Eliseo Mendoza Berrueto: El hombre que enseñaba sin levantar la voz

junio 8, 2026
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Por Jaime Martínez Veloz

(A la memoria del amigo, del maestro, del hombre bueno. Fallecido el 17 de mayo de 2022.)

Dicen que hay personas que no pasan por la vida:

la atraviesan.

La cruzan como quien abre un sendero en la maleza,

dejando atrás una vereda que otros seguimos sin darnos cuenta.

Para mí, uno de esos hombres fue Eliseo Mendoza Berrueto.

Lo conocí hace 52 años, cuando yo era apenas un estudiante con más preguntas que certezas,

y él ya era un hombre que sabía escuchar incluso lo que uno no decía.

I. El primer gesto: libros como semillas

Era 1974.

Yo presidía la Sociedad de Alumnos de Arquitectura y teníamos una biblioteca que era más deseo que realidad.

Le pedimos apoyo a Eliseo, entonces subsecretario de Comercio.

Y él, sin aspavientos, sin discursos, sin pedir nada a cambio,

nos mandó libros.

No cualquier libro:

los de Gustavo Gili,

los que costaban caro,

los que uno hojeaba en silencio como quien toca un tesoro ajeno.

Entre ellos venía el Neufert,

ese ladrillo sagrado que todos los arquitectos cargamos alguna vez como si fuera un talismán.

Ese gesto —aparentemente pequeño—

fue la primera lección de Eliseo:

la educación se riega como se riegan las plantas: con generosidad.

II. La política como punto de encuentro

Años después, en 1985, lo encontré ya como candidato a diputado federal.

Platicamos sobre Coahuila, sobre la universidad, sobre ese país que empezaba a abrir ventanas después de décadas de puertas cerradas.

Ganó.

Y desde la Cámara de Diputados mostró algo que pocos políticos entienden:

que el respeto no se impone,

se construye.

En 1987 él buscaba la gubernatura por el PRI

y yo la presidencia municipal de Saltillo por la izquierda.

Caminábamos por lados distintos del río,

pero el agua era la misma.

Ganó él.

Perdí yo.

Y la vida —que tiene su propio sentido del humor—

nos volvió a juntar.

III. Vivamos Mejor: cuando un proyecto se vuelve destino

Después de las elecciones, yo seguí trabajando en las colonias Francisco Villa y Universidad Pueblo.

Queríamos formar una cooperativa de vivienda.

Queríamos techo, dignidad, futuro.

Para acceder a un crédito de FONHAPO necesitábamos el apoyo del Congreso.

Pedí audiencia con el gobernador Eliseo Mendoza.

Le expliqué el proyecto.

Lo escuchó con esa atención suya que no interrumpe.

Y cuando terminé, me dijo algo que cambió mi vida:

—El proyecto es bueno… pero puede ser más grande.

Piensen en todo el estado.

Así nació Vivamos Mejor.

Lo elaboramos entre estudiantes y arquitectos.

Creíamos que nos pagarían cinco mil pesos.

La vida tenía otros planes.

Cuando se lo presentamos, Eliseo me miró y dijo:

—Dirige tú el programa.

Yo, que venía de la izquierda,

que había confrontado al poder,

que había peleado con los dueños del pueblo,

me quedé mudo.

Él solo añadió:

—Vas o no vas.

Y fui.

Porque hay decisiones que no se toman con la cabeza,

sino con el alma.

IV. El gobierno como servicio, no como negocio

Con Eliseo aprendí que gobernar no es mandar:

es escuchar.

Que la obra social no es “pequeña”:

es profunda.

Que una rampa, una ampliación de vivienda,

una escuela reparada,

una clínica abierta,

valen más que cualquier elefante blanco.

Que la democracia empieza en la asamblea de vecinos,

no en los discursos.

Que la política se honra cuando se camina el territorio,

cuando se atiende al campesino del Valle del Hundido

que llega con la tristeza marcada en la cara

y la esperanza colgando de un hilo.

Con Eliseo recorrimos Coahuila entero.

Desde Sierra Mojada hasta la Laguna.

Desde los ejidos más olvidados hasta las colonias más jóvenes.

Nunca recibí una consigna para favorecer a nadie.

Nunca me pidió que torciera un proceso.

Nunca usó la pobreza como herramienta política.

Eso, en México, es casi un milagro.

V. La vida después: caminos que se cruzan

En 1991 dejé el programa para competir por una diputación.

No entré.

Y entonces Carlos Rojas me invitó a Tijuana,

esa ciudad que no duerme,

esa frontera que respira distinto.

Me fui.

Y Eliseo se quedó gobernando Coahuila.

Pero la vida —que es terca—

nos volvió a juntar en 1994,

cuando él llegó al Colegio de la Frontera Norte.

Lo acompañé a buscar casa.

Vimos películas.

Platicamos de política con el Pacífico como testigo.

Aprendí más en esas conversaciones

que en muchos libros.

VI. El maestro que no presumía ser maestro

En 1998 volví a pedirle consejo para otra campaña.

Ganamos.

Y él, desde su sabiduría serena,

nos ayudó a construir acuerdos,

a imaginar un nuevo pacto para Baja California.

Luego la vida me llevó a Chiapas,

a la paz,

a otros territorios donde la palabra se vuelve arma y puente.

Pero siempre, siempre,

cuando lo veía,

cuando hablábamos,

cuando coincidíamos,

sentía que estaba frente a un hombre que dignificaba la política.

Y eso, en estos tiempos,

es un bien escaso.

VII. Últimos encuentros, últimas lecciones

En 2010 volvimos a trabajar juntos en Tijuana.

Ganó el candidato del PRI.

Luego olvidó sus compromisos.

Pero esa ya no era responsabilidad de Eliseo.

Lo importante es que la vida nos permitió reencontrarnos,

otra vez en la trinchera,

otra vez con la mirada puesta en el horizonte.

Después él volvió a Coahuila,

fue diputado,

presidió la Junta de Gobierno,

y dejó, como siempre,

una estela de sobriedad y decencia.

El 17 de mayo de 2022,

su corazón —que había cargado tantas historias—

decidió descansar.

VIII. Epílogo íntimo: lo que queda cuando un hombre bueno se va

He intentado resumir 52 años de amistad,

de aprendizajes,

de caminos compartidos.

No sé si lo logré.

Lo que sí sé es esto:

Mis errores son míos.

Mis aciertos, muchos de ellos, llevan su sombra.

Eliseo Mendoza Berrueto fue para mí:

maestro,

amigo,

consejero,

compañero de ruta,

y, sobre todo,

un hombre bueno.

Y en un país donde la política suele ensuciar,

él supo caminar sin mancharse.

Eso no se olvida.

Eso no se aprende en libros.

Eso se aprende viendo a un hombre vivir.

A donde quiera que esté,

le mando un abrazo fraterno,

con todo el cariño del mundo.

Porque hay personas que no mueren:

se quedan caminando con uno.

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