Por Lilia Cárdenas Treviño
El amanecer del desastre
Han pasado cuarenta años y, sin embargo, aquel amanecer del 19 de septiembre de 1985 sigue intacto en mi memoria. Eran las 7:15 de la mañana. Todavía en pijama, con esa hipersensibilidad que siempre me ha acompañado —como un radar humano—, sentí que algo se avecinaba. Se lo dije a Albert: “va a temblar, levántate”. Apenas alcancé a ponerme la pijama completa cuando la lámpara art nouveau de la habitación comenzó a moverse. Albert me abrazó y me llevó hacia el muro de carga del pasillo: “Aquí es más seguro”, me dijo. La casa de tres pisos, en la que vivíamos en el piso intermedio, ondulaba como si fuera de chicle. El suelo rugía y los ruidos eran estremecedores.
Cuando salimos, los adornos del edificio de enfrente yacían en el suelo, los autos destrozados. La radio transmitía, minuto a minuto, la magnitud del desastre: un sismo de más de 8 grados. La ciudad se caía en pedazos.
En ese instante entendí que no estaba sola: Albert, con su serenidad y fortaleza, se convirtió en mi mayor apoyo emocional. Su abrazo fue refugio, su voz calma en medio del estruendo.
Oficinas y pérdidas personales
Supe pronto que mi oficina en la Secretaría de Programación y Presupuesto había colapsado como un sándwich. Allí quedaron obras de arte y documentos que nunca recuperé El Subsecretario Manuel Camacho Solís y su equipo más cercano, Alejandra Moreno Toscano y Marcelo Ebrad nos trasladamos a una Casa en San Ángel. Otras dependencias también se vinieron abajo: la Secretaría de Comunicaciones, el Hospital Siglo XXI… y con ellas, miles de vidas.
La ciudad herida
El Hotel Regis, orgullo de otra época, se convirtió en un montón de escombros en cuestión de segundos. Situado en la esquina de Balderas y Avenida Juárez, en pleno centro de la ciudad, su terreno sería más tarde el lugar donde se construyó la Plaza de la Solidaridad, convertida en un espacio de memoria colectiva.
Inaugurado en 1908 y considerado en su tiempo el hotel más moderno de América Latina, el Regis fue también un centro cultural y social, visitado por norteños y empresarios. El empresario Armando Guadiana se salvó de milagro porque esa mañana había salido a correr, mientras el edificio que simbolizaba modernidad desaparecía para siempre.
El Hotel del Prado también sufrió daños irreparables y tuvo que ser demolido. En su interior estaba el mural de Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, obra polémica por la frase “Dios no existe” que Rivera pintó y que luego sustituyó por “Academia de Letrán. 18 de octubre de 1836”, fecha en que Ignacio Ramírez, El Nigromante, ingresó a la Academia pronunciando la célebre frase: “Señores: Dios no existe. Los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.
El mural, una crítica social que reúne a políticos, clérigos, intelectuales, burgueses y personajes populares en la Alameda, sobrevivió y fue trasladado al hoy Museo Mural Diego Rivera, en la Alameda central, donde hoy luce espléndido.
Las oficinas de Televisa Chapultepec también se derrumbaron. Escuchar que tantos técnicos y camarógrafos habían quedado atrapados me dejó helada.
Los hospitales fueron otra escena del horror. El Hospital Juárez prácticamente colapsó, y el Hospital General sufrió derrumbes. En medio de ese caos, las enfermeras salvaron a los recién nacidos: los sacaban en brazos, envueltos en cobijas, improvisando cunas con cajas. Sus uniformes blancos, manchados de polvo y sangre, se convirtieron en símbolo de esperanza.
El edificio de las costureras de San Antonio Abad se desplomó, arrancando lágrimas e indignación por las condiciones precarias en que trabajaban aquellas mujeres invisibles.
Tlatelolco y la solidaridad
En Tlatelolco, Antonio Villalba, gran líder sindical que había conocido en la Huelga de Cinsa-Cifunsa, y su compañera vieron desde su ventana caer el edificio Nuevo León. La experiencia fue devastadora: ella decidió no volver jamás a México y regresó a Cataluña. Durante meses, el propio Plácido Domingo, cuya familia vivía ahí, encabezó brigadas entre los escombros.
De esos días oscuros nació también la luz: surgieron los Topos, jóvenes voluntarios que, sin más que su valentía, se arrastraban entre ruinas para rescatar vidas. Con el tiempo se convirtieron en una brigada internacional de rescate.
Caminata hacia la Roma
Rockdrigo, la voz urbana del 85
El terremoto no solo derrumbó edificios: también apagó voces que hoy siguen vivas en nuestra memoria. Entre las víctimas estuvo Rodrigo González, “Rockdrigo”, el trovador del asfalto, creador de un rock que retrataba con crudeza y ternura la vida en la Ciudad de México. Su canción “Metro Balderas” quedó como himno de una generación que viajaba en vagones repletos de sueños y desencantos.
Rockdrigo murió atrapado en su departamento de la calle Bruselas, en la Colonia Juárez. Lo encontraron abrazado a su compañera Françoise —a quien él llamaba cariñosamente “Pancha”—, que había llegado apenas un día antes desde Francia, solo para morir con él, como si el destino hubiera tejido esa unión trágica y definitiva.
Su música, sin embargo, sobrevivió, multiplicándose en casetes, en plazas y en las gargantas de los jóvenes. Este año, su natal Tampico le rinde un homenaje entrañable, en el que participan mi querida amiga Iris Bringas y Jehová Villa, quienes con su voz y su entrega devuelven al presente aquella fuerza urbana y poética que nunca se rindió.
