Comarca de Letras: “Joroba”: escribir desde el cuerpo que incomoda

febrero 12, 2026
1 min de lectura

Por Brenda Macías

Hay libros que no buscan agradar. Joroba, de Saou Ichikawa, es uno de ellos. No viene a ofrecer consuelo ni moralejas; viene a torcer la mirada. A incomodar. A recordarnos que el cuerpo –ese territorio tan vigilado– también escribe, desea y piensa desde sus propias fisuras.

La protagonista no pide permiso para existir. Su cuerpo no se ajusta al molde de la normalidad productiva ni al ideal de lo “deseable”. Y justo ahí radica la potencia del texto: Ichikawa no narra la discapacidad como déficit, sino como experiencia situada, atravesada por deseo, rabia, ironía y lucidez política. No hay épica de superación ni pornomiseria. Hay vida, con todo lo que eso implica.

Joroba incomoda porque nos enfrenta a un espejo que preferimos esquivar. ¿Qué cuerpos pueden desear sin ser juzgados? ¿Qué sexualidades se consideran legítimas? ¿Quién decide qué vidas merecen ser narradas con complejidad y no como ejemplo edificante? La novela dinamita la expectativa de “lección” y, al hacerlo, cuestiona una literatura que suele convertir la diferencia corporal en metáfora o excepción.

Leída desde América Latina –y desde un norte como Coahuila, donde la productividad y la “buena forma” suelen operar como valores morales–, la novela dialoga con urgencias locales: el capacitismo normalizado, la medicalización del cuerpo disidente, la exigencia de funcionalidad constante. Ichikawa escribe desde un cuerpo que no encaja y se niega a pedir perdón por ello. Ese gesto es profundamente político.

Hay también una apuesta estética clara: una prosa directa, sin ornamentos innecesarios, que no suaviza lo áspero. La escritura no maquilla; expone. Y en esa exposición se cuela una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si dejáramos de exigirle a la literatura que nos haga sentir “bien” y permitiéramos que nos haga pensar distinto?

Joroba no busca empatía fácil; exige responsabilidad. Leerla es aceptar que el mundo no está hecho para todos los cuerpos por igual, y que la literatura –cuando se atreve– puede desarmar esa ficción de igualdad. En tiempos de corrección política y discursos inclusivos de superficie, Ichikawa apuesta por algo más arriesgado: la verdad encarnada.

Porque hay cuerpos que no caben en la norma, pero sí en la literatura. Y cuando entran, la literatura ya no vuelve a ser la misma.

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