Suena The Dead South…
Por @arrriagaxxximena
De pronto te encuentras recomendando canciones, libros y hasta dibujos animados. Intercambian pines –sí, pines, como si la actualidad digital no se hubiera apoderado de todo a su paso–. Él se quita la chaqueta y te la pone a modo de capa, continúa en playera sobrellevando el frío, pero dando un sentido al gesto que antaño resonaba tanto. Caminan despacio. Bromean, ríen a carcajadas. El tiempo vaga sin dirección ni rumbo hasta que sus manos se rozan ligeramente, probando si aquel mundo inocente todavía responde con el primer atrevimiento.
Llega el momento de irse, ninguno hace siquiera el intento por despedirse. ¿Hacia dónde se dirigen? No importa. Nuestros cuerpos, dos líneas paralelas, dejan de serlo y se encuentran. Él dice algo sobre tu cabello y se acerca para olerlo, como si intentara presentir su destino. Sus sentidos se activan. Tú decides pertenecer a ese instante, a ese lugar. Te inclinas hacia su cuello y el aroma nocturno –caramelo y madera– queda impregnado en tu memoria, como en ondas que se dispersan por la piel.
Es tarde. Sabes que ya pasó la hora de llegar a casa, pero sigues ahí, dejando que tu voz se mezcle con la de él, como si hablar fuera otra forma de tocarse. Una intensa sinfonía de golpecitos eléctricos evidencia la conexión. Te pregunta si puede besarte y contestas que no.
Por supuesto: es secundaria.
¿Se verán el día siguiente? Irán a un lugar común, así que la voluntad se traslada al futuro. Se despiden siguiendo con la mirada la partida del otro.
Amanece. Ya es hoy. Despiertas y viertes cada coincidencia en letras. En suspiros. Las guardas en líneas retrospectivas, culpables, jodidas.
Cada analepsis interna no te transporta diez horas atrás, sino a tu época juvenil, donde bastaba compartir música y andar juntos para sentir que había historia. Y que tal vez esa historia tendría un mañana.
Ahora la sencillez no es asequible y el olvido cumple su función social. Los adultos que ayer fueron adolescentes tienen tentaciones más complejas que beber una cerveza a escondidas. Los motivos desordenan las palabras y desbaratan las memorias. Las vidas han avanzado y todo es cada vez más complicado.
No preguntaste si alguien lo esperaba. Pero esa misma noche, en la que te permitiste caminar con la chamarra de él sobre los hombros y la sensación de libertad bajo los pies, sabías que ibas a doblar ese recuerdo, como las cartas guardadas en aquella caja, escondidas arriba del clóset desde que te casaste, junto a otros tiempos que ya fueron o que, quizá, nunca debieron ser.





