Redacción El Coahuilense
Vivimos el tiempo de lo breve. Una compulsión por el consumo de video, un bombardeo de imágenes y, acaso, una serie de productos sonoros absolutamente olvidables.
La masificación del acceso a la información, tan prometedora cuando apenas revolucionaba nuestro mundo, también terminó expandiendo la difusión de la creación, inclusive, la más vulgar, ignorante y estúpida que se vuelve viral, aunque su éxito está condenado al reemplazo inmediato.
Con un consumo vertiginoso para el entretenimiento y la desbordada oferta de placer efímero, ¿quién se anima a leer un libro? ¿Quién está dispuesto a dedicar tantas horas, días o semanas, a la lectura de un romántico ruso o francés sólo por gusto? ¿Quién concibe la lectura como un placer y no sólo como un deber de aprendizaje o adiestramiento? Sin duda, muy pocos.
No es extraño que en nuestro tiempo haya bibliotecas que ya cerraron o están a punto de hacerlo, que las editoriales padezcan una crisis que parece anunciar su extinción, que los escritores y artistas vivan explorando fórmulas de comunicar para poder elevar sus ventas en lugar de seguir creando y que las librerías apenas subsistan con ventas bajísimas o, definitivamente, con subsidio gubernamental.
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Dedicados a la comunicación como lo estamos, en El Coahuilense Noticias advertimos que desde hace años el interés de las generaciones más jóvenes se ha decantado por los relatos sobrenaturales. Lo hemos visto en las métricas de las plataformas digitales e, inclusive, nosotros mismos lo hemos aquilatado en la producción sonora que desde hace dos años recupera leyendas coahuilenses con un éxito inusitado en nuestros canales de distribución.
Este año decidimos hacer una apuesta: si lo breve es lo actual y el horror acapara el consumo digital, creemos que bien podemos fomentar la lectura con una edición del genio del relato breve y del horror gótico: Edgar Alan Poe.
Quizás aspiramos a mucho. Ir a contracorriente también es la dinámica del periodismo hoy, y para conseguirlo hemos encontrado cómplices en Santi Ediciones, la editorial jalisciense cuya directora, Vonne Lara, nos ayudó con la elección de la traducción libre de derechos; y Acquarello Impresores, que aportó la confección de un pequeño ejemplar de distribución gratuita que pretende acercar a los jóvenes y a la población en general a la lectura, como un aporte inicial que esperamos poder continuar con otras obras. Aún más, quisiéramos que la iniciativa incite y estimule a ser replicada.
De la contraportada
Edgar Allan Poe (1809-1849) nació en Boston y quedó huérfano a los tres años. Criado por la familia Allan, en Virginia, tuvo una vida marcada por la pobreza, alcohol y tragedia. Fue expulsado de West Point, perdió a su esposa por tuberculosis cuando ella tenía 24 años. Publicó El Cuervo en 1845 y se volvió famoso, pero nunca rico. Murió a los 40 años en Baltimore en circunstancias extrañas, tras ser hallado delirando en la calle.
En sólo cuatro décadas inventó el cuento policial con Los crímenes de la calle Morgue, perfeccionó el relato de terror psicológico y definió el cuento moderno: breve, intenso y con efecto único. Vivió, escribió y podemos decir que murió como sus personajes, entre la genialidad y el abismo.
Este libro reúne tres cuentos donde el asesinato cuenta todo con calma, con lógica, con una copa en la mano. No hay monstruos, hay personas normales que cruzaron una línea y luego se sentaron a explicar el porqué de sus actos.
Leer a Poe no nos hace más cultos; nos hace más honestos porque después de él es más difícil mentirnos sobre aquello de lo que es capaz la mente cuando nadie la ve.





