Por Kristel Reyes
Desde hace tres décadas Félix Alcalá Pérez, su esposa, Noemí Elizabeth Muñiz, y su familia se han dedicado a alimentar a generaciones de estudiantes del Tec de Saltillo con su negocio, La Pasadita de Don Félix.
En punto de las cinco de la mañana un olor a salsa recién molida, barbacoa y frijoles cocidos anuncia que el día ha comenzado en La Pasadita de Don Félix, un rincón que, por décadas, se ha consolidado como una de las loncherías favoritas para la comunidad del Tecnológico Nacional de México, campus Saltillo.
Don Félix, junto con su familia, ha construido una historia que trasciende lo culinario, pues su negocio ha acompañado a los alumnos que cursan sus estudios en este plantel.
🗞 | Suscríbete aquí al newsletter de El Coahuilense Noticias y recibe las claves informativas del estado.
La historia de La Pasadita comienza en 1993, cuando un recorte de personal inesperado dejó sin trabajo a don Félix. Fue entonces cuando decidió abrir su negocio.
“Cuando me tocó el recorte en Chrysler Motors Saltillo recordé que tenía este local que mi papá me había dado. Como había muchos estudiantes, me di cuenta de que no había tiendas cerca y decidí establecerme aquí. Gracias a Dios, pegamos”, recuerda Don Félix.
En ese entonces, relata, no existían los otros edificios que conforman al tec. “Cuando yo llegué sólo estaba el edificio principal. Donde ahora están los laboratorios de cómputo y los salones R –que fue lo último que hicieron–; cuando llegué en 1993 el Tec sólo era la barda alta; todo lo demás era puro monte”.
Sin saberlo, esa decisión marcaría para don Félix el inicio de un vínculo entrañable entre él y los alumnos. Con el tiempo, La Pasadita se convirtió en un punto de reunión entre clases, un refugio lejos de casa.
💬 | Únete a nuestro canal de WhatsApp para que recibas las noticias y trabajos destacados de El Coahuilense Noticias.
“No es una regla del Tec, pero la mitad de los muchachos son foráneos. No conocen la ciudad y, aunque viven a tres cuadras, se vienen en taxi. Ya yo les digo por dónde caminar. Trato de aconsejarlos para que no se agüiten si llegan a reprobar; siempre les digo que perdieron una batalla, pero no la guerra”, cuenta.
Un lugar con alma
Con el tiempo, La Pasadita se transformó en un espacio donde la comida se mezcla con el afecto. Su trato cercano y su disposición para ayudar lo han convertido en una figura entrañable para los jóvenes estudiantes.
“A veces los muchachos me preguntan dónde quedan los salones o por los maestros, y yo les contesto por experiencia de otros muchachos. A ellos los veo como unos hijos porque llegan muy chiquitos, de 17 o 18 años, y los que están en octavo y noveno semestre ya tienen 23 o 24 y saben cómo se mueven las cosas aquí en el Tec”, comparte.
Durante la jornada laboral en La Pasadita es habitual ver a don Félix platicar con los jóvenes, fiarles burritos, recibir regalos de exalumnos o atender con familiaridad a quienes entran por primera vez al local. Su trato cercano ha causado admiración, cariño y complicidad entre él y los jóvenes.
“Si algún chico no trae para pagar, siempre les digo que no pasa nada, que lo importante es que no se queden sin comer porque yo lo sufrí en mi niñez: nomás estar viendo a la gente comer y yo no.
“Es bien difícil. Por eso les digo: ‘No pasa nada, ahí luego me lo pagas’. Luego vienen a pagarme el peso o los cinco pesos que me debían, y yo ya ni me acordaba. A veces me hacen llorar porque me cuentan que hace diez años que salieron, se fueron al otro lado, y cuando regresan a ver a sus familias, vienen a verme a mí y me traen regalos sin yo pedírselos”.
