Por Gonzalo Villanueva Ibarra // CEDIL
Saltillo enfrenta graves problemas de infraestructura urbana; ejemplo de ello, la escasez de árboles que impacta negativamente el desarrollo económico y la calidad de vida de sus habitantes. A menudo las decisiones cruciales para la ciudad se toman de manera unilateral, con visiones desarticuladas y a corto plazo (no más de tres años).
El crecimiento inercial de la ciudad agrava esos desafíos. Un estudio de Covarrubias y Asociados (2025) revela una acelerada expansión de la mancha urbana: de 4.8% de territorio urbanizado en 1960 pasó a 35.12% en 1990 (coincidiendo con el auge industrial y la proliferación de fraccionamientos) alcanzando un alarmante 86.77% en 2023. Esa saturación del valle de Saltillo no sólo evidencia la conurbación, sino también la masiva y crítica pérdida de suelo permeable.
Motor industrial e isla de calor
La expansión de la mancha urbana reside en la vocación industrial de la región. De acuerdo con reportes del mercado inmobiliario industrial, Saltillo mantiene un crecimiento sostenido de naves industriales con un crecimiento anual del 13% hasta finales de 2024.
La construcción de proyectos con esas características, principalmente para el sector automotriz, implica la pavimentación de cientos de hectáreas que se convierten en “paisajes duros” con efectos negativos para la temperatura. Ese tipo de infraestructura absorbe, retiene y remite calor en mayor medida que entornos naturales causando aumentos de hasta siete grados centígrados en comparación con zonas rurales.
De nueva cuenta, el estudio de Covarrubias resulta revelador: mediante técnicas de visión por computadora y umbralización de imágenes satelitales, el análisis muestra una notoria falta de preparación de la infraestructura existente y una planificación urbana deficiente. De manera contundente identificaron errores graves de segmentación en la distribución de la urbe, con un claro desequilibrio en la asignación de zonas residenciales, comerciales e industriales, acompañado de la inadecuación de las vías de acceso y tránsito.
Geografía de la desigualdad térmica
Este escrito se fundamenta en el mapa de cobertura vegetal desarrollado por el CEDIL en colaboración con el geógrafo Jorge Ibares (@geografia_en_viz), un espacio de divulgación científica con enfoque territorial activo desde 2023. El mapa de cobertura vegetal es, en esencia, un mapa de segregación socioeconómica.
El cruce de datos entre el Instituto Municipal de Planeación (Implan), los reportes de marginación del Consejo Nacional de Población (Conapo), la distribución del calor y los grados de cobertura vegetal hace evidente una profunda fractura en el derecho a la ciudad.
Las colonias del oriente de Saltillo, como Mirasierra, Zaragoza, Fundadores y Loma Linda aparecen en el mapa como zonas de cobertura vegetal “Muy Baja” o “Baja”. Esas áreas concentran una alta densidad poblacional y, paradójicamente, la menor tasa de espacios verdes por habitante.
El análisis de macrozonas del Implan confirma que la macrozona Oriente está drásticamente por debajo de los 10-15 m² de área verde por habitante recomendados por la Organización Mundial de la Salud, que cuenta con sólo 2.9 m², mientras que la ciudad entera apenas promedia 6.9 m²; aunado a esa desigualdad, los habitantes de la zona oriente se enfrentan a una crisis hídrica de manera recurrente y con cortes de hasta 48 horas en el servicio de agua potable.
Por otra parte, la zona centro, pese a su valor histórico, se ha convertido en una trampa de calor y contaminación. Tiene altos índices de quejas ambientales por ruido, olores y polución atmosférica. La ausencia de árboles en las banquetas y la alta densidad de unidades económicas sin plantaciones la consolidan como otra peligrosa isla de calor.
En contraste, las zonas de nivel socioeconómico alto, ubicadas predominantemente en el norte de la ciudad, disfrutan de microclimas artificiales. Aquí, la vegetación no es un servicio público, sino un activo privado mantenido con recursos propios. Aunque el mapa muestra manchas verdes en estas áreas, este verdor no es accesible para la ciudadanía general, perpetuando la desigualdad en el acceso al confort térmico.
El conflicto agua-vegetación
No es posible hablar de vegetación en Saltillo sin hablar de agua. Es evidente un vínculo crítico entre la falta de árboles, las olas de calor y el colapso del suministro hídrico, creando un círculo vicioso que afecta desproporcionadamente a las clases trabajadoras.
Para una familia en Mirasierra una ola de calor significa no sólo soportar temperaturas de 40 grados, sino hacerlo sin la certeza de contar todos los días con agua para bañarse o enfrentar las necesidades diarias. Esta es la definición más cruda de pobreza energética y vulnerabilidad climática.
Esta crisis hídrica hace que la reforestación sea una tarea compleja para los ciudadanos. En zonas donde el agua escasea, regar un árbol es un lujo imposible. Las quejas por falta de líquido son constantes en el oriente y sur, pegado a la Sierra de Zapalinamé. Sin garantía de agua, está condenada al fracaso cualquier política de reverdecimiento que no contemple sistemas de riego con agua tratada o especies de bajo consumo hídrico.
Ciudad revelada por la temperatura
Las zonas con baja cobertura vegetal no son resultado únicamente de fenómenos meteorológicos, sino de decisiones políticas y económicas que han transformado a la capital coahuilense. La ciudad ha pagado su crecimiento con la erosión de su bienestar bioclimático, pareciera que el calor castiga con severidad las periferias obreras y el centro histórico, mientras que ofrece treguas verdes a los fraccionamientos del norte de Saltillo.
Datos de la Comisión Nacional del Agua confirman que desde 2004 se evidencia un cambio climático significativo, coincidiendo con un periodo de rápido y desordenado crecimiento demográfico.
La planificación de plantaciones con alta densidad de espacios verdes y la conservación de áreas naturales no son lujos, sino elementos esenciales para mitigar los efectos adversos de la expansión urbana. De no corregir el rumbo, el aumento de las temperaturas no sólo agravará problemas de salud, sino que impactará a mediano plazo la seguridad alimentaria y la ya comprometida disponibilidad de agua en la ciudad.
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