Por Zenya García
En cada voz que exige justicia, en cada madre que busca a su hijo desaparecido y en cada paso por la igualdad y los derechos humanos, resuena en la memoria el nombre de Rosario Ibarra de Piedra, una mujer cuya trayectoria marcó la historia sociopolítica de México y cuya figura cobra una importancia singular en cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.
Rosario Ibarra de Piedra –nacida María del Rosario Ibarra de la Garza en Saltillo el 24 de febrero de 1927– transformó el dolor personal en lucha colectiva y se convirtió en una de las voces más contundentes contra la desaparición forzada y la impunidad en México.
A partir de la detención y desaparición de su hijo Jesús Piedra Ibarra en 1974 –acusado de militar en la Liga Comunista 23 de Septiembre y desaparecido por autoridades policiacas en Monterrey–, su vida cambió de rumbo y su destino se forjó en la defensa de los derechos humanos.
De buscadora de verdad y justicia a líder social
Lo que se inició como la búsqueda incansable de un hijo, pronto se convirtió en una causa que vinculó a cientos de familias en un grito común por la justicia. Fue así como en 1977 fundó el Comité Pro-Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos, más conocido como Comité ¡Eureka!, organización que agruparía a madres, padres y familiares de desaparecidos durante años de represión política del Estado mexicano. Este comité se convirtió en símbolo de resistencia y de la lucha por encontrar respuestas frente a la omisión del Estado mexicano.
La consigna que acompañó sus exigencias –“¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”– trascendió y se arraigó en el movimiento social mexicano. Desde huelgas de hambre hasta marchas multitudinarias, Rosario Ibarra ejerció presión para que el Estado enfrentara el fenómeno de las desapariciones forzadas y la tortura como prácticas sistemáticas de la llamada Guerra Sucia en México.
Pionera política
Además de activista, Rosario Ibarra incursionó en la política institucional como una extensión de su lucha social. Fue la primera mujer en postularse a la Presidencia de la República: participó en las elecciones federales de 1982 y 1988 como candidata por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), acción que marcó un precedente histórico para las mujeres en la política mexicana. También fue diputada federal y senadora, donde impulsó reformas en favor de los derechos humanos y la justicia.
Su liderazgo no sólo inspiró a generaciones de mujeres activistas, sino que rompió barreras en un entorno político tradicionalmente dominado por hombres, abriendo espacios para la participación femenina en las altas esferas del poder y en la lucha por causas sociales.
Reconocimientos y legado
La trayectoria de Rosario Ibarra de Piedra fue reconocida a escala nacional e internacional. Fue candidata en varias ocasiones al Premio Nobel de la Paz, reconocida por su incansable labor en favor de los derechos humanos. En 2019 el Senado aprobó otorgarle la Medalla Belisario Domínguez, el máximo galardón civil de México, por su larga trayectoria en defensa de los desaparecidos, presos políticos y exiliados. En su discurso al recibir esta medalla, Ibarra pidió que la entrega no fuera un símbolo estático, sino un compromiso vivo con la verdad y la justicia para quienes aún esperan respuestas sobre sus seres queridos desaparecidos.
Rosario falleció el 16 de abril de 2022 en Monterrey, Nuevo León, a los 95 años. Dejó un legado fundacional que sigue inspirando a quienes luchan por la justicia, la memoria y la dignidad humana.
8M: recordar con sentido y conciencia histórica
Recordar la lucha de Rosario Ibarra de Piedra cada 8 de marzo –fecha internacional que conmemora la lucha por los derechos de las mujeres– es reconocer que el feminismo no es una causa aislada, sino un tejido de acciones que se articulan con la justicia social. Su vida representa la intersección entre los derechos humanos, la política, las demandas contra la impunidad, y la lucha por la igualdad de las mujeres en todos los ámbitos.
Cada 8 de marzo su nombre debe resonar no sólo como símbolo de resistencia ante las desigualdades de género, sino como estandarte de justicia frente a la desaparición forzada, la impunidad y la violencia estructural. En un país donde miles de familias aún buscan a sus desaparecidos, su lucha adquiere sentido renovado: visibilizar que los derechos humanos se sostienen cuando las demandas de verdad y justicia no cesan.
Rosario Ibarra de Piedra encarna la fuerza de una mujer que transformó un dolor personal en una lucha colectiva de dimensiones históricas. Su legado sigue vivo en las causas que siguen pendientes y su memoria se mantiene como un faro dentro del feminismo que guía tanto a las mujeres como a toda la sociedad en la búsqueda de justicia, dignidad y derechos para todas y todos.
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