Por Lilia E. Cárdenas Treviño
Alfredo Zalce “fue un hombre que vivió su tiempo a cabalidad. Que tuvo el valor de seguir su vocación cuando dedicarse al arte no era bien visto. Fue congruente entre lo que decía y hacía. Decía: ‘Yo trato a los demás como quisiera que me trataran a mí’”, recuerda su hija Beatriz ante la pregunta sobre qué quisiera que las nuevas generaciones conocieran de su padre, más allá del artista consagrado.
Y lanza, esperanzada, un deseo: “Ojalá las nuevas generaciones entiendan que el pasado no es algo remoto, sino una brújula. Les toca conocer, difundir y cuidar ese legado, porque mantener viva su obra es tarea de todos”.
Periodista, cronista y traductora, Beatriz Zalce creció entre los pinceles y las palabras. Heredó de su padre no sólo la mirada, sino el sentido del compromiso. Su voz ha recorrido los caminos del periodismo cultural con la misma pasión con que el maestro Zalce pintó los muros del pueblo: buscando la verdad y la belleza en lo cotidiano.
Premiada y respetada por su oficio, Beatriz ha hecho de la palabra su propio mural: un espacio donde la memoria, la ética y la ternura se entrelazan para mantener viva la huella del arte y la justicia que definieron la vida de Alfredo Zalce.
—¿Cuál es el recuerdo más entrañable que guardas de tu padre en la intimidad familiar, lejos del taller y de los murales?
–El desayuno. No era exactamente la hora, sino lo que implicaba: acompañarlo al mercado, verlo elegir la fruta, platicar con las marchantas. Preparar la papaya, el mango, el café que él mismo molía, fuerte y espeso, como su carácter. Ese momento cotidiano era, en sí mismo, una obra de arte. Entre la fruta y la conversación, hablábamos de nosotros y de la vida.
—¿Cómo convivían ustedes con un hombre tan entregado a su arte? ¿Había un puente entre el padre cotidiano y el pintor?
–Sí, porque el ser humano es uno solo. Mi papá trabajaba en casa: el estudio era la pieza más grande, luminosa, donde daba clases de pintura, pero también de vida. Decía que él no “trabajaba”, porque el trabajo es algo tan feo que hasta pagan por hacerlo. Él pintaba porque lo amaba. No conocía los días de descanso: trabajaba todos los días como si fuera lunes. Escuchaba música —Bach, los fados de Amália Rodrigues, Pink Floyd o Los Folkloristas— y creaba sin encerrarse.
—Se dice que Alfredo Zalce siempre pintó al pueblo. ¿Cómo viviste, como hija, esa vocación por retratar la vida cotidiana y la justicia social?
–Así, como algo natural. Lo cotidiano era lo que estaba pasando. Era un hombre informado, lector de periódicos, testigo y actor del siglo XX. No militó en el Partido Comunista, aunque trabajó con muchos de sus miembros: Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas. De Juanito, como le decía, aprendió el compromiso social. Sus murales, incluso los más críticos, como Los abogados, reflejan su visión ética: hombres bien vestidos pasan sobre uno caído, sin mirar. Una pintura así no necesita discurso.
—¿Qué significó para él haber fundado el Salón de la Plástica Mexicana?
–Fue un espacio muy importante, aunque hablaba más de la LEAR y del Taller de la Gráfica Popular. El Salón era un lugar para mostrar el trabajo con libertad, sin alardes, con el mismo gusto con que hablaba de sus amigos y de las exposiciones. Él mismo expuso ahí en vida y después de su muerte, gracias a ti.
—¿Qué quisieras que las nuevas generaciones sepan de Alfredo Zalce, más allá del artista consagrado?
–Que fue un hombre que vivió su tiempo a cabalidad. Que tuvo el valor de seguir su vocación cuando dedicarse al arte no era bien visto. Fue congruente entre lo que decía y hacía. Decía: “Yo trato a los demás como quisiera que me trataran a mí.
“Ojalá las nuevas generaciones entiendan que el pasado no es algo remoto, sino una brújula. Les toca conocer, difundir y cuidar ese legado, porque mantener viva su obra es tarea de todos”.
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