Sierra Mojada, Coahuila.– Dolores Vázquez Careaga pensó que el mundo se iba a terminar en seco, no con un estruendo, sino con eso que parecía el silencio. Iba en la parte trasera de un camión polvoso, apretada entre cajas, maletas y niños somnolientos, viendo cómo el camino se hacía más angosto y el desierto más grande.
Tenía 14 años de edad, venía desde Concepción del Oro, Zacatecas, rumbo a un punto que no aparecía en los mapas.
“Yo decía: Yo creo que voy a topar con la pared del mundo. Me imaginaba la tierra como una bola y que el camión iba a pegar en la pared”, recuerda.
Cuando por fin llegaron, no había calles, ni luz, ni iglesia, ni escuela. Apenas un rancho rentado, unas casitas de madera clavadas en medio del desierto y un cerro al que le decían “El Uno”.
“Nos pusieron llaves de agua en cada casita, y a trabajar. Aquí no había nada. Ni luz, ni seguridad, ni doctor, ni escuela. Nomás el cerro y el fierro”, señaló Dolores Vázquez, habitante de la comunidad de Hércules
…Todavía no se llamaba Hércules.
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Hoy es una localidad del municipio de Sierra Mojada, Coahuila, enclavada en el Bolsón de Mapimí, en pleno desierto de Chihuahua y Coahuila. Está a 275 kilómetros al noroeste de Cuatro Ciénegas y a unos 160 de Camargo, Chihuahua, unida por caminos de terracería. Durante décadas fue el principal centro minero de hierro de la región y llegó a ser la localidad más poblada del municipio.
Para llegar por Camargo, hay que recorrer más de 80 kilómetros de terracería en dónde no hay señal telefónica y cuando hay lluvias, hace que el camino se transite en poco más de tres horas y media. De vez en cuando los menonitas, que tienen campos de cultivos muy cerca de Hércules, “cepillan” la terracería para que sea más transitable.
Dolores hoy tiene 82 años de vida y recuerda el origen como si hubiera ocurrido hace algunas horas: “Hubieran venido ayer que me acordaba de todo”. Aquel rancho donde primero se instalaron tenía una noria recién abierta. Los ingenieros a cargo de la obra mandaron hacer una casa grande de madera para ellos y casitas más pequeñas para los demás.
“Nos pusieron llaves de agua en cada casita, y a trabajar. Aquí no había nada. Ni luz, ni seguridad, ni doctor, ni escuela. Nomás el cerro y el fierro”, dice.
Los hombres subían al cerro con huaraches, talache y marro. Quebraban las piedras con cuñas, las echaban a rodar hasta las carretillas y de ahí al camión. No había cascos, ni guantes, ni reglamentos de seguridad. Había, eso sí, una certeza: debajo de ese cerro había hierro.
“Trabajamos muchos años sin seguro, sin nada. Era como si no existiéramos”, detalla respecto a las condiciones de trabajo que por décadas enfrentaron.
De rancho anónimo a mina gigante
Las vetas de hierro en la zona fueron detectadas entre 1886 y 1892, pero la lejanía, en medio del desierto y entre límites difusos de Coahuila y Chihuahua, impidió su explotación a gran escala. Eso cambió en 1960, cuando Minera del Norte SA de CV (MINOSA), filial de Altos Hornos de México SA de CV (AHMSA), comenzó a operar una mina a cielo abierto que hoy alcanza 300 metros de profundidad y 900 de ancho. De ahí sale el concentrado de fierro que viaja por un ferroducto de 250 kilómetros hasta las siderúrgicas de Monclova, en uno de los ductos mineros más largos del mundo.
Dolores cuenta que el cerro “uno” no dio nada. Tampoco el “ocho”. Sólo hasta que llegaron al “nueve” el fierro apareció con la contundencia de un destino. Antes de volver a perforar, un ingeniero reunió a todos los trabajadores alrededor del tajo. Sacó una estampa arrugada y les dijo: “Vamos a hacer una oración”.
Los hizo repetir tres veces una plegaria al señor Cayetano: “Un hombre fuerte como fierro”, según Dolores.
San Cayetano es el patrono del pueblo y cada año, incluso hoy con un lugar casi vacío, los que se quedaron lo siguen honrando con una misa, fiesta, barbacoa para todos, competencias deportivas, música y una cabalgata. Este año las festividades las encabezó el obispo de Saltillo, Hilario González García.
