Por Hiroshi Takahashi
En los archivos desclasificados de la CIA hay documentos que no envejecen: sólo cambian de fecha. Uno de ellos, firmado por John Horton y titulado Mexico, The Way of Iran?, retrata el nerviosismo de Washington frente a un México que, en los años ochenta, no siempre caminaba al ritmo que quería Estados Unidos.
El texto parte de una pregunta incómoda: si la inteligencia estadounidense había fallado en Irán, ¿podía fallar también en México?
Para algunos sectores del gobierno norteamericano, México acumulaba señales inquietantes: crisis económica, corrupción, tensión social, cercanía diplomática con Cuba, simpatías hacia movimientos de izquierda en Centroamérica y una burocracia estadounidense incapaz de leer con precisión lo que ocurría al sur de su frontera.
México aparece como vecino indispensable, pero también como sospechoso permanente.
Horton describe cómo empezó a circular una idea inquietante en Washington: “México es nuestra versión de Irán”. La tesis sostenía que el país avanzaba silenciosamente hacia una crisis política, económica e institucional que Estados Unidos no estaba viendo o no quería reconocer. El autor no suscribe completamente esa visión, pero sí se dedica a analizar por qué ganó fuerza dentro del gobierno estadounidense.
Según Horton, muchos funcionarios interpretaban la realidad mexicana a través de prejuicios ideológicos más que de evidencia concreta. “Cuando una nueva administración llega al poder, las instituciones tienden a llenarse de personas que comparten la visión política de quienes ganaron las elecciones”, escribe. El resultado era una burocracia predispuesta a encontrar señales de alarma donde quizá solo había diferencias políticas.
México atravesaba la crisis de deuda más severa de su historia moderna. El peso se desplomaba. La inflación crecía. La fuga de capitales se aceleraba. El gobierno de Miguel de la Madrid enfrentaba una economía debilitada y una sociedad cada vez más inconforme. Desde Washington, aquello podía parecer el preludio de un colapso.
Lo que realmente inquietaba a ciertos sectores estadounidenses era la política exterior mexicana.
Horton recuerda que México mantenía una posición independiente respecto a Centroamérica, rechazaba apoyar la estrategia de confrontación impulsada por Ronald Reagan y promovía, junto con otros países, la vía diplomática del Grupo Contadora. Para algunos funcionarios estadounidenses, esa postura era una muestra de autonomía. Para otros, era una señal de simpatía hacia gobiernos y movimientos de izquierda.
“México favorecía a los marxistas en El Salvador más que a las fuerzas democráticas”, sostenían algunos críticos citados por el autor. Otros llegaban más lejos y veían en la diplomacia mexicana una especie de desafío estratégico a Washington.
Horton describe un fenómeno fascinante: cuanto más se intentaba probar la teoría del “México-Irán”, más se buscaban datos que la confirmaran. Los rumores comenzaban a adquirir categoría de evidencia. Las anécdotas sustituían a los análisis. Los prejuicios terminaban ocupando el lugar de los hechos.
El autor relata reuniones en las que se discutía si existían movimientos guerrilleros ocultos, conspiraciones de inspiración soviética o una inminente radicalización del sistema político mexicano. Cuando los analistas pedían pruebas, las respuestas eran sorprendentemente vagas.
Horton advierte que el riesgo no era que México estuviera siguiendo el camino de Irán, sino que Washington terminara convencido de una hipótesis que nunca logró demostrar. “Cuando los hechos se abren a la interpretación, la lucha doctrinal comienza”, escribe. En otras palabras: cuando la realidad es compleja, la tentación de simplificarla mediante una narrativa ideológica resulta enorme.
Hoy las preocupaciones son otras: migración, fentanilo, cadenas de suministro, inteligencia artificial, China. Pero la lógica es parecida. Cada vez que México adopta una posición distinta a la de Washington, resurge la pregunta sobre si es un aliado confiable o un problema potencial.
El propio Horton ofrece una respuesta indirecta. El mayor error de Estados Unidos no sería subestimar a México. Tampoco sobreestimarlo. El verdadero error sería intentar entenderlo únicamente a partir de sus propias obsesiones.





