Por Ethel Arredondo
En el Mercado Juárez de Torreón hay un rincón donde el tiempo parece detenerse. Entre los puestos que venden hierbas medicinales, recuerditos de la ciudad, disfraces, alcancías de barro, playeras del Santos Laguna, veladoras y dulces regionales, un sonido metálico sobrevive a las décadas: el golpeteo firme de una máquina de escribir Olympia.
Ese eco proviene del escritorio público “Guadalupe Pérez”, nombre que honra a su fundadora, María Guadalupe Pérez Codina, pionera en este oficio en la ciudad y madre de Hermelinda Ávila Pérez, quien hoy lo atiende. El local, marcado con el número 98, es tan conocido que, si uno entra al mercado y pregunta por “el escritorio público”, todos los locatarios saben de inmediato a cuál se refiere e indican el camino.
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Justo a un costado hay una fonda donde el olor a chiles rellenos, caldo de res y milanesas empanizadas se mezcla con el aroma del café y el murmullo de los pasillos. Es parte de la vida cotidiana que envuelve a Hermelinda, quien ha trabajado aquí de lunes a sábado durante los últimos 20 años, aunque su relación con este lugar comenzó mucho antes.
“Mi mamá fue la primera dueña de un escritorio público aquí en el Mercado Juárez. Ella lo inició hace más de 50 años. Antes de ella, una tía suya había empezado en el negocio, pero ya no pudo seguir y le cedió los derechos. Mi mamá estudió comercio, era secretaria… muy capaz. Mucha gente me dice: ‘Su mamá, nomás con que le dijeras esto, solita se agarraba’”, recuerda con orgullo.
Peticiones inusuales
Hermelinda es licenciada en Economía y trabajó durante 28 años en una dependencia federal antes de jubilarse. “Yo le decía a mi madre: el día que me jubile no me voy a quedar sentada en casa, voy a buscar qué hacer. Y así fue. Ella siempre me decía: cuando te jubiles, te vienes para acá. Y aquí estoy”.
El escritorio atiende todo tipo de documentos: contratos de arrendamiento, cartas poder, recibos, recomendaciones, peticiones a autoridades locales, estatales e incluso a la presidenta de México. Algunos clientes le dictan palabra por palabra, otros sólo le dan la idea y ella arma el escrito.
“Hay gente que no sabe qué poner. Yo les digo: ‘Usted dígame y yo aquí le voy acomodando’”.
No han faltado las anécdotas curiosas. Una de las que más recuerda involucra a una clienta que le pidió redactar una reclamación porque un “trabajo” de brujería no había dado resultado. “Me dijo: a ver, usted póngale, a ver cómo le hace…, y yo le respondí: no, eso es cosa suya. Es una de las experiencias raras que más recuerdo”, cuenta entre risas.
La fiel compañera
Aunque hoy trabaja tanto en computadora como en máquina, Hermelinda confiesa que prefiere la Olympia. “Para sentirme más a gusto, la máquina. Ya me acostumbré a este tipo de trabajos. Si no tuviera computadora, no pasa nada. Pero sin máquina… sería distinto”.
La Olympia tiene unos 40 años y fue usada por su madre antes que por ella. Mantenerla operativa es un reto. “Ya no hay quien las repare. Las cintas y borradores los consigo en Mercado Libre, pero te venden una y bien cara. Tengo mis remesas guardadas, hasta que Dios quiera”.
En un mundo donde la mayoría escribe con los pulgares en una pantalla, la imagen de Hermelinda tecleando con ritmo pausado y seguro es casi un acto de resistencia cultural. Incluso algunos clientes piden que sus documentos sean hechos a máquina sólo para conservar el toque artesanal.
“Un joven me pidió una carta para su mamá y otra para su novia. Me dictó todo. Cuando las vio dijo: ‘Esto es un arte’. Y se fue contento”.
El Mercado Juárez no es sólo su lugar de trabajo; es su comunidad. Desde su escritorio, Hermelinda ve pasar a clientes que entran a comprar veladoras, a buscar playeras del Santos, a encargar un disfraz, a llevar hierbas para un té o a recoger un reloj recién reparado. El ambiente es una mezcla de voces, olores y colores que se entrelazan con la historia de su oficio.
“Antes había otra compañera aquí cerca, pero con la pandemia se retiró. Yo nunca dejé de venir. Me regañaban en mi casa, pero sentía que la gente que me necesitaba no podía quedarse sin este servicio. Y también por salud mental: no me quería quedar encerrada”.
Sobrevivir a las computadoras
Los escritorios públicos fueron alguna vez indispensables. En plazas y mercados de todo México las calles se llenaban de mecanógrafos ofreciendo sus servicios. “Vi una película de Cantinflas donde había una cuadra llena de escritorios… me imagino que en México todavía hay algunos, pero ya son pocos”.
Hermelinda sabe que este ciclo terminará con ella. “Cuando yo ya no esté, se cierra. La juventud no se interesa en este tipo de trabajos, y aparte ni lo conocen. Pasa gente joven con niños y les dicen: mira, esto es una máquina, como si fuera algo raro”.
Por ahora, sigue recibiendo a quienes necesitan sus servicios, con tarifas que van de 15 a 30 pesos según el tamaño y complejidad del documento. “Si hay que razonarlo más, también hay que cobrarlo. Todo tiene solución, trato de hacer el mínimo de errores… pero todos somos humanos”.
Mientras el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, Hermelinda mantiene vivo un oficio que sobrevive a la llegada de las computadoras, los celulares y ahora las máquinas capaces de redactar en segundos. Desde su rincón en el Mercado Juárez, entre fondas, hierbas y veladoras, su Olympia sigue marcando el ritmo de un trabajo que no sólo llena hojas: conserva historias, secretos y emociones que, de otra manera, se perderían en el tiempo.
“Todavía estamos aquí, y lo que se les ofrezca, estamos a sus órdenes”, dice Hermelinda, como si fuera una promesa a sus clientes… y quizá también a su madre, que seguramente, en algún lugar, escucha la detonación de esas teclas que aún no quieren quedarse en silencio.
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