Cuando los geólogos confirmaron que sí había mineral de fierro, alguien decidió que aquel lugar debía llamarse como otro personaje fuerte: Hércules.
—Yo digo que es por eso —dice ella—. Por el fierro, porque era fuerte.
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A esa explicación se suma la versión que recoge el maestro Emanuel Macías. De acuerdo con lo que ha investigado y platicado con la comunidad, en las primeras exploraciones, cuando todavía no había GPS ni mapas precisos, uno de los ingenieros se orientaba por las estrellas y ubicó la zona cerca de la constelación de Hércules. De ahí habría surgido el nombre del campamento y, más tarde, del pueblo; por eso muchas de sus calles llevan nombres tomados de la mitología griega.
Por años, sin embargo, el pueblo fue un punto ciego.
Dolores agrega que un día regresó de visita a Concepción del Oro y familiares en la computadora buscaban “Hércules” y no lo hallaban. Encontraban La Perla, Jiménez… pero a Hércules no.
La comunidad que levantó el fierro
Con los años, Hércules se convirtió en la principal población del municipio de Sierra Mojada, un pueblo donde prácticamente toda la economía giraba en torno a la mina. La mayoría de las casas pertenecían a la empresa y eran entregadas según antigüedad; los servicios de agua y electricidad corrían a cargo de Minera del Norte.
La comunidad llegó a tener clínica con médicos especialistas, gimnasio, un centro de reunión para el grupo de Scouts, cine-teatro, casino de eventos, funeraria, una radioemisora —Radio Minera, en el 97.3 de FM—, alberca semi olímpica, canchas de beisbol, futbol, basquetbol, frontón y un sistema educativo completo: preescolar, primaria, secundaria y Cecytec (bachillerato). Incluso una tienda Aurrerá, una pista de aterrizaje, hangar y un helipuerto.
Y afuera de la propiedad de la mina, hay un pequeño hotel y una gasolinera que abre solamente ciertas horas del día.
Reyes Omar Granados llegó a Hércules en 1992, con 20 años y un hijo de tres meses. Venía desde la comunidad Esmeralda, también en Sierra Mojada, buscando un sueldo fijo. La mina lo enganchó rápido.
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“Hércules fue lo máximo”, dice. “Mientras estuvo trabajando (la mina), aquí teníamos todo: salud, educación, becas, hasta casa. Ganábamos bien”.
“Nos juntábamos a la orilla de los campos. Unas cervezas, platicar de caballos, de gallos, de camiones. El 11 de julio, el Día del Minero, era la fiesta grande: venía gente de Chihuahua y Coahuila, contrataban hasta tres grupos, como Invasores de Nuevo León, y la empresa daba comida. Éramos felices”.
Muchos somos hijos de los mineros viejos. Así que cuando alguien batalla, entre todos le echamos la mano Reyes Omar Granados, minero
Reyes habla en presente cuando se refiere a la felicidad, como si se tratara de algo que todavía no le quitan del todo.
Un pueblo en medio del desierto
Geográficamente, Hércules está casi en el trazo de la frontera entre Coahuila y Chihuahua. La conexión más cercana es con Camargo, Chihuahua, 160 kilómetros al oeste, por terracería hasta la carretera estatal 49. Hacia Coahuila, el pueblo se enlaza con Ocampo y Laguna del Rey por caminos de tierra, mientras que el ferrocarril lo amarra a La Perla, Chihuahua, y a Monclova.
Emanuel Macías, maestro de primaria, llegó en 2007. Le ofrecieron una plaza en Acuña; él pidió cambio.
“Me dijeron: Solo hay en Hércules, Coahuila”, cuenta. “Yo ya traía clavada la espinita del desierto, así que dije: Va”.
Viajó desde Monclova en autobuses de asiento duro hasta Torreón, luego a Camargo, y de ahí tomó un camión urbano adaptado que brincaba sobre cada piedra del camino. Tardó entre catorce y quince horas.
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“Era como ir en una pecera, pero llena de tierra. Volteabas por la ventana y sólo veías desierto. Yo pensaba: Pues ya estoy conociendo el ecosistema que quería, ahora falta ver a dónde diablos voy a llegar”, dice.
Cuando llegó a la escuela Adolfo Prieto, las familias ya lo esperaban. En aquellos años había rotación constante de maestros: muchos sólo cumplían los meses necesarios para pedir cambio. Emanuel decidió quedarse.
