Triple Equis | No eduques víctimas profesionales

diciembre 22, 2025
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Por @ArriagaXxximena

A veces estoy tentada a decir “me chocaron” para dejar descansar a la mente, para sentir que la culpa se evapora, conservar la inocencia y no una presunta pendejez al volante. Pero no: choqué. 

Formé parte de una segunda colisión; es decir, se estrellaron dos unidades y yo no pude evadirlo y fui la tercera que impacté. Por default ambos incidentes se interconectan. Los tres choferes no coincidimos en la versión oficial, pues ya saben: corralón, burocracia, papeles, investigaciones; la pesadilla en pleno diciembre.

A nadie le importa mi tragedia vial ni mi propia inquisición de culpa, pero el caso estaba clarísimo ante todos: un primer impacto y un segundo, cada conductor responsable del golpe al de adelante. Estábamos de acuerdo conductores y autoridades… hasta cuando llegaron los familiares.

Particularmente la mamá del conductor, un chico apenas en sus veintes. A pesar de contar con seguro, éste se retractó, no reconociendo su responsabilidad.

—No, no, yo no tuve la culpa. A mí me impactaron… por eso pegué adelante.

Los demás nos vimos con cara de ¿neta? porque su cambio implicaba iniciar un trauma burocrático que fácilmente podía extenderse hasta enero 2026. Todo para tranquilidad de su mamá, pensando en su hijo como víctima.

Qué jodida sociedad estamos criando.

Si aceptas tu culpa, eres un pendejo por haberla cagado.

Pero si te haces la víctima: “pobrecito, lo chocaron”.

Y ahí vamos todos, alimentando el monstruo del ego herido, sintiéndonos mejor como víctimas en lugar de responsables de nuestros actos.

La educación de los hijos debería estar muy por encima del ahorro de un deducible o del miedo al regaño familiar. Debería enseñarse honestidad, responsabilidad, consecuencia. Y también empatía. Porque así se construyen –y se destruyen– los valores de una comunidad.

Que posturas tan cabronas impulsadas por el qué dirán.

Mentiras públicas secundadas por los padres.

Sistemas enteros viciados por caprichos individuales.

Y sí, seguramente Atticus Finch jamás hubiera permitido que Scout, su hija menor, mintiera así para librarse de una consecuencia. En Matar a un ruiseñor, Nelle Harper Lee (Premio Pullitzer) nos muestra cómo el bien se enseña incluso cuando es incómodo, incluso cuando la verdad no te conviene, incluso cuando sabes que vas a perder.

Maycomb, Alabama, 1960. Racismo institucionalizado, desigualdad económica y social cargadas de violencia. Y aun así, un abogado blanco decide defender a un hombre negro inocente acusado de agresión por una mujer blanca. A pesar de presentir el desfavorable desenlace del juicio y de todos los problemas al tomar el caso, el abogado no se deja intimidar. Arriesga hasta su vida y la de sus hijos por enseñarles que no porque todos hagan alguna cosa quiere decir que está bien, o al contrario: no porque nadie haga algo bueno, quiere decir que no se deba de hacer.

Entre sus frases más chingonas:

“Nunca entiendes a una persona hasta que ves las cosas desde su punto de vista… hasta que te metes en su piel”.

“La verdadera valentía es seguir adelante aun sabiendo que perderás.”

“Ciertamente tienen derecho a pensar eso, y tienen derecho a que se respeten plenamente sus opiniones”, dijo Atticus, “pero antes de poder vivir con los demás, tengo que vivir conmigo mismo. Lo único que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno.”

“El remedio está en la calma”.

“Tal vez oigas hablar mal de mí en la escuela, pero haz una cosa por mí si quieres: mantén la cabeza alta y los puños abajo. No importa lo que digan, no dejes que te saquen de quicio. Procura luchar con la cabeza, para variar… Es un cambio excelente, aunque tu cerebro se resista a aprender”.

 “El simple hecho de que nos hayan vencido cien años antes de empezar no es razón para no intentar ganar”.

Así que, ante cualquier situación, elige hacer el bien.

Sé Atticus Finch.

No seas la madre que aconseja mentir para evitar pagar un deducible.

No eduques víctimas profesionales. No jodas tu vida ni la de los demás.

No formes adultos inútiles para la vida real. No premies la deshonestidad.

Las enseñanzas –buenas y malas– trascienden. No se quedan en un trámite. Se vuelven modus operandi. Se vuelven brújula… o se vuelven arma.

Lo peor vendrá en las colisiones internas que tendrá este joven y cualquier otra persona al confrontarse a sí mismo, sobre la integridad y la rectitud de las acciones, sobre hacer lo correcto y asumir las consecuencias de sus actos o seguir “sobreviviendo” sólo como una víctima de esta vida en tránsito.

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