Triple Equis: Gratitud en tiempos de oficina: epílogo inesperado

febrero 24, 2026
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Por @ArriagaXxximena

Hoy cumple años mi jefe.

Y heme aquí, frente a un dilema de adultos: ¿se le regala algo, se finge demencia o se solicita el día de vacaciones?

Se supone que lo profesional no se mezcla con lo personal. Claro. Pero en realidad todos hemos visto cómo asciende más rápido el que sabe adular, recordar cumpleaños, llevar café o aparecer con un detallito para los compañeros de trabajo. Es curiosamente efectivo.

Pero ¿eso es manipulación… o naturaleza humana?

Conozco a alguien con memoria quirúrgica (es doctora😆) para los gustos ajenos: sabores, vicios, debilidades. En la escuela llevaba cigarros a una maestra y la dejaba sacar apuntes en pleno examen. A otra no le fallaba a su coquita diaria y siempre la convencía de posponer los exámenes orales. Y ahora en el trabajo todo mundo se siente comprometido de una manera u otra por sus detalles “espontáneos”.

No estoy invitando al soborno… I’m just saying: it works.

Y por más que hablemos de ética, hay algo biológico ahí: cuando alguien nos da algo, sentimos la necesidad de corresponder. Incluso la sociedad ve mal si no lo haces.

Se llama reciprocidad.

Quizá no se trata de quedar bien. Tal vez se trata de equilibrio. De mantener el orden del universo (y de la sociedad).

Recibimos demasiado: tierra, aire, café caliente, trabajo, gente que nos aguanta el carácter. Y aun así, nos quejamos de nuestro cuerpo, nuestro trabajo, nuestra vida, como si el universo nos debiera algo. Enfocándonos sólo en sentirnos jodidos.

Entonces, me hice una pregunta más incómoda que la del regalo del jefe: ¿qué carajos estoy regresándole a la vida?

En este punto, busqué algunas formas de ser recíproco, pues también es nuevo para mí. Encontré cosas sencillas:

Agradecer. 

Reconocer el esfuerzo de alguien, incluso de tu familia cuando lava los trastes o cocina.

Invitar un café pendiente.

Abrir la puerta a otro.

Compartir ofertas de trabajo con quien sepas que lo necesita.

Regar un árbol ajeno.

Regalar tu trabajo, o una asesoría.

No consumir desechables en un mes. 

No joderle el día a nadie. No chingar también es un acto de amor social. La reciprocidad también es aplicar lo que somos a ser mejores y compartirnos; aportar valor en la vida de los demás, en la familia, en las relaciones, en el trabajo… 

La reciprocidad no siempre es dar. A veces es permitir. Aceptar favores. Porque dejar que alguien te ayude también es regalarle la sensación de ser útil, generoso. La energía se renueva al pasar por varias manos.

¿Y si les hacemos saber a las personas quienes nos han ayudado en nuestra vida, que valoramos su apoyo? Haré mi lista y empezaré a agradecerles.

Soy esa mala persona que le dispara una pistola de agua a la multitud de palomas que se aglomeran en mi patio. Daré tregua a esa guerra entre nosotras, pues también ser amables con la naturaleza es parte de retribuir. Tener algún tipo de cuidado adicional por algún ser vivo a nuestro alrededor.  Y ya más aventado, dedicarle unas palabras o un canto de agradecimiento a la naturaleza.

Mi jefe no es el mejor… hay ciertas ideas que no comparto con él. Pero parece cuestión de buena convivencia poner un poco extra de mi parte para facilitar la relación cordial entre nosotros. Y agradecer la oportunidad de desempeñarme profesionalmente. 

Sé que algunos jefes suelen jodernos la vida. Pero hoy, sólo hoy, veámoslo con otro filtro, con otro color más objetivo, menos personal… Agradeceré las enseñanzas que me son brindadas a través de él. Recordemos que la vida es para ser vivida, no comprendida. Aceptemos por un momento la realidad, como venga. 

Piénsalo: ¿cómo te sientes cuando te regalan algo inesperado?

Cuando Costco te da una degustación gratis y por diez segundos eres feliz. Esa sensación tiene nombre: impronta emocional. Es la huella que permanece después de recibir algo que percibes valioso, auténtico, desinteresado, y te hace sentir el deseo de devolver el favor a esa persona, o al universo que nos regala tanto. 

Imagínate vivir más desde esa emoción, la que nos impulsa a devolver lo recibido. Y que nuestro filtro personal reciba de una manera más objetiva las cosas y retos.

Menos “me falta”. Más “qué puedo aportar”. A veces, el acto más tranquilizante no es pedir más… sino aprender a corresponder.

No te hablo desde la pureza —mi alma sigue siendo negra como mi lencería y roja como la sangre que hierve— pero he descubierto que abrir una ventana de vez en cuando para dar un poco de luz, equilibra las sombras y valoro mucho esa satisfacción única que sólo da servir, ayudar, dar….  

P.D.

Estaba por cerrar mi columna, cuando llega una compañera de trabajo y pide vacaciones, no para huir del jefe, sino para cuidar a su hermana, a quien van a operar.  Me dice: “Los lazos y las personas son lo más importante de esta vida. La quiero cuidar porque estar con ella en esos momentos me haría feliz”. Tal vez de eso se trata todo. De hacerlo real, por más incómodo, cansado o retador que sea.

Sólo quise compartirlo contigo.

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