Por Hiroshi Takahashi
Mucho antes de que los políticos mexicanos descubrieran el poder de los bots, los coros de youtubers, las banderas de anime y los hashtags en español, Washington ya había entendido que la política en este siglo se iba a jugar en las redes.
En octubre de 2009, Jared Cohen y Alec Ross llegaron a México junto con varios representantes de empresas de tecnología e inconformes que hacen política con las redes sociales. Estos dos sujetos, los miembros más jóvenes del Departamento de Estado de EU, que encabezaba Hillary Clinton, llamaron a estas misiones techdels, technological delegations, y las llevaban a cabo prácticamente en todo el mundo.
Jesse Lichtenstein, quien por lo general escribía en The New Yorker o The Economist, así como en la revista favorita de Bill Gates en ese entonces, Slate, publicó un texto en 2010 en la revista de The New York Times, en la que explicaba que eso se había convertido en una nueva rama de la diplomacia estadunidense. Cohen y Ross reúnen a desarrolladores de software, emprendedores y directores generales de empresas de tecnología y les piden que piensen en formas poco convencionales de promover la democracia y potenciar el desarrollo, recordaba Lichtenstein en su texto titulado Digital Diplomacy. Mientras las delegaciones viajaban por el mundo como laboratorios de ideas, se pensaba en la entrega de mensajes clave, asignaciones específicas que los miembros del grupo debían concretar. Les llamaban deliverables, o entregables.
Esta invitación me llegó el 13 de octubre de 2009: “Invitamos atentamente a su medio de comunicación a cubrir la Cumbre de la Alianza de Movimientos de Jóvenes 2009 (AYM, por sus siglas en inglés). El evento reunirá a particulares, funcionarios de gobierno, académicos y líderes del sector privado de todo el mundo para promover cambios sociales positivos a través del uso de la tecnología y las herramientas del siglo XXI. La Subsecretaria de Estado de los Estados Unidos para Democracia y Asuntos Globales, María Otero, y el Embajador de Estados Unidos en México, Carlos Pascual, inaugurarán la cumbre. Entre los ponentes también se encontrarán el Secretario de Gobernación, Fernando Francisco Gomez-Mont Urueta; el cofundador, director ejecutivo de Howcast y miembro de la Alianza de Movimientos de Jóvenes, Jason Liebman; el fundador y presidente de Twitter, Jack Dorsey, y el director de noticias y programación política de Youtube, Steve Grove”.
Llegué a entrevistar al punk Jack Dorsey. Destacó que se había reunido con Carlos Slim la noche anterior, junto con algunos amigos. Me dijo que lo había convencido de abrir una cuenta en su empresa y que habían platicado sobre la inseguridad y algunas formas en las que se podía combatir con tecnología. “No creo que Twitter pueda usarse para frenar la violencia, pero sí creo que puede utilizarse para alertar sobre lo que está pasando alrededor de una comunidad, del país y del mundo”, me dijo Jack Dorsey, durante una charla que sostuvimos en un hotel de Polanco, sin ser acosado por los medios de comunicación que prácticamente desconocían o ignoraban el peso de este personaje, nadie sabía todavía qué era Twitter y costaba trabajo describir el concepto. Además de Dorsey, andaba por ahí Óscar Morales, de Un Millón de Voces Contra Las FARC, de Colombia; Yon Goicoechea, del Movimiento Joven de Venezuela, y Natalia Morari, de ThinkMoldova.
Natalia Morari es otro de los personajes que me asombraron con su presencia en México, pues yo la admiraba desde hacía meses, cuando inició una revolución con mensajes de texto y Twitter en Moldavia. “Esta revolución fue increíble e inesperada, ya que Moldavia es un país apolítico. Para la gente, los políticos son puros manipuladores, que roban dinero, que hacen lo que les da la gana y que no se preocupan del pueblo. Entonces poder convencer a tanta gente a salir a las calles y denunciar las políticas comunistas fue un gran éxito que nunca podíamos imaginar el impacto de puros mensajes dejados en Twitter y celulares”, nos dijo.
La crónica de Jesse Lichtenstein en The New York Times Magazine recordaría después que la techdel de Cohen y Ross tenía un objetivo muy concreto en México: “generar soluciones novedosas para luchar contra el tráfico de narcóticos”. Estados Unidos gastaría más de tres mil 500 millones de dólares ese año para frenar el tráfico de drogas, gran parte en México. Tan solo Ciudad Juárez acumulaba en 2009 unos dos mil 600 homicidios. La colusión entre pandillas y fuerzas policiacas impedía que los testigos denunciaran. Ross lo resumía así: “La falta de confianza en la policía es una gran parte del problema. Todo el concepto de denuncia criminal anónima se ha perdido”.
Jared Cohen, el joven funcionario que empujaba esa diplomacia digital, lo resumía con franqueza: las herramientas tecnológicas pueden ser usadas con fines negativos. “Podemos temer que no lo podemos controlar e ignorar el espacio, o podemos reconocer que no podemos controlarlo, pero podemos influenciarlo”.