“Me enamoré del pueblo” dice. “Había mucho trabajo que hacer con los niños, con los jóvenes, también en la iglesia. Y aquí, entre el desierto y el fierro, sentí que mi vida tenía sentido”.
El día que empezó a vaciarse Hércules
En agosto de 2023, la Comisión Federal de Electricidad cortó la luz a la comunidad de Hércules por los adeudos acumulados de Minera del Norte, subsidiaria de AHMSA. El poblado, donde aún vivían alrededor de 900 personas, se quedó sin energía, sin agua —la planta potabilizadora se detuvo— y sin señal de telefonía: la antena también se apagó.
Para entonces, los salarios y prestaciones llevaban más de un año suspendidos. Las familias sobrevivían con el apoyo del sindicato, despensas donadas desde otras comunidades y lo que se sembraba en huertos cercanos. El pueblo ya era descrito como “casi fantasma”: quedaban unas 300 familias resistiendo.
Esa primera noche sin luz fue la más larga. Adentro de las casas el aire se espesó y los ventiladores quedaron inmóviles. Afuera, el pueblo se hundió en una penumbra absoluta.
“En invierno aguantamos frío, pero el calor de aquí sin luz es otra cosa”, cuenta Oscar Arturo Sagarnaga, mecánico y encargado de los generadores. “Hubo un diciembre que casi lo pasamos todo sin Comisión”.
La empresa y el municipio llevaron generadores para alimentar por lo menos una parte del pueblo. Se organizaron por sectores: unas horas de luz para un barrio, luego el siguiente.
Emanuel Macías lo vivió con sus alumnos.
“Había días que nos quedábamos cuatro o cinco días sin luz”, relata. “Teníamos que programarnos: juntar agua cuando hubiera, adelantar tareas, aprovechar al máximo las horas de claridad”.
En las noches, cuando los generadores se apagaban, se escuchaba por primera vez en décadas el sonido limpio del desierto: grillos, algún coyote lejano, y nada más. Las calles quedaban vacías, apenas iluminadas por una luna enorme y un cielo sin humo.
Cuando se apagó la mina
La crisis no empezó con el apagón, sino unos dos años y medio antes, cuando la mina empezó a detenerse a trompicones. Primero recortaron turnos, luego dejaron de pagar quincenas completas, después vendrían las quincenas a medias, los “Ahí se los debo”, las promesas.
“A nosotros nos empezaron a detener los pagos hace dos años y medio”, explica Reyes. “Luchamos, hicimos lo que pudimos, pero no logramos nada. La gente se empezó a ir cuando ya no había nada para nosotros”.
Honorio Natanael García era operador de triturado y cuarto de control. Tenía ocho años en la mina cuando la operación se frenó.
“Yo me fui seis meses a Monclova”, cuenta. “Entré a una maquila, hacía respaldos y cabeceras de trocas, pero batallábamos mucho. No había chamba en todos lados”.
Cuando su suegro, también trabajador de la mina, le habló para decirle que se jubilaba y que había una casa disponible en Hércules, Honorio ni pensó dos veces.
“Nos regresamos. Aquí está más tranquilo para criar a los niños. Yo quería que vivieran lo que yo viví: todo el día en la calle, en la cancha, sin tanta preocupación”, relata.
Aunque haya crisis, la gente aquí tiene mucha fe. Fe en Dios y fe en que la mina va a volver a trabajarJuan José Contreras, pastor de la comunidad
Los que podían se fueron a Camargo, Delicias, Chihuahua, Monclova. Otros optaron por municipios cercanos. Muchos dejaron las casas tal como estaban: muebles, cortinas, juguetes, ropa en los clósets.
“Es que la gente piensa volver”, explica el pastor Juan José Contreras. “No se llevan todo porque tienen fe en que la mina va a arrancar otra vez”.
Los que se quedaron
Hoy Hércules tiene alrededor de 305 familias de planta, unas 700 personas, según los cálculos de Reyes. Muchas son personas mayores, exmineros jubilados o trabajadores con enfermedades crónicas. Otros encuentran trabajo temporal con rancheros vecinos o en campos menonitas; algunos más son maestros o personal de salud que sostienen las escuelas, la clínica y el Centro de Salud que depende de la Secretaría de Salud de Coahuila.
La empresa todavía proporciona diésel para los generadores de energía eléctrica, el agua y las viviendas de los trabajadores que decidieron quedarse. El municipio se encarga de la basura, el mantenimiento de la plaza, el panteón, la funeraria y las fugas de drenaje.
