Por Emiliano Gil
Hay jóvenes que escuchan a Franko Azcanio y no sólo encuentran una voz, hallan una especie de espejismo: la imagen de un México que no vivieron, pero que reconocen en su manera de cantar, en la nostalgia del bolero ranchero y en esa solemnidad antigua con la que la música mexicana hablaba de amor, de pérdida y orgullo.
A sus 23 años Franko vive únicamente de la música ranchera. No viene de una familia de abolengo musical ni creció con un apellido instalado en los escenarios. En su casa hubo parientes que tocaban o cantaban por gusto, pero nadie que se dedicara profesionalmente a la música. Por eso su camino no comenzó con una dinastía detrás, sino con la necesidad de aprender cómo entrar a una industria en la que no tenía contactos, padrinos ni una guía que le indicara hacia dónde avanzar.
Antes de llegar a la música ranchera, su vida musical pasó por otros ritmos. La primera vez que se presentó frente a un público fue a los 15 años, cuando tenía un proyecto de rap y tocó en su preparatoria. Más tarde exploró la música alternativa, el soft punk y el rock. Sin embargo, ninguno de esos caminos terminó por definirlo como lo haría una canción encontrada en medio de una ruptura amorosa.
Y la voz de Javier Solís
Franko encontró la música ranchera en un momento de tristeza. Acababa de terminar una relación que había durado bastante tiempo y, en medio de esa soledad, llegó a una canción en YouTube: “La mentira o se te olvida”, de Javier Solís. Primero vio el video musical. Después escuchó la interpretación. Ahí encontró una forma de dolor que no sólo se cantaba, sino que parecía sostenerse con la voz completa.
“Yo quiero ser como él”, pensó en aquel momento.
Desde entonces, Javier Solís se convirtió en la figura que lo inclinó hacia la ranchera. Aunque su artista favorito de toda la vida ha sido José José, fue el llamado Rey del Bolero Ranchero quien terminó por darle dirección a su estilo y a su género musical.
Ese giro no sólo transformó su manera de cantar. También cambió el cómo se entendía a sí mismo. Para Franko, entrar a la música ranchera fue una forma de redescubrir su identidad como mexicano, mirar de otra manera la cultura del país y reconciliarse con su propia ciudad.
La música dejó de ser únicamente una aspiración artística y se volvió una manera de ubicarse en el mundo.
“He cambiado drásticamente en todos los aspectos y ámbitos porque fue redescubrir mi esencia, mi identidad como mexicano, el darme cuenta de toda la cultura que tenemos y cómo vamos proyectándola conforme va pasando el tiempo”.
En su familia el camino artístico no estaba trazado. Aunque tiene parientes que tocan o cantan por gusto, ninguno se ha dedicado profesionalmente a la música. Por eso, ser el primero en intentarlo representa para él una mezcla de orgullo y presión. Su familia, al inicio, veía el arte como un camino difícil, pero con el tiempo comenzó a respaldarlo al notar que era lo que lo hacía feliz.
“Es bonito, al mismo tiempo complicado porque es como tener esa presión o la visión de todos al mismo tiempo porque eres la primera persona en la familia que está haciendo algo artísticamente, musicalmente, y que aparte llama la atención de la gente”.
Esa presión no la describe como una carga amarga, sino como una forma de acompañamiento. Saber que su familia está mirando también implica saber que hay apoyo detrás. En una casa donde la música no había sido una profesión, Franko asumió el reto de convertirla en oficio, identidad y proyecto de vida.
Una voz antigua
Antes de cantar ranchera Franko aprendió a tocar la guitarra. Comenzó alrededor de los 10 años, cuando era fan de Caifanes y quiso aprender sus canciones. Practicó durante meses hasta que, aproximadamente un año y medio después, logró tocar la primera pieza completa: “La célula que explota”. Ese fue su primer acercamiento formal al instrumento.
El canto llegó después, en buena parte de manera autodidacta. Aprendió viendo videos de YouTube, escuchando a otros músicos y siguiendo a vocal coaches en línea. Actualmente continúa formándose con un maestro español que lo guía en una técnica que él identifica como lírica clásica, una forma de canto antigua que asocia con grandes intérpretes de la música mexicana.
Para Franko, la ranchera no se canta únicamente con sentimiento. También exige técnica, estudio y control vocal. Explica que la música ranchera clásica tiene una raíz cercana al canto lírico o a la técnica de ópera, utilizada por figuras como Javier Solís, Pedro Infante, Vicente Fernández y Jorge Negrete. Esa manera de cantar requiere apoyo, resonancia y una colocación de la voz que permita proyectarla sin perder emoción.
