Por Andrés Flores & Daniel Cárdenas // CEDIL
“Cada vez se detecta más violencia en el noviazgo, en parejas jóvenes, amenazas, celotipia, manipulación y control…”, afirma Amanda Díaz, psicóloga clínica y responsable estatal del Componente Violencia de Género de la Secretaría de Salud del Estado de Coahuila, durante una entrevista realizada por el CEDIL.
Sus señalamientos son respaldados por datos oficiales, pues Coahuila se encuentra en sexto lugar de los estados con mayor porcentaje de mujeres que han sufrido algún tipo de violencia en los últimos 12 meses, con 45% del total de mujeres mayores de 15 años. Una cifra que, lejos de ser un dato, debería alarmarnos y obligarnos a replantear qué estamos haciendo (o dejando de hacer) para garantizar una vida libre de violencia.
Este 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, fecha que nos invita generar conciencia sobre un fenómeno que lamentablemente ha incrementado en el estado. Hablar de violencia contra las mujeres implica reconocer que este fenómeno está lejos de expresarse sólo de manera física. Pero para dimensionar su gravedad, también es necesario observar las cifras oficiales que permiten identificar patrones, riesgos y magnitud del problema estatal.
Una de las expresiones de violencia que resulta clave analizar son las lesiones dolosas contra las mujeres, pues forman parte de la violencia cotidiana que no siempre llega a los titulares, pero sí deja marcas profundas.
De acuerdo con el informe del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, correspondiente a los tres trimestres que van de 2025, la tasa de lesiones dolosas por cada 100 mil mujeres en Coahuila es de 98.16, cifra que supera la tasa nacional y coloca a Coahuila en el noveno lugar de la escala. Así como en ese indicador, la violencia contra las mujeres se manifiesta de múltiples maneras: desde agresiones en el ámbito familiar hasta delitos del caracter sexual pasando por violencias extremas como el feminicidio. Aunque cada una de las expresiones de violencia tiene factores y dinámicas distintas, en conjunto dibujan un panorama preocupante.
¿Cómo podemos identificar la violencia?
“La normalización de la violencia, las violencias silenciosas o sutiles: psicológica, emocional, económica, social e institucional representan uno de los principales retos para la atención a las usuarias”, considera la psicóloga.
Generalmente, nuestro concepto de violencia se ve limitado solamente a la violencia física como golpes y empujones, entre otras agresiones. Sin embargo, la violencia puede ser manifestada de muchas maneras causando en ocasiones el mismo daño o incluso mayor que la violencia física.
La violencia puede presentarse de manera psicológica mediante humillaciones, insultos, amenazas, infidelidad, manipulación, etcétera; también se presenta la violencia sexual donde se degrada o daña el cuerpo y la sexualidad de la víctima, en la que puede implicar abuso de poder o realizar actos de índole sexual sin consentimiento.
Otros tipos de violencia que se suelen pasar por alto son la económica y patrimonial, la primera implica ejercer poder y control sobre los recursos económicos de la víctima haciéndola dependiente y vulnerable, mientras que la segunda se manifiesta en la transformación, sustracción, destrucción, retención o distracción de objetos, documentos personales, bienes y valores.
Es importante identificar la violencia en todas sus expresiones para evitar su normalización y ser víctimas de ella. Además de eso, es necesario tomar en cuenta otros factores de riesgo.
Diversos estudios han encontrado que mujeres con un nivel socioeconómico bajo, sin apoyo social o hijas de madres que sufrieron violencia de pareja tienen mayor probabilidad de sufrir violencia de género, tal como señala Amanda: “Entendiendo que la violencia puede afectar en cualquier grupo de edad. Los registros señalan que la población más recurrente en los servicios de salud es de 20 a 39 años. Esto no significa que otros grupos de edades no sufran de violencia, sino que en esos grupos la detección aún es un reto”.
Sobre las señales tempranas que el personal de salud observa, explica que primero suelen aparecer indicadores físicos: moretones, heridas, infecciones de transmisión sexual recurrentes. Seguido de señales emocionales y contextuales.
