Por Jaime Martínez Veloz
Hay vidas que no se archivan. Hay hombres que no caben en una lápida. Hay luchas que siguen caminando, incluso cuando el cuerpo ya no está.
Francisco “Pancho” Navarro Montenegro fue uno de esos hombres. No fue político de escritorio ni ingeniero de planos fríos. Fue constructor de realidades, sembrador de dignidad, organizador de lo imposible. Y sobre todo, fue hermano. Compañero de lucha. Un hombre que, en medio de la adversidad, supo tender la mano, compartir el pan, y recordarnos que la política no es privilegio: es servicio.
Lo conocí en los años duros, cuando la Universidad Autónoma de Coahuila era campo de batalla por la dignidad académica. Yo era presidente de la Sociedad de Alumnos de Arquitectura. Pancho, estudiante del Tecnológico, cruzaba fronteras institucionales que otros consideraban infranqueables. No había relación formal entre el TEC y la UAC, pero él no pedía permiso para ser solidario.
Lo recuerdo apoyando a nuestra sociedad de alumnos. Lo recuerdo respaldando a los trabajadores de la Tendencia Democrática del SUTERM. Lo recuerdo en la Chamizal, defendiendo el derecho al agua, al drenaje, a la luz. Lo recuerdo en las asambleas del PST, en la fundación de Pueblo Insurgente, en los plantones frente al Palacio de Gobierno. Siempre serio. Siempre firme. Pero con una ternura que no necesitaba palabras.
Nuestra fraternidad no se forjó en cafés ni en oficinas. Se forjó en la calle. En la marcha. En el volante repartido bajo la lluvia. En el cansancio compartido. En la rabia convertida en propuesta.
Caminamos juntos hacia México en 1984, exigiendo elecciones limpias en la UAC y denunciando el uso corrupto de los fondos universitarios. Pancho no era universitario en papel, pero era más universitario que muchos que hoy presumen títulos. Porque entendía que la educación sin justicia es ornamento, no transformación.
Tenía una capacidad organizativa que asombraba: disciplinado, metódico, incansable. Pero lo que más me marcó fue su sensibilidad social. Detrás de su gesto adusto vivía un corazón generoso, capaz de quedarse sin nada con tal de que otro tuviera algo. Y si alguien intentaba sorprenderlo, lo mandaba al carajo sin perder la compostura. No era ingenuo. Era justo. Y eso, en estos tiempos, es revolucionario.
Y claro, hubo quienes nunca lo soportaron. Esos que se creen dueños de la ciudad porque heredaron terrenos, apellidos y trajes bien planchados, pero que jamás han pisado una colonia sin pavimento. Esos que se incomodan cuando el pueblo habla, cuando el pueblo exige, cuando el pueblo organiza. Intentaron defenestrarlo, caricaturizarlo, silenciarlo. Pero no pudieron. Porque Pancho no buscaba aplausos. Buscaba justicia. Y la justicia no se negocia. Se conquista.
Fue operario en Moto Islo. Huelguista en Cinsa-Cifunsa. Resistente frente al Grupo Industrial Saltillo. Fundó partidos. Regularizó colonias. Llevó servicios básicos a donde antes solo había abandono. Fue diputado federal, diputado local, candidato a gobernador. Pero más allá de los cargos, fue el organizador de los sin voz. El que caminaba con los colonos. El que escuchaba a las mujeres insurgentes. El que sabía que la política empieza en la banqueta, no en el boletín.
Después del sismo del 85, Pancho no se escondió. Fue a reconstruir viviendas en el Distrito Federal. Porque su compromiso no tenía fronteras. Y cuando los gobiernos miraban hacia otro lado, él miraba de frente.
Magdalena, tú lo sabes mejor que nadie. Tú caminaste con él. Tú organizaste con él. Tú sembraste con él. Por eso este reconocimiento también es tuyo. Porque Pancho no caminó solo. Caminó contigo. Y contigo, caminamos todos.
Hoy, desde el Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez”, decimos con convicción:
Francisco Navarro Montenegro vive. Vive en cada colonia regularizada. En cada niño que hoy tiene escuela. En cada mujer que se organizó. En cada marcha que no se detuvo. Vive en la memoria de quienes no se rinden. Vive en la dignidad de quienes no se venden.
Y mientras haya injusticia…Habrá Pancho. Porque su legado no es pasado. Es destino.
Gracias, Magdalena. Gracias, Pancho. Gracias a todos los que siguen creyendo que otro país es posible.