En medio de todo, la vida cotidiana se reorganizó alrededor de lo esencial. Hay gente que vende comida, otros arreglan carros, algunos trabajan para los menonitas que tienen propiedades cercanas y los rarámuri que bajan de los campos a comprar.
“Aquí todos nos conocemos”, dice Reyes. “Muchos somos hijos de los mineros viejos. Así que cuando alguien batalla, entre todos le echamos la mano”.
Esa red de apoyo es silenciosa: una despensa que llega sin alarde, un recibo pagado, un viaje a Camargo para llevar a un enfermo al seguro. En las calles casi no hay movimiento, pero los vínculos siguen debajo, como vetas de mineral.
Vivir con cortes y silencio
Desde hace años, la electricidad llega a través de generadores que requieren mantenimiento constante. Cuando fallan, el pueblo vuelve por horas o días al apagón total. En invierno ya han pasado fríos extremos sin calefacción; en verano, olas de calor sin abanicos ni refrigeradores.
“Hubo un frío muy duro. Hacían cortes estratégicos: unas horas de luz para cada sector. Nos programaban para que alcanzáramos a juntar agua, a lavar, a hacer lo básico”, relata el maestro Emanuel Macías.
Jesús Hernández Rivera, minero jubilado, dice que a él lo que le salva es el monte. Nació en Camargo en 1950 y empezó a trabajar en la mina en 1967, rompiendo piedra con un marro de 12 libras. Hoy, con más de 70 años, sigue saliendo al desierto cada vez que puede.
“A mí nunca me gustó el pueblo”, confiesa. “Me gusta el monte. Aquí agarro mi bote de agua y me voy donde quiero. Hay venado, jabalí, gato montés, coyote, zorras, tlacuaches”.
En las noches claras, el cielo sobre Hércules se abre sin una sola nube ni una sola chimenea encendida. Las constelaciones se ven completas y, a ratos, alguien señala hacia arriba diciendo que por ahí anda la constelación que le dio nombre al pueblo.
El silencio es tan profundo que, como Dolores Vázquez aquella primera vez, uno podría pensar que llegó al borde del mundo. Sólo suena la orquesta persistente de los grillos.
Infancias en un pueblo minero
En su época de auge, la estructura educativa de Hércules era un orgullo. Había jardín de niños —a veces con prekínder—, la primaria Adolfo Prieto, secundaria, Cecytec y, durante un tiempo, un campus del Tecnológico de Múzquiz. La empresa construía casas para maestros, pagaba parte de sus sueldos y apoyaba con becas, uniformes y útiles escolares a los hijos de los trabajadores.
El maestro Emanuel Macías recuerda que, al inicio, el plan de la mayoría de los niños era claro: terminar la escuela y entrar a trabajar a la mina. Ahora, muchas de esas rutas se rompieron.
“Sí ha sido un proceso complicado. Cada baja es una familia que se va. Hay niños que vienen a despedirse: ‘Maestro, ya nos vamos porque mi papá encontró trabajo en otra ciudad’. Duele, pero aquí seguimos”, admite.
Honorio Natanael García, en cambio, quería que sus hijos vivieran la experiencia completa del pueblo, incluso en crisis.
“En Monclova casi no los dejaba salir. Aquí, en cambio, uno de niño se la pasaba todo el día en las canchas, en la calle. Eso quería para ellos”, relata.
Mientras el número de alumnos baja, las escuelas se resisten a cerrar. La instrucción, dice Emanuel, es mantenerlas abiertas. Él y su esposa —también docente— han decidido quedarse, al menos por ahora.
“Amamos este lugar. Nos ha dado mucho”, afirma.
Fe, trabajo y espera
Hércules tiene iglesia católica y una iglesia cristiana. Una de ellas es pastoreada por Juan José Contreras, originario de Palaú, en la región carbonífera de Coahuila. Llegó hace tres años, cuando el pueblo aún tenía entre siete y ocho mil habitantes.
“Cuando yo vine, esto estaba lleno. Teníamos entre 150 y 180 personas por culto. Ahora seremos unos 60 o 70, contando niños”, recuerda.
El pastor acompañó el éxodo casi desde el principio. Primero fueron rumores: falta de insumos, dificultades para conseguir refacciones, problemas para pagar ahorros. Luego vinieron las decisiones difíciles.
“Muchas familias venían conmigo. Me decían: ‘pastor, no sabemos si irnos o quedarnos’. Yo les decía que hicieran una balanza: qué ganan y qué pierden aquí, qué ganan y qué pierden allá. Yo no decido por ellos, sólo les ayudo a pensar”, cuenta.
La iglesia se sostiene con ofrendas pequeñas. Lo que entra alcanza para pagar la luz del templo cuando hay, comprar focos, apoyar con despensas y arreglos florales cuando alguien muere. También para organizar actividades con niños y adolescentes, que le devuelven algo de risa a las calles silenciosas.
“Aunque haya crisis, la gente aquí tiene mucha fe. Fe en Dios y fe en que la mina va a volver a trabajar. Por eso muchos dejan sus casas amuebladas: están seguros de que van a regresar”, detalla.
Las familias que aún viven en el pueblo minero no se han ido porque tienen la esperanza de que todo vuelva a ser como antes. Aunado a que en ningún otro lado tendrán una vivienda, energía eléctrica y agua potable gratis. Tampoco la paz con que se vive en Hércules.
Los viejos mineros
Jesús Hernández Rivera vio nacer y crecer a Hércules. Llegó cuando no había más que desierto y un campamento de casitas de madera en un cerro bajito. Su primer trabajo fue quebrar fierro con marro, pico y pala.
“Nos pagaban veinte pesos por dompe lleno (camión). Y a los trabajadores de planta, 17.50 por día. No había médico ni luz ni nada. Pero era bonito, más tranquilo que ahora”, dice.
Con el tiempo, Jesús pasó por casi todas las áreas: minería, laboratorio químico, quebradoras, mina, perforación, geología, exploración. Sumó más de cuatro décadas de trabajo, hasta su jubilación en 2011.
Dolores, por su parte, vivió la mina desde el comedor y desde la casa. Su esposo, José Raúl Ramírez, fue perforista y fue el primer minero del que se tiene registro en la mina. Tenía la ficha número uno. Ella conservó durante años el marro con el que él trabajaba, como un trofeo y una advertencia.
El accidente de su marido la dejó marcada para siempre.
“La tierra aquí es como caliza”, explica. “Le da el aire y se hace ceniza, se cae a pedazos. Un día la pluma de la máquina estaba metida en el cerro, se abrió así y él (su esposo) se fue con todo y tierra. Se golpeó la cabeza, el pecho, la pierna. A mí me lo trajeron a las doce de la noche”.
A él lo sacaron en avioneta. A ella la sacaron del entendimiento.
“No razonaba. No conocía a mis hijos. Quedé como loca”, dice.
Años después, José Raúl murió con los pulmones llenos de fierro.
“Escupía puro fierro”, recuerda Dolores. “Le afectó el corazón, todo. Murió a los 85 años”.
Ella no tuvo pensión debido a que en los inicios de Hércules, nadie tenía acceso a prestaciones laborales como seguridad social y su esposa debido al accidente, fue “pagado” con 14,000 pesos después del accidente.
Vive de la pensión para adultos mayores del gobierno federal. Cuando le preguntan si se iría del pueblo, responde que no, que quiere quedarse. “A ver si se arregla esto, y luego ya sí, morirme”.
El futuro que se sueña
Debajo de las casas, la plaza y el estadio, sigue habiendo mineral. Dolores recuerda que su esposo le pedía no construir “una casa muy buena” porque ahí abajo, derecho hasta el estadio, “va el fierro pavo, que es el mejor fierro”.
“Los geólogos sacaron un mapa, como platillo volador con brazos para todos lados, como pulpo, pero era puro fierro. Ese fierro pasa por aquí”, cuenta.
Reyes coincide: el problema no es que la mina se haya agotado, sino que falta inversión y claridad sobre el futuro de AHMSA y de Minera del Norte.
“Todavía le queda vida a la mina. Es cuestión de que alguien le meta dinero en serio. Aquí está la materia prima, el resto del mundo sigue necesitando acero”, asegura.
Mientras se define quién comprará qué, y en qué términos, el pueblo se mantiene en pausa. La mina duerme, pero no está muerta del todo. Hay máquinas apagadas, camiones inmóviles, un ferroducto que no lleva nada, pero que ahí está, esperando.
Sentada en la puerta de su casa, mirando las calles silenciosas donde antes corrían mineros y niños, Dolores Vázquez sostiene la mirada hacia la oscuridad del estadio y dice, con la misma calma con la que ha visto pasar toda su vida en este desierto: “A ver si se arregla esto, y luego ya sí, morirme”.
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