Por Hiroshi Takahashi
Durante años México habló de soberanía energética, soberanía alimentaria y soberanía política. Ahora el nuevo mantra tiene ciencia ficción y silicio dentro: soberanía tecnológica.
El concepto apareció en discursos, conferencias mañaneras y documentos oficiales hasta terminar convertido en una promesa de Estado: “Convertir a México en una potencia científica y tecnológica soberana, orientada hacia un desarrollo con bienestar y prosperidad”.
El documento publicado ayer en el Diario Oficial por InnovaBienestar —la nueva criatura tecnológica del gobierno— arranca admitiendo una realidad incómoda: México depende del extranjero. Depende de sus patentes, de su tecnología y hasta de la capacidad ajena para convertir ideas en productos.
El texto reconoce una brecha histórica de innovación y un país que sigue mirando hacia afuera cuando necesita soluciones propias. “Existe una marcada dependencia tecnológica del extranjero, especialmente en áreas de alta tecnología”.
El gobierno quiere construir soberanía tecnológica, pero primero tuvo que escribir oficialmente que no la tiene. “La dependencia tecnológica del exterior es una de las principales problemáticas presentes en el país”.
Y entonces aparece InnovaBienestar, antes Corporación Mexicana de Investigación en Materiales, ahora convertida en Sociedad Anónima Promotora de Inversión de Capital Variable: una empresa estatal diseñada para atraer inversión, incubar negocios y hasta comercializar tecnologías desarrolladas por otros centros públicos. “Figura que le permite atraer inversión, crear startups y proyectos estratégicos con alto potencial de crecimiento”.
La idea parece tomada más de Silicon Valley que de la vieja burocracia mexicana: un híbrido entre Estado, laboratorio y empresa.
No es menor el cambio. Durante décadas los centros públicos de investigación produjeron conocimiento que muchas veces terminaba atrapado entre tesis, artículos especializados o proyectos piloto que nacieron muertos. Ahora la intención es otra: convertir ciencia en negocio, investigación en producto y desarrollo tecnológico en mercado. “Se abre la posibilidad de ser el brazo comercializador de tecnologías y desarrollos tecnológicos de otros”.
La gran apuesta se llama Kutsari. El Centro Nacional de Diseño de Semiconductores tiene una misión casi geopolítica: diseñar chips para sectores estratégicos —automotriz, defensa, salud, telecomunicaciones, seguridad— y colocar a México dentro de una cadena global dominada por Taiwán. “Busca que México sea un actor clave en la manufactura avanzada”.
El proyecto incluso se fija plazos: consolidar operaciones en 2030 y avanzar posteriormente hacia capacidades de fabricación. “En 2030 se consolida, en una primera etapa, la operación del Centro Nacional de Diseño de Semiconductores Kutsari”.
Suena enorme. Y quizá ahí aparece otra contradicción. El mismo documento reconoce que Kutsari necesitará alianzas internacionales y acuerdos con fundaciones líderes a nivel mundial para garantizar viabilidad y manufactura.
Es decir: la ruta hacia la soberanía comienza dependiendo de otros. No es una crítica, es una descripción de cómo funciona hoy el mundo. Nadie construye semiconductores aislado. Ni siquiera las potencias tecnológicas. China no puede.
Más aún cuando aparece el dato que explica casi todo: México destinó apenas 0.27 por ciento del Producto Interno Bruto a investigación y desarrollo experimental, muy lejos del 1 por ciento recomendado por la UNESCO. La cifra parece pequeña hasta que se entiende lo que significa: un país quiere entrar a una carrera de Fórmula Uno con presupuesto de taller local.
No queremos sonar como los amargados de siempre, pero la tecnología no funciona por decreto. Los chips no nacen de discursos. Las cadenas industriales no se construyen únicamente con voluntad política. Pero quizá lo más interesante del documento es otra cosa: por primera vez el gobierno parece aceptar que producir conocimiento no basta; también hay que venderlo, escalarlo y convertirlo en riqueza. “La única forma en que InnovaBienestar puede alcanzar su objetivo de sostenibilidad financiera es generar productos tecnológicos de alto valor”.