Al comenzar, la práctica ocupaba prácticamente todo su día –Entre 10 y 14 horas diarias–. Su disciplina era intensa, casi obsesiva porque tenía claro que quería aprender a tocar y cantar. Con el tiempo, ha reducido esas jornadas para cuidar la voz, pero mantiene la constancia diaria como parte de su formación.
Actualmente practica entre dos y cuatro horas al día, repartidas en distintos momentos. A veces media hora por la mañana, otra parte en la tarde y otra en la noche. Lo hace así para avanzar poco a poco sin desgastar la voz. Ese método también refleja una idea que se repite en su carrera: la música no se sostiene únicamente en inspiración, sino en tiempo.
Su estilo vocal, considera, se distingue por la técnica del bostezo, la misma que identifica en Javier Solís, Vicente Fernández y Pedro Infante. La diferencia, dice, está en el color de su voz. Mientras Javier Solís y Vicente Fernández tenían voces más oscuras, Franko percibe la suya como más brillante, con un toque más agudo y una mezcla entre lo oscuro y el brillo de la técnica.
También compone. Una de sus canciones más recientes, “Amarte sin pecar”, está inspirada en la escritura de José Alfredo Jiménez. Para Franko, escribir dentro de la ranchera es un reto porque se trata de un género profundamente marcado en la memoria de la gente. Aun así, busca llevarlo a temas actuales sin desprenderlo de su raíz, como en esa canción, donde habla de una relación atravesada por diferencias económicas y sociales.
Ese intento por traer algo nuevo a un género antiguo resume una de sus búsquedas: no imitar el pasado, sino dialogar con él.
El espejismo de otro México
Hay jóvenes que escuchan a Franko y no sólo encuentran una voz. Encuentran una especie de espejismo: la imagen de un México que no vivieron, pero que reconocen como propio a través de las canciones, los trajes, las formas de cantar y el peso emocional de la música ranchera. En su propuesta, algunos adolescentes ven la posibilidad de asomarse a una época anterior, aunque sea por unos minutos.
Franko lo ha notado en su público. Dice que hay personas, especialmente jóvenes, que sienten nostalgia por un tiempo que no les tocó.
No busca llevar la ranchera a un museo ni convertirla en una postal detenida. Su intención es demostrar que todavía puede transmitir, emocionar y conectar con públicos jóvenes.
Ese camino, sin embargo, no ha sido sencillo. Empezar desde cero en la música implicó no tener a quién preguntarle cómo se registra una canción, cómo se sube a plataformas, cómo se lleva a la radio o cómo se busca espacio en televisión. Para Franko, uno de los retos principales fue la falta de recomendaciones y contactos.
Tuvo que aprender sobre la marcha. Averiguar, entender procesos y construir una ruta propia para crecer musical y artísticamente dentro de su ciudad y fuera de ella. Esa falta de una estructura previa volvió más pesado el camino, pero también le dio sentido a su proyecto: demostrar que no es necesario pertenecer a una dinastía para hacer música mexicana.
Su recepción, dice, ha sido positiva. Ha recibido comentarios de personas en Saltillo, Ciudad de México, Guadalajara, Sinaloa, Estados Unidos y España. También ha tenido presencia en radio, televisión y redes sociales. Para él, ese recibimiento se debe a que su proyecto conecta con el público por su carácter representativo de México.
Una de las presentaciones más importantes de su vida ocurrió en España, hace aproximadamente año y medio, durante una exhibición taurina. Ahí interpretó una canción de Javier Solís dentro del género del paso doble, o doble paso, como también lo nombró durante la entrevista. Para Franko fue especial cantar frente a un público que no era el suyo y llevar una interpretación mexicana a un espacio ajeno a la ranchera.
Aquella presentación significó más que una actuación fuera del país. Fue llevar una parte de México a un público distinto, sostener una canción vinculada a Javier Solís y defender una manera de cantar que él considera antigua, pero todavía viva.
A futuro, Franko quiere llevar su carrera hasta donde el público se lo permita. Pero más allá del alcance, las reseñas o los escenarios, busca que su música inspire a otros jóvenes a retomar la ranchera y a creer que pueden construir un proyecto sin apellidos heredados ni caminos ya hechos.





