Por Álvaro Delgado Gómez
Ahora fue la falsa entrevista a Carlos Monsiváis publicada por El Universal, cuyo blanco político era Andrés Manuel López Obrador, antes fue la falsa identidad de la mujer asoleándose en Palacio Nacional, que el columnista Raymundo Riva Palacio inventó que era la madre de la Presidenta Claudia Sheinbaum, y en el futuro se difundirán muchas más mentiras, porque el sector mayoritario de los medios de comunicación y periodistas de México decidió hundirse en la inmundicia de la calumnia, la corrupción y la rabia, ahora con Ricardo Salinas Pliego como el jefe, en vez de la regeneración ética que le urge para cumplir su deber social supremo de búsqueda de la verdad.
Si un prominente periodista que durante medio siglo ha sido director de varios medios y jefe de la agencia de noticias Notimex en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari escribe que la verdad no importa —“la verdad ya es irrelevante”— sólo para sustentar una falsa censura gubernamental contra la periodista Azucena Uresti, y no hay ninguna reprobación en el gremio por tamaña confesión y hasta lo normaliza, entonces este gremio ha tomado partido por la mentira, veneno para el periodismo. Y si retomo lo que escribió Riva Palacio, en enero de 2024, es porque jamás ha rectificado ni ha dicho que fue un error escribir eso. La diferencia entre un error y una mentira es el dolo: La decisión consciente de escribir o decir algo falso para engañar y desprestigiar. Por eso este mismo periodista publicó otra patraña dos años después, en marzo de 2026: Que Annie Pardo, la madre de Sheinbaum, era la mujer que tomó el sol en una de las ventanas de Palacio Nacional.
No rectificó Riva Palacio, analista estrella de Televisa —una histórica maquinaria de desinformación—, porque la mentira es una convicción y una escuela que tiene alumnos en la mayoría de los medios de comunicación que, a sabiendas de que no hay consecuencias jurídicas ni políticas, practican uno de los principales vicios del gremio: inventar antes que investigar. En la prensa canalla se miente hasta por pereza, porque la mentira suple la labor de verificación, que lleva tiempo y esfuerzo. Y lo peor: Se miente por encargo, porque paga quien encarga mentir y esa es también una forma de vida.
La mentira en el periodismo mexicano no es un síntoma, es la enfermedad. La prensa mercenaria es histórica, desde antes del Porfiriato y sobre todo desde que se sometió al poder público —“¡Gracias, señor Presidente!”— y al poder inmenso de los dueños del dinero, pero se ha vuelto más cínica en el más reciente cuarto de siglo y más rabiosa a partir de 2018, convertida en oposición ideológica y partidaria, una lógica contrapuesta al interés público.
Una vez más: el tema no es si los medios de comunicación tienen una posición ideológica legítima, ni si defienden intereses económicos hasta espurios, tampoco si los periodistas en lo individual tenemos como profesionales y ciudadanos identificación con un proyecto de nación —o con ninguno—, sino si tenemos un compromiso radical con la verdad o con la mentira. Porque periodismo militante ha habido siempre en México y ha sido el dominante hasta ahora: es el periodismo que milita en la mentira y en la corrupción.
Junto al aberrante caso de El Universal, que cree que con despedir al falsificador Edmundo Cázares y borrar todo lo que le publicó ya resarció el daño con una disculpa que no fue para López Obrador, se publicó otra falsedad en Excélsior, diario también centenario y con una biografía putrefacta desde hace medio siglo: Que el Senador Gerardo Fernández Noroña tiene a su hijo en la nómina del Senado, trabajando para él.
La patraña de Leticia Robles de la Rosa, periodista que hace la cobertura en el Senado para ese diario, pronto quedó exhibida y tuvo que disculparse. Ella y el Senador han tenido desavenencias públicas, como las que a menudo existen entre políticos y periodistas, pero la mentira jamás puede justificarse.
Podría pensarse que sólo estos dos casos, de tantos que proliferan a diario en los medios, incluidas las cadenas Televisa y TV Azteca, podrían detonar un debate tan urgente como necesario sobre una regeneración ética del periodismo para cumplir con su responsabilidad social y que contrarreste al periodismo vil que domina.
Uno de los principales problemas del deterioro ético del periodismo en México es que se ha subordinado a la lógica política, de manera que el discurso político falaz y estridente se ha impuesto a la investigación periodística, cuya búsqueda de datos implica método y perseverancia.
La prensa extranjera que informa sobre México, sobre todo la de Estados Unidos, tampoco es el modelo a seguir para el periodismo nacional: diarios como The New York Times son sólo reproductores acríticos de versiones anónimas, con fuentes citables de opinadores locales sin credibilidad. Citar a 10 o 15 funcionarios anónimos no es periodismo de investigación, sino propaganda de gobierno o de grupos de interés. Esto no es nuevo: así lo hicieron cuando acusaron de narcotraficantes a los priistas Manlio Fabio Beltrones y Francisco Labastida Ochoa, así como de corrupto al expresidente Miguel de la Madrid.
Por eso no hay manera de discutir la regeneración ética del periodismo mexicano: Los que jamás aceptarán son, precisamente, los mentirosos que al fin yacen ya en el basurero, y menos los empresarios y políticos que los tienen sometidos, los mismos que pagan salarios miserables a los trabajadores y que dejan en total desprotección a las familias de los que son asesinados.
Es abominable que así sea, pero la prensa inmunda, el periodismo canalla, como le han llamado desde Tom Wolf hasta Pascual Serrano, ahí seguirá para desgracia de los mexicanos…





