino un motor del cambio social. Los movimientos sociales emergen como reacciones a las tensiones, injusticias y fallas en la coordinación o distribución de recursos, con el objetivo de redefinir las estructuras existentes. 

El costo de no participar

Cuando la participación ciudadana es baja, el tejido social se debilita. La ausencia de voz colectiva permite que problemas como la desigualdad, la violencia o el deterioro ambiental pasen inadvertidos o se normalicen.

Vecinos del Centro de Saltillo han expresado preocupación por el notable aumento de estacionamientos en los últimos dos años. Esta proliferación ha llevado a la demolición de sitios históricos, como la Sociedad Manuel Acuña en la calle Morelos, casi esquina con Juárez. La falta de apoyo y organización ciudadana permitió que proyectos de estacionamientos privados prevalecieran sobre la conservación de emblemas del centro de la ciudad. Casos así muestran cómo, sin acción comunitaria, las decisiones recaen en unos pocos, ampliando la brecha entre autoridades y ciudadanos erosionando la confianza.

Más que una causa, un derecho

Los colectivos sociales no son un lujo ni un pasatiempo: son herramientas de defensa y transformación. Permiten a la ciudadanía ejercer su derecho a decidir sobre su entorno y a crear soluciones desde la base.

Saltillo tiene un capital humano capaz de impulsar cambios profundos, pero requiere condiciones adecuadas: espacios públicos funcionales, jornadas laborales menos extensas, políticas que fortalezcan la participación y un diálogo real con las autoridades.

“El cambio no va a venir por decreto”, dice Ródrigo, de “Saltillenses Organizados por el agua”. 

“(La transformación) va a llegar de la suma de voluntades, de organizarnos, aunque sea en una mesa de plástico”.

La noche cae en Saltillo, pero las redes invisibles que sostienen la ciudad siguen tejiéndose, lejos de reflectores, con la fuerza callada de quienes creen que otra ciudad es posible.

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