Con los años, don Félix ha sido testigo de los cambios en la institución y, sobre todo, del cambio cultural y tecnológico de las nuevas generaciones que día a día se presentan en el Tec Saltillo.
“Todo cambia en esta vida. Ayer platicaba con unos muchachos que se perdió todo lo de las barriladas, pasteladas, el día guinda, la carrera… Las costumbres se fueron perdiendo. De unos ocho o diez años para acá se fueron perdiendo. Antes la gente platicaba más; no sé si por la tecnología o qué, porque ahora todos están viendo el celular y ya casi no hablan. Pero bueno, así cambian los tiempos”, reflexiona.
Durante la pandemia, incluso él tuvo que adaptarse para que su negocio siguiera a flote. Cuenta que antes de la emergencia sanitaria no usaba el celular, y fue gracias a su hijo que aprendió a utilizarlo y adoptó esta herramienta como apoyo para La Pasadita.
Cariño y constancia
“En 2021, cuando regresamos, ya habían construido el puente y dijimos: ‘¿Y ahora cómo les vamos a vender?’. Fue cuando mi hijo me enseñó a usar el celular y a pasarles mi número a los muchachos para que, cuando necesitaran algo, me llamaran. Ya yo les dejo la comida abajo del puente, les mando el menú, o aquí pueden poner el QR y ver lo que hay”, comparte.
Su vínculo con el Tec va más allá de la comida. En 2023, durante la protesta estudiantil, Don Félix apoyó a los alumnos ofreciéndoles café, leche caliente o incluso un lugar donde podían calentar su comida.
“Yo les decía: ‘Tráiganme la leche o su lonche, yo se los caliento’. Me pedían chocolate para los que hacían guardia. Luego, cuando todo se acabó, Rocha me contó que habían ganado y me invitaron a la foto. Me empezaron a echar porras: ‘¡Usted es parte de nosotros, don Félix!’”, cuenta con una sonrisa en el rostro.
Aquella imagen se hizo viral, y fue entonces cuando exalumnos de distintas generaciones comenzaron a reconocerlo y a compartir la fotografía junto con historias de cómo don Félix les fiaba la comida o les daba consejos oportunos.
Parte del éxito de La Pasadita está en la sazón de su esposa, Noemí, quien a lo largo de la existencia de la lonchería se ha encargado de cocinar por más de tres décadas.
“La gente dice: ‘Sabe igual que hace 20 años’. Y es que es la misma mano. Cuando alguien nuevo llega, ella le enseña. Está al pendiente de todo: que no salga salado, que no falte nada, que todo se haga igual”, dice don Félix.
Juntos han mantenido viva una tradición que, más que un negocio, se ha convertido en un legado familiar. Hoy, algunos exalumnos llevan a sus hijos o hermanos a comer ahí y se los encargan a don Félix.
“Conozco a más de cien que ya tienen a sus hijos estudiando en el Tec. Por ejemplo, está Arturito López, que me regaló esta chaqueta con el logo del Tec y con el de la empresa en Kentucky en la que está trabajando. Él tiene una hermana aquí en primero y me dijo: ‘Cuando se le acabe el peso a mi hermana, écheme la mano, no me la deje sin comer, yo le deposito’. Y ya le digo que no hay problema. Por eso, cuando regresan o me ven en las tiendas, algunos hasta me hacen llorar”.
En el Tec Saltillo los edificios cambian, los alumnos se renuevan y las generaciones pasan. Pero hay algo que permanece: la sonrisa de don Félix al entrar por la puerta de La Pasadita; y es que este lugar se ha consolidado como uno de los rincones con más historia, tradición y compañerismo para los “Burros pardos” del Tecnológico Nacional de México, campus Saltillo.
“Que recuerden que aquí tienen un amigo, y si un día no traen dinero, no pasa nada. Aquí está mi vida. Mientras Dios nos dé vida, aquí seguiremos”, dice don Félix.





