Triple Equis | Lo que Facebook me recuerda que no soy

septiembre 9, 2025
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Por  @arriagaxxximena

Facebook no me roba tiempo, me roba perspectiva. Me recuerda lo que no tengo, incluso lo que jamás quise, y ahora parece que debería desear.

Juro, soy buena persona (lo he dicho antes). Me alegro auténticamente cuando a alguien le va bien. No suelo envidiar en gran medida; me siento afortunada, feliz con mi vida.

Y aun así… me hace mal Facebook.

No sé si es culpa de los algoritmos o de la propia naturaleza humana, y aunque no soy asidua a esta red, con cada ingreso a mi cuenta termino pensando en algo inconcluso, en lo que perdí, no hice o en lo que nunca soñé… y, de todas formas, siento una melancolía extraña por no poseerlo.

¿Les ha pasado? 

Instagram no me causa el mismo efecto. Lo uso para trabajar, estudiar y seguir alguna que otra cuenta de humor o sarcasmo; y X, bueno, ustedes saben para qué lo ocupo (????). Pero mi cuenta de FB —abierta hace años— sigue siendo un desfile de personas que conozco poco, excompañeros de escuela o de trabajo, algunos amigos, familiares y otros tantos, quienes no sabría explicar cómo llegaron ahí. Gente que, si nos cruzáramos en la calle, probablemente ni me saludaría… y, sin embargo, sus vidas entran en la mía con cada publicación vista. 

Ahí está el problema: esa puta (auto) emboscada de comparar nuestra vida con la de otros. Esa punzada al descubrir sonrisas más amplias, fotos más creativas, bellezas más impresionantes, viajes más lejanos, lugares más bonitos, parejas más enamoradas, trabajos más reconocidos. Una serie interminable de “más” no buscados, pero igual se instalan en nuestra cabeza.

Según el Instituto de Neurociencias Aplicadas, las redes sociales funcionan como ventanas hacia las vidas ajenas y nos invitan —sin pedir permiso— a compararnos. Nuestro cerebro no sabe defenderse del todo: distorsiona la realidad y amplifica la ansiedad, la tristeza y la baja autoestima. Algunos psicólogos incluso equiparan el uso habitual de Facebook con una adicción o enfermedad mental, y las resonancias magnéticas parecen darles la razón.

En un estudio al respecto, las personas que desactivaron su cuenta reportaron una pequeña pero significativa mejora en su estado de ánimo y en su satisfacción con la vida. 

Debe ser cierto, a mí me pasa. Cada scrolleada incrementa mi FOMO —ese Fear of Missing Out-, el temor a perderme de algo importante, aunque no sea tan importante en realidad.

La psicóloga Gabriela Martínez Castro, directora del Centro de Estudio Especializado en Trastornos de Ansiedad (CEETA), explica para fuentes digitales que “desde hace unos años existe un diagnóstico llamado FOMO o temor a quedar desconectado o fuera de circulación en las redes sociales. Se asocia con trastornos de ansiedad generalizada y fobia social”. Antes se trataba de no perderse planes o eventos; hoy, el escenario es distinto: tememos quedarnos fuera del relato perfecto que otros construyen en redes.

Tampoco disfrutamos igual de fotografiar o fotografiar-nos, porque lo que antes era un recuerdo, una imagen por siempre -saber que estuviste ahí para no olvidarlo nunca, el alto valor de una fotografía única-, ahora se vuelve competencia aesthetic de likes o contenido altamente criticable.

Hay una salida: restricción. Limitar el tiempo gastado en estas aplicaciones, e incluso desinstalarlas, puede devolvernos algo que creíamos perdido: paz. Y cuando eso pasa, ¡a disfrutar! La vida “real” se siente más viva.

Caminar, bajarle a las prisas, cocinar, comer, pasear sin tener que fotografiar todo, mirar el cielo, notar el viento, conversar cara a cara, dormir sin el celular en mano, leer, convivir; ponerle música a nuestras propias escenas y no vivir pendientes del guion ajeno.

Quizá la moda ya no sea el live streaming de nuestra vida, sino el live action de vivirla. Apreciar lo que sí tenemos, antes de que el scroll nos haga minimizarlo. Y ahí, en nuestra propia vida real, sin likes, sin filtros y sin testigos, descubrir que no nos faltaba nada…. sólo estar presentes.

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