La memoria de Rockdrigo también se debe a la labor de Discos Pentagrama, con Modesto López y Martha de Cea, quienes conservaron su acervo y nunca dejaron de difundirlo, manteniendo viva esa guitarra que parecía destinada a desaparecer entre los escombros.
Rockdrigo se convirtió en símbolo de la fragilidad y la permanencia: un hombre que se fue con el sismo, pero cuya obra quedó tatuada en la memoria colectiva, acompañándonos todavía, como el eco de aquellas guitarras que se negaron a caer entre los escombros. Murió con la ciudad, pero su guitarra sigue viva en el corazón del pueblo.
Con Albert decidimos caminar hasta la Roma, para saber si nuestro amigo Ricardo Mestre y su esposa estaban bien. Ricardo, gran republicano anarquista, organizaba peñas transformadoras de conciencias, donde debatíamos política y filosofía con exiliados españoles. Atravesamos Insurgentes, Álvaro Obregón, Aguascalientes: edificios derrumbados, sirenas, polvo. Nunca olvidaré la imagen de una vara asomando entre los escombros, con un pañuelo que pedía auxilio.
La población primero
Cuando la tierra se aquietó, la primera reacción vino del pueblo. Los vecinos salieron a las calles, organizaron brigadas, levantaron albergues, compartieron agua y comida. El gobierno tardó en reaccionar: hubo críticas por la lentitud, la confusión y el rechazo inicial a la ayuda extranjera. La ayuda internacional fue decisiva: llegaron rescatistas, médicos y donativos de todo el mundo. También hubo sombras: saqueos, acaparamiento, desvíos de ayuda. Pero lo que quedó en la memoria fue la solidaridad ciudadana que marcó un antes y un después en la historia del país.
En Tlatelolco, las asociaciones vecinales, como los Cuartos de Azotea de Tlatelolco y la Unión de Vecinos y Damnificados del Centro, fueron clave. Organizaron albergues, defendieron a los damnificados y evitaron desalojos. De ahí nació una tradición de participación ciudadana que aún late.
Las enfermeras del 85
El terremoto golpeó con especial dureza a los hospitales de la Ciudad de México. El Hospital Juárez prácticamente se vino abajo: decenas de pacientes quedaron atrapados entre muros colapsados, y médicos y enfermeras trabajaban a mano limpia, arriesgando su vida para sacar a quienes aún respiraban. El Hospital General también sufrió daños graves.
De esas horas de espanto surgieron gestos de un valor indescriptible. Fueron las enfermeras quienes dieron uno de los ejemplos más memorables. Muchas de ellas, sin detenerse a pensar en su propia seguridad, rescataron a los recién nacidos de las incubadoras, sacándolos en brazos a la calle, envueltos en cobijas o improvisando cunas con cajas de cartón. Sus uniformes blancos, manchados de sangre y polvo, se convirtieron en banderas de esperanza en medio del caos.
La ciudad entera quedó marcada por esas imágenes: mujeres cargando bebés entre escombros, cuidando de ellos como si fueran sus propios hijos. Aquellas enfermeras, muchas anónimas, fueron heroínas silenciosas. Su entrega no solo salvó vidas, también encendió una llama de humanidad que sigue viva en la memoria colectiva del 85.
Entre la ruina y la vida
La tragedia alcanzaba también a mi familia. Mis padres habían llegado de Saltillo para acompañar a mi hermana Imelda, diagnosticada con cáncer. El sismo interrumpió nuestras decisiones, pero también nos obligó a actuar. Mi casa, con el único teléfono que funcionaba en la colonia, se convirtió en centro de comunicación para vecinos.
En esos días llegaron cartas urgentes desde París y Suiza, amigos y familiares angustiados buscaban noticias mías. Fue como un abrazo que cruzó fronteras.
Las réplicas no cesaban. Decidimos huir unos días a Juriquilla. Una semana después partí sola a Boston con mi hermana y mi sobrino enfermo.
Nueve meses después, Manuel Camacho Solís, gran amigo y político, con quien yo trabajaba, fue nombrado Secretario de Desarrollo Urbano y Ecología. A él le correspondió coordinar la reconstrucción de la Ciudad de México, un esfuerzo monumental que marcó la vida urbana del país.
Y en medio de tanto dolor, descubrí que estaba embarazada: una semilla de vida germinaba en mi vientre ante tanta destrucción. De ese septiembre hasta marzo de 1986, esa semilla floreció y nació una hermosa niña: Esmeralda, como la de Notre Dame de París, símbolo de esperanza y de la fuerza luminosa que puede surgir incluso en los tiempos más oscuros. Su nacimiento fue, para mí, un renacimiento personal; y al mismo tiempo, un eco de lo que vivía la ciudad entera: México se levantaba de las ruinas, reconstruyéndose con el mismo impulso vital que trae al mundo a una nueva vida.
Albert permaneció conmigo en la ciudad, dándome la fuerza necesaria para enfrentar los días más difíciles. Su solidaridad fue un sostén invaluable en medio de la incertidumbre. con mi hermana y mi sobrino enfermo. Albert no me acompañó en ese viaje, pero su presencia quedó conmigo: la certeza de que, aun en la distancia, contaba con su apoyo incondicional. Esmeralda era también la mezcla perfecta de dos razas, la síntesis de historias y herencias distintas que se unieron en ella para dar vida a algo nuevo.
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