Parte clave del trabajo es observar las dinámicas familiares o de las personas que rodean a quien accede al servicio, redes de apoyo, aislamiento o cambios en la conducta de la usuaria, porque “la violencia tiende a cortar los lazos de apoyo”.
La violencia ejercida contra la mujer por su parejas tiene un impacto profundo y grave en su salud y bienestar físico, ṕsicologico y social, así como en la de sus hijos. Sus efectos van desde lesiones y daños psicológicos hasta el deterioro de la calidad de vida. Además, sus efectos suelen persistir incluso mucho tiempo después de que haya terminado la agresión dejando múltiples secuelas a las víctimas.
Entre todas las consecuencias, las afectaciones psicológicas suelen ser las más persistentes y severas para la víctima, la familia e incluso para el propio agresor, en particular la violencia de género representa una amenaza silenciosa y difícil de identificar: opera de manera sutil y acumulativa, pasa desapercibida para quienes la viven y quienes la observan, pero es una de las formas de violencia más dañinas para la sociedad.
Desde la Secretaría de Salud, la responsable estatal del Componente de Violencia de Género reconoce que la atención en los servicios de salud muestra un panorama complejo. Los casos más frecuentes que llegan a consulta involucran violencias físicas, psicológicas y sexuales.
Muchas mujeres ingresan primero por síntomas médicos relacionados al estrés o por crisis de ansiedad, sin identificar inicialmente que viven violencia. En niveles de atención más especializados se detecta también un aumento de violencia en el noviazgo, especialmente entre parejas jóvenes, donde principalmente se observan casos de amenazas, manipulación, celotipia y control.
“Estas violencias no son hechos aislados: tienen raíces en estructuras mucho más complejas”, señala la experta. Expone que, además de la atención y tratamiento médico, es clave e indispensable reforzar las redes de apoyo.
Es necesario recordar que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno individual ni aislado: es consecuencia de desigualdades profundas que se reproducen en lo familiar, comunitario e institucional. Por ello no basta con exhortar a las mujeres a denunciar; es necesario garantizar que cuando lo hagan, encuentren respuestas efectivas y entornos seguros.
¿Cómo se afronta la violencia contra las mujeres en Coahuila?
Desde el Componente Violencia de Género de la Secretaría de Salud del Estado de Coahuila se brinda atención de primer, segundo y tercer nivel, los cuales van desde la promoción de la salud y prevención de violencia en escuelas, capacitaciones con perspectiva de género a docentes y personal de salud hasta la activación de rutas de acción, acompañamiento psicológico y médico y canalización a refugios o espacios necesarios de protección.
“En el plano más social el reto es transformar los patrones culturales que toleran o justifican la violencia, enfrentar el estigma hacia las personas que denuncian y buscan ayuda … La prevención es más efectiva cuando se coordina y produce con la comunidad”, explica la responsable estatal.
Como menciona, la prevención y erradicación de la violencia contra la mujer es un trabajo arduo que requiere del apoyo y coordinación interinstitucional, pero también de la comunidad.
La violencia contra las mujeres no es sólo un problema individual: es un fenómeno que se sostiene en silencios, estigmas y estructuras que normalizan el control y el miedo. Afrontarla implica mucho más que los protocolos y el trabajo institucional; requiere una comunidad que acompañe, escuche sin juzgar, que no minimice y que deje de justificar lo injustificable.
Podemos empezar con reconocer las señales, fortalecer las redes de apoyo y creerle a las mujeres. Desde hogares, escuelas, centros de trabajo y espacios públicos, cada gesto de cuidado, atención, empatía y denuncia colectiva ayuda a romper el ciclo.
La violencia no va a desaparecer por sí sola, pero sí puede enfrentarse cuando la sociedad se cuestiona y decide no ser cómplice. Construir un entorno donde las mujeres vivan sin miedo es un trabajo urgente y de todos.
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