Por Andrés Flores & Daniel Cárdenas // CEDIL
Las recientes celebraciones decembrinas expusieron un factor ambiental crónico en Saltillo: el ruido. Aunque la pirotecnia y el bullicio de las posadas son ineludibles en estas épocas, no son las principales causas.
Contrario a lo que se piensa, el tránsito vehicular ocupa ese lugar. Diversos estudios reportan que más de 70% de la contaminación acústica en las ciudades proviene del tráfico automotor. La expansión urbana dispersa y el crecimiento acelerado del parque vehicular en Saltillo han configurado una ciudad estructuralmente ruidosa.
La premisa fundamental de este análisis es que el ruido no es sólo una molestia estética o una falta de educación cívica, es un agente patógeno psicosocial que erosiona el bienestar, dispara marcadores biológicos de estrés y fractura el tejido social detonando violencia en las comunidades más vulnerables.
El análisis de datos proporcionados por la Comisaría de Seguridad y Protección Ciudadana, contrastados con mediciones de campo y la normativa local vigente, revela un escenario preocupante: Saltillo enfrenta una constante de decibeles (dB) que supera los umbrales de tolerancia biológica.
Realidad sonora
El ruido generado por el tránsito afecta de manera significativa a la población urbana. De acuerdo con la Guía para el ruido urbano, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca de 40% de las personas en centros urbanos están expuestas durante el día a niveles superiores a los 55 decibeles, y cerca de 20% a más de 65 decibeles. Eso implica que, globalmente, aproximadamente la mitad de la población vive en zonas con alta contaminación sonora.
En ese contexto, de acuerdo con el análisis de campo realizado por el CEDIL, en el centro de Saltillo los niveles de ruido registrados durante los fines de semana superan los 87 decibeles, una intensidad muy por encima de los rangos considerados seguros, y comparable con escenarios de alta saturación sonora en grandes ciudades, lo que puede generar afectaciones a los habitantes de la zona.
Sin embargo, en vialidades de alto flujo, como el bulevar Luis Donaldo Colosio y el bulevar Venustiano Carranza, se alcanzan hasta 86 decibeles, una intensidad comparable a la de espacios con música alta y constante reforzando la evidencia de que el tránsito es una de las principales fuentes de ruido ambiental en la ciudad.
Pese a no ser la fuente primordial de ruido, los conflictos vecinales por volumen excesivo son un síntoma de la tensión social. La Comisaría de Seguridad y Protección Ciudadana reporta un promedio de siete quejas diarias por ruido vecinal.
Sólo durante diciembre pasado se recibieron más de 350 quejas, con multas aplicadas que oscilaron entre mil 131 pesos y dos mil 262 pesos.
Las áreas con mayores niveles de ruido ambiental se concentran en diversos puntos, incluyendo el oriente (La Herradura, Nuevo Mirasierra, Prados de San José y Puerta del Rey), el sur (Hacienda Narro, Teresitas y Lomas del Refugio), el poniente (Saltillo 200) y el norte y nororiente (Topo Chico y El Toreo).
El patrón observado subraya que la contaminación acústica se concentra en puntos donde el tráfico pesado interactúa con áreas residenciales o en colonias que tienen menos influencia política para impulsar regulaciones.
Leyes permisivas
La regulación base en México es la NOM-081-SEMARNAT-1994, una norma oficial mexicana que establece los límites máximos permisibles de emisión de ruido con más de 30 años de antigüedad. Pese a un acuerdo modificatorio en 2013, los límites continúan siendo excesivamente permisivos en comparación con los estándares internacionales de salud.
En Saltillo la normativa local, alineada a la federal, permite hasta 55 dB en horario diurno (06:00 a 22:00 horas) y 50 dB en horario nocturno (22:00 a 6:00 horas) para zonas residenciales, umbrales que la realidad de la ciudad supera constantemente.
Agente de violencia y malestar
El ruido ambiental deteriora gravemente la calidad de vida y salud, y sus efectos sociales son trágicamente ilustrados por los incidentes de violencia vecinal.
Un claro ejemplo de cómo la molestia acústica se transforma en violencia ocurrió en octubre último en la colonia Jesús García Corona. Lo que se inició como una fiesta con música a alto volumen escaló a una violenta riña campal entre más de 20 jóvenes. El saldo fue alarmante: 10 detenidos, daños considerables a cuatro vehículos (incluyendo una camioneta familiar Honda Odyssey y una Jeep Patriot), y la necesidad de una respuesta masiva de la Policía Municipal, Policía Estatal, el Grupo de Reacción Especializada (GREC) y la Secretaría de Marina.
Las investigaciones a escala global confirman que los efectos del ruido ambiental son consistentes y graves afectando tanto la salud física como la mental. En el aspecto de la salud física se ha demostrado que el ruido contribuye a padecimientos auditivos y aumenta el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, hipertensión y cardiopatía. Además, interfiere directamente con el descanso detonando trastornos del sueño como dificultad para conciliarlo, interrupciones y alteraciones en su profundidad. En el plano psicológico y cognitivo el ruido incrementa los niveles de estrés e irritabilidad.
También afecta los procesos cognitivos esenciales como la memoria y la atención, lo que impacta negativamente el rendimiento diurno, especialmente en niños y jóvenes (de siete a 19 años). A medio y largo plazo esas afectaciones pueden desencadenar una variedad de problemas secundarios que minan la calidad de vida, tales como frustración, ansiedad, síntomas depresivos y cansancio crónico.
Medidas preventivas
Pese a la gravedad del problema existe un vacío notable en la generación de conocimiento científico local aplicado a esta crisis. Saltillo alberga instituciones de alto nivel académico que poseen el capital intelectual para abordar el problema, pero cuya producción específica sobre el paisaje sonoro de la ciudad parece desconectada de la política pública urgente. En este sentido la falta de estudios locales actualizados deja a las autoridades sin argumentos técnicos para endurecer las normas.
Dado que la principal fuente de contaminación acústica es el tráfico vehicular, las medidas preventivas y de acción deben incluir el fomento del transporte público eficiente, movilidad activa y desarrollo de estrategias para reducir el flujo de vehículos.
Es imperativo que el gobierno de Saltillo, junto con la academia, reconozca el ruido no como una molestia, sino como una amenaza de salud pública y un detonador de violencia social que exige una intervención inmediata y basada en la ciencia local.
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