Por Ethel Arredondo
José Ismael García Valadez tiene 44 años, nació en la colonia Victoria de Torreón y hoy es conocido por los vecinos de la parroquia Santa Cecilia como el “Padre Cholo”.
Su apariencia rompe con la imagen tradicional del sacerdocio: a él le gusta portar su gorra, playeras oversize, bermudas y tenis. Todo lo combina con su sotana, sin dejar de lado sus frases de barrio. Aun así, él mismo lo aclara desde el inicio: “A lo mejor aquí me veo diferente, pero no soy distinto: soy un sacerdote”.
Esa frase resume su atípico perfil que podría creerse no le suma mucho crédito, pero que le ha ayudado a tener más cercanía con la gente, sobre todo con los jóvenes y padres de familia.
“No te olvides de dónde vienes para poder tratar a todos igual”, dice al compartir que le gusta visitar y caminar entre los puestos del Mercado Alianza, donde creció y recuerda mucho a su padre. “Yo soy el hijo del frijolero de La Alianza”, comenta con una sonrisa y mucho sentimiento.
Raíces
De niño corrió entre los puestos de los vendedores, bultos de papa y cebolla, y el olor particular del sector lo regresa a aquellos años de juegos y risas. “La Alianza huele a tomate, a carne… y a mota, la neta”, dice. “Yo siempre digo que fui un marihuano pasivo porque todos fumaban menos yo. Yo nomás olía y decía: ‘ah, qué rico huele’”.
Su infancia estuvo ligada a ese ambiente. “Haz de cuenta que nunca me despegué de donde nací, porque siempre estuve cerca del barrio”, relata. Aunque sólo vivió en la colonia Victoria hasta los cuatro o cinco años, su vida transcurrió entre el Centro y la Alianza, donde su papá trabajaba. “Como mi papá vendía frijol, por eso a mí me decían El Chino. Ahí me crié trabajando; cargaba bultos para llevar algo a mi casa”.
Ese entorno, dice, le marcó para siempre: “Ese olor me recuerda mis raíces, me recuerda a mi papá que está en el cielo y al lugar donde me crie. Me recuerda que nací trabajando y voy a seguir trabajando, nomás que ahora trabajo de otra manera”.
Su relación con la Iglesia comenzó más por obligación que por devoción. “Mi mamá me llevaba a fuerzas. Me decía: ‘Si no vas…, tú sabes’, y ese ‘tú sabes’ me sonaba a vinagre con un guamazo en la nuca con una llave Stillson”, recuerda entre risas.
Servir a Dios
En una de esas idas a misa vio un cartel vocacional en la Catedral del Carmen. Pensando que ahí no habría que estudiar matemáticas, entró al seminario a los 15 años, y decidió dejarlo a los 20.
“Anduve como cualquier joven: conviviendo, viviendo chido. Tenía morra y amaba mi vida, pero un día dije: ‘Esto ya me sabe a vinagre’. Entonces, regresó al seminario a los 25 años y se ordenó sacerdote casi a los 34. Desde entonces ha dedicado su vida a Dios.
Ha servido en Matamoros, en el seminario y en la parroquia de La Perla, donde estuvo seis años. Ahora está en Santa Cecilia, en la colonia Las Julietas de Torreón, otro sector popular donde, dice, lo que más lo impacta es la cantidad de niños y jóvenes criados por abuelos.
“Los morros están siendo criados por las abuelitas. Son como una pelotita, como un badajo de campana: dando vueltas a ver quién los abraza”, explica.
Su acompañamiento se concentra en apoyar primero a los cuidadores: “Uno les echa porras a las abuelitas y las apoya en lo que se pueda”.
En su experiencia, lo que más afecta a los jóvenes en situación de riesgo no es sólo la falta de oportunidades, sino la carencia emocional. “No puedo decir nombres porque es privado, pero sí me ha tocado muchos que han ‘soltado el cable’”, relata con satisfacción, pues con sus palabras los ha ayudado y evitado un final trágico.
Lo que necesita alguien en ese estado, afirma, es simple: “Estar con ellos. Preguntarles: ‘¿cómo estás?, ¿qué se te ofrece?’. Eso los salva”.
Sobre el origen de las adicciones, es directo: “Ahorita lo que domina es la depresión y la frustración. La depresión por lo que vivieron de niños; la frustración por no tener lo que otros tienen: teléfono, papá, oportunidades. Muchos sólo quieren huir del sufrimiento”. A su juicio, lo contrario es lo que sana: “Alegría, cercanía y amor. Eso. No hay más”.
Cura de barrio
Además de su trabajo parroquial, participa en la pastoral penitenciaria. “Voy a la cárcel, sí. Ayudamos a las personas privadas de su libertad, así se dice técnicamente”, comenta.
Su mensaje dentro del penal combina responsabilidad y esperanza: “Nuestros actos tienen consecuencias; yo no voy a decir ‘sáquelo’. Cada quien paga lo que hizo. Pero dentro de esa consecuencia también está el arrepentimiento. Les decimos: ‘Cumpla como se debe, pero salga transformado’”. Desde ahí repite un recordatorio que considera fundamental: “Dios es misericordia, amor y ternura. Muchas veces el que más te castiga eres tú mismo”.
Su estilo relajado ha generado comentarios, pero asegura que no le ha causado conflictos con sus superiores. “Yo respeto cada norma; todas nuestras rúbricas las respeto”, afirma.
Recuerda que incluso en el seminario sí le llamaban la atención por su ropa: “Mi mamá me decía: ‘Mijo, si a ti siempre te han regañado’. Y hace poquito me dijo: ‘Usted sea como quiera, pero que no se te olvide que eres padre’”.
Aun así, asegura que ha encontrado comprensión: “Estoy muy agradecido con mi obispo porque desde que llegó aquí me conoció así, como ando. Algún padre sí me ha dicho: ‘Oye, cámbiate’, pero yo les digo: el hábito no hace al monje; lo hace el corazón”.
Esa imagen relajada también lo ha llevado a confusiones. En su parroquia actual, ubicada en una zona de presencia migrante, lo tomaron por uno de ellos cuando llegó. “Pensaban que yo era migrante. Una señora dijo: ‘Mira, dale un vaso de agua’. Y yo: ‘Eh, ¿qué pasó?’”. Hoy acompaña a quienes pasan por la ruta. “Entrar en la vida de quien tomó la decisión de migrar es bonito”, afirma.
La cercanía de barrio marca su relación con la gente. “Es impresionante: vas en la calle y los niños te dicen: ‘¡Quiúbole, padre!’, ya te hacen la seña de paz con la mano”, explica. Con los adultos ocurre un fenómeno particular: “Me dicen: ‘Padre, yo vengo porque usted está aquí’. Y yo les digo: ‘¿Y yo qué te hice?, ¿qué culpa tengo?, en broma”.
Aunque ya no vive en la colonia Victoria y su mamá se mudó a otra zona, continúa visitando de vez en cuando el sector. Sabe que muchos amigos de su infancia han muerto, “incluso por cuestiones fuertes”, pero conserva el vínculo con su origen.
Cuando se le pregunta cómo se define hoy, responde con la misma naturalidad con la que habla de su barrio, de la cárcel o de los jóvenes: “Yo no estoy peleado con nada ni con nadie. Yo así me he vestido siempre. Así soy feliz. ¿Qué tiene de malo?”. Luego agrega: “La gente que me conoce siempre se está riendo conmigo. Yo me considero un sacerdote feliz